Te queremos Max Brod (o no)

Max Brod-01Un texto inédito es, por lo general, algo que un autor escribió y después olvidó en un cajón. Quizá no estaba de humor para asomar con aquello por el despacho del editor. O a lo mejor andaba bien de dinero. Puede que pensara, después de una segunda lectura, que con páginas tan endebles mejor dejar la literatura y dedicarse a la doma de caracoles. El caso es que allí se quedó aquello, y el tipo siguió escribiendo otras cosas, siguió publicando, dejó para más adelante los caracoles y un día, como todo el mundo, cogió y se murió.

Cuando un escritor se muere siempre hay alguien que le abre los cajones.

Donde los inéditos se intercambian miradas tristes como hombres rechazados en un baile.

Si el escritor tenía el suficiente tirón comercial, o el prestigio artístico necesario para dar lustre a un catálogo editorial, lo siguiente que tenemos es a un hombre de negocios con ojos de dibujos animados y un dólar en cada pupila. Con la sombra de un artista muerto todavía se puede hacer zumo: discos de rarezas, exposiciones retrospectivas y todos los dramas, poemas, penas y borradores que se quedaron en el cajón.

Desde un punto de vista moral a mí me da igual lo que se haga con la obra no publicada de un escritor muerto. Eso lo deciden los herederos y la cifra sobre la mesa. La pregunta es: ¿vale la pena leer literatura póstuma? Lo primero que uno piensa es que si el Salinger de turno renunció en su momento a publicar el libro que ahora reluce en el escaparate de la tienda tendría sus motivos (véase el primer párrafo) y que ante un inédito póstumo hay que poner siempre las luces antiniebla: es posible que se trate de un añadido superfluo en una obra cerrada.

Es posible.

Hay que hacer distinciones. Aquí no hablamos de la última obra – siempre hay una última obra, un último polvo, un último partido del Madrid, una esquina que ya no se vuelve a doblar – con la que el escritor andaba enredando cuando la Señora le guiñó el ojo. El ojo malo. Hablamos de cosas que se quedaron a medias, renuncios, textos de juventud, borradores. Tampoco hablamos de diarios ni correspondencia. Eso va aparte. Hablamos de intentos artísticos que en su momento el autor declaró fallidos y que se publican sin la opinión del muerto.

Hablamos de saqueadores de tumbas.

Igual me he pasado. Da igual. Digo: ¿cuántos libros de poemas inéditos de Bukowski me he leído yo? Unos pocos. ¿Cuántos relatos póstumos de Raymond Carver ha publicado Herralde? Una mijita también. Yo esos libros los leo porque me gusta Bukowksi y porque me gusta Carver, pero siempre me queda un regusto raro en la boca, como cuando te lavas los dientes y después te bebes un vaso de vino. Que te sabe el vino a Colgate. Una cosa como de pensar, guay, esto es para mí, que soy fan, pero no para los otros, que deberían dedicarse a leer lo que los muchachos dejaron pulido y en orden. Porque a un inédito, primera pista, primera putada, se le ven de normal los costurones, las pellas de yeso con las que los albañiles fijan las regletas a la pared para que los cantos de la esquina queden derechos.

A veces, sin embargo, ocurre el milagro. No nos engañemos: pasa muy pocas veces. Pero de vez en cuando hay obras póstumas que el escritor rechazó en su momento y que luego van y le mean todo lo que hizo en vida. O casi todo.

Ahora es cuando hablamos de Max Brod.

Max era un estudiante de la universidad de Praga cuando acudió a una charla sobre Schopenhauer que sus compañeros habían improvisado en un pasillo. Allí conoció a otro estudiante, un chico debilucho de ojos profundos y flequillo enfermizo que se convirtió con el tiempo en uno de sus mejores amigos. Brod era uno de esos hombres enérgicos a los que se quedaban estrechos los días. Fue prolífico, currante, escribió novelas, ensayos, ejerció como crítico en varios periódicos, compuso canciones y un día de 1924 recibió un puñado de manuscritos con una nota. Su amigo de la facultad de Praga, el chico que tenía una mirada como un pasillo de hospital y el flequillo asustado, el de tantas conversaciones, discusiones y cenas en casa, acababa de morir víctima de la tuberculosis y había nombrado a Max su albacea.

¿Qué harías tú si te encontraras de repente con un puñado de textos inéditos de Franz Kafka sin saber todavía que Franz Kafka era Franz Kafka el que cambió la literatura del siglo XX sino solamente Franz Kafka el chico de los ojos grandes que conociste en un pasillo de la facultad durante una charla sobre Schopenhauer?

Lo que hizo Max Brod fue publicar la mayor parte de aquellos textos. Para eso tuvo que acallar la voz de su amigo muerto, que le rogaba por favor que quemara todos esos folios amarillos. Max ordenó, perfiló y destraspapeló todo aquello. Gracias a su trabajo pudimos leer El Proceso, El Castillo y El desaparecido, además de un puñado de relatos, cartas y aforismos. Un aplauso para Max Brod.

Y en cierta medida un putadón para Franz. Desde el punto de vista egoísta de un autor que necesita la perfección, el respeto, los aplausos y esas cosas, lo que Max le hizo a Franz estuvo muy feo. Cuando se publican obras incompletas e inacabadas se dejan al descubierto las vergüenzas de un artista. Eso le pasó a Kafka. El Proceso y El Castillo son libros incompletos, pero están acabados: la trama tiene un hilo coherente, los personajes están hechos y hay un final que otorga sentido a la obra. Son borradores, algún capítulo tiene un esguince y faltan un par de piezas, pero básicamente son obras a las que únicamente les quedó pendiente una revisión. El desparecido es otra cosa. Es un reloj destripado, con todos los engranajes a la vista. Es un libro inacabado, sin final y por lo tanto sin camino de regreso que cierre el círculo narrativo que da sentido a cualquier novela: el que se recorre para adivinar la tragedia que esconde el viaje de los personajes. No sabemos adónde llegó el protagonista de El desaparecido. El libro quedó muerto a la mitad, como Franz quedó muerto a los cuarenta en su escondrijo de enfermo.

Yo sé que gracias a Max Brod Franz K. es ahora inmortal, la literatura es otra, y todos somos un poco distintos. Pero siempre que recuerdo esta historia me entra un poco de frío pensando en Franz. Lo que guardó en los cajones escapó de la cerillas y ahora nos mira de frente. Solo que no sabemos si era eso lo que él quería. Puede que Max tuviera razón, y que algo como Kakfa no pudiera arder, ni ocultarse. De alguna manera o de otra hubiera escapado al destino que su autor había deseado. Puede que Brod, que al fin y al cabo conocía a Kafka mejor que yo, intuyera en la petición de amigo una súplica amarga.

Solo sabemos una cosa: los muertos ya no van a venir a quejarse.

Los inéditos de los cajones seguirán publicándose a traición y nosotros seguiremos leyéndolos. Yo no me engaño: sé que la mayoría de las obras póstumas solo sirven para seguir sangrando el talento de uno que ya se fue, y que rara vez aportan una veta de mineral puro. Me digo: ¿por qué seguir llamando a la puerta si sé que nadie va a abrir? Seguramente porque nos queda la luz que Max Brod se dejó encendida. La sospecha de que tal vez el muerto andaba equivocado y entre sus esbozos dejó un monumento, un sol capaz de dejarnos ciegos. A lo mejor sirven para eso, los inéditos. Para recordarnos que un hombre no se termina cuando se muere.

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