Boceto de Maiakovski

Vladimir Maiakovski 1894-1930Este es mi corazón. No late, llora. Escribió Maiakovski. Y a mí me hubiera gustado preguntarle: ¿qué tenías, Maiakó? ¿Qué cosa era que te arrancaba lágrimas de las diástoles? Se fue detrás del ruido de un disparo de escopeta que nadie tuvo tiempo de escuchar y nos dejó, para nosotros y para siempre, todos los poemas que fue escribiendo con su mirada furiosa de niño georgiano que cruzó las montañas. Me gusta buscar fotos de los escritores que me gustan. Prácticamente no existen fotos de Maiakó sonriendo. Se tomaba en serio el trabajo. Se tomaba en serio la vida. Y yo  hubiera querido cogerlo del brazo, llevármelo a un bar, decirle, a Vladimir, que es mejor pedir otra y dejarlo pasar. Pero son intensos, los hombres del este que viven donde siempre hace frío. Hay un poema de Maiakovski que a mí me marea cada vez que lo leo. Me pregunto: ¿por qué ya nadie quiere escribir así? Leo a los poetas y tengo la sensación de que para ellos el poema es un espejo de feria donde se ven más altos y más guapos. Veo maquillaje. Saco del libro un poema, lo pongo de pie en el suelo, le doy una palmada en la espalda y le digo sal a la calle y camina; lo veo alejarse cojeando, temeroso como un borracho primerizo, peleando para sostenerse porque sus versos no están hechos para la vida. Sueno como un viejo. Ya lo sé. Si yo me doy cuenta. Y sé que hay por ahí muchachos que de verdad están peleándose con las palabras y pegándole bocados al escritorio, mozos y mozas a los que les suenan las vísceras. Pero hay, en la poesía que yo miro, esmero y poca entraña. Como si una última frase ingeniosa justificara todo el vacío previo. A esos poemas yo me los imagino pidiendo una fanta en un bar. Como si ya el genio hubiera renunciado a hurgarse por dentro. Hay teatro, hay aplausos, pero no hay corazón. Hay ingenio, pero no verdad. Hay humo, pero yo no veo el fuego. Maiakovski, mi Vladimiro, mi ruso georgiano, en La nube en pantalones te agarraba de las solapas y te llevaba por la calle abajo dándote zapatillazos en el culo, como una madre. Era así:

Temo olvidar tu nombre
como teme el poeta olvidar
la palabra brotada en la tormenta del insomnio,
solo a Dios comparable en su grandeza sublime.
Cuidaré y amaré
tu cuerpo
como cuida el soldado su única pierna
inútil y de nadie.

¡María!
¿No quieres?
¿No quieres?

Bah

De nuevo
sombrío y melancólico
cogeré mi corazón salpicado de lágrimas
y como un perro lleva
a su garita
su pata atropellada por el tranvía
así lo llevaré.
La sangre de mi corazón marcará el camino,
como flores deshojadas en el polvo.
Mil veces
dará vueltas,
como el sol a la tierra,
como Salomé a la cabeza del Bautista.
Y cuando baile mis años
hasta el final,
con millones de gotas de sangre
se cubrirá el camino
hasta la casa del Padre.

Entonces,
sucio de dormir en las cunetas
me acercaré a su lado
y murmuraré a su oído:

¡Escúcheme, señor Dios!
¿No se aburre,
en medio de esa gelatina de nubes,
de echar agua todos los días de sus ojos?

Maiakovski tenía las cejas como de mármol, la mandíbula fuerte, treinta y seis años cuando se mató. Un día se rapó la cabeza. El corazón le lloraba. Yo a veces miro por la ventana y me lo imagino cruzando la calle.

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