Lo sublime y lo ridículo

Jacques Brel03Existe una línea muy fina que separa lo sublime de lo ridículo. Y hay gente que se ganó la vida paseando por el filo de la navaja de ese abismo. Como Jacques Brel. O Frank Sinatra. O Charles Dickens. Para que me entendáis: hay un no sé qué y un estilo y una forma de mover las cejas que se abanica entre el cinismo y la pena y que sirve para diferenciar a la gente con talento de los comemierdas. Digo, siendo uno extremista, que ese breve filo de navaja sirve para explicar por qué Sinatra era un genio y Pablo Alborán es una puta putísima mierda.

Ponte que eres Jacques Brel. Y estás componiendo el Ne me quitte pas. Ahí, con dos huevos. Ese rollo de no me dejes no me dejes. Haciendo guiños, poniendo cara de triste. Por cierto, dijo Edith Piaf, sobre esta coplilla: un hombre no debería cantar esas cosas. Pero ése es otro tema. Mi problema es que no fijo. Anécdota: mi Jacques compuso esta canción, tan de pena y de niebla, pisándose los cojones, habiendo sido él quien dejó. Pero eso ya es otro tema. Y no entro. Decíamos. Ponte que eres Jacques Brel. Y estás componiendo el Ne me quitte pas. ¿Qué pones? Un poco de sensiblería, cuando dice: yo te traeré perlas de lluvia de un país en el que nunca llueve. Me maten, Jacques Brel. Eso tiene azúcar para colapsar a un diabético. En una palabra: pabloalboranismo. Pero luego va mi Jaques y escribe, dos puntos: yo me esconderé para verte bailar y reír, cantar y después sonreír. Eso, amigos míos, es putamente poesía. Eso es pena de verdad, de la buena, eso no es cuento, eso duele. Como cuando un poquito después me coge y me canta: déjame ser la sombra de tu mano, la sombra de tu perro. La sombra de tu perro, hermanos. Eso es altura poética. Eso es la vida, puta como ella sola.

No sé si explico bien el concepto.

Si tú eres el puto Alejandro Sanz y te mueres de amor cada dos por tres porque tienes siempre el corazón partío y esa relación de desamor eterno que no carbura porque y si fuera ella y toda esa basura, esos enamoramientos que no existen y que nunca se pelean ni ya puestos follan ni ya puestos nada, entonces, chico, olvídate. Hasta yo sé que la vida no es eso. Tú puedes cantarle a las amapolas, y a la pena más grande. Todo el dolor que seas capaz de juntar. No importa. Entiende esto: las buenas intenciones no hacen buenas canciones.

Ahora piensa en Sinatra. ¿Lo ves? El hombre es pura actitud. Dijo Frank: yo no vendo canciones, vendo estilo. Nada más de verdad. Hay que ser Sinatra para cantar una canción tan mala como My Way y no parecer gilipollas por el camino. Coge esa canción que se llama Rain in my heart. Esa canción dice, literalmente y en español: llueve en mi corazón. Llueve en mi corazón, hermanos. Eso dice la puta canción. ¿Cómo cantar algo así sin que dé vergüenza ajena escucharlo? Respuesta: hay que ser Frank Sinatra. Es una cuestión de actitud, gestualidad, vocalización, teatro y hartura de estar vivo siendo de verdad, no de fábrica. Frank consigue el milagro. Es sensible, coma, sin ser sensiblero. Como Leonard Cohen cuando va y canta I’m your man. O Dance me to the end of love. Canciones que se balancean, se pasean entre el aplauso y el tomatazo, esquivando lo segundo, ganando lo primo. En pocas palabras: Pablo Alborán quiere untarte vaselina, Frank Sinatra quiere que te duela.

Va mi Sinatra de mi vida y canta: no puedo escapar del sonido de la lluvia sobre mi corazón. ¡Semejante chorrada! Y aun así lo queremos. ¿Por qué? Aquí viene el metaforeo: porque Frank canta como un hombre que no elige la autocompasión. No quiere que llores, quiere declararte la guerra. Sé que no es justo comparar a Sinatra con Pablo Alborán, porque Sinatra sabía cantar, pero imagínatelo: Pablo Alborán busca darte lástima, Sinatra quiere arañarte la cara. Cuando escuchas a Frank escuchas a un hombre que lo ha perdido todo y pide una copa en la barra de un bar vacío. That is the thing.

Es como Chet Baker, que también sabía ser triste, y hundirte el corazón en el bazo sin recurrir a los trucos baratos. No bastan unas notas de piano, ni una melodía. Es algo más complicado, más simple a la vez: es el cuerpo, el pestañeo, la narración, la mirada. El Ne me quitte pas, el Rain in my heart o el I’m your man podrían haber sido canciones mierderas. Pero no lo son. Hay una línea muy fina que separa lo sublime de lo ridículo. Inflexiones de la voz, hallazgos poéticos, verdades que aparecen por detrás de un adjetivo y te deslumbran, te descabezan como a un boquerón. Esa línea, que es como un charco, unos la esquivan. Otros se hunden de cabeza y hozan en la sensiblería autocompasiva.

Por eso unos son genios. Por eso otros son una puta mierda.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Canciones y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Lo sublime y lo ridículo

  1. Livia de Andrés dijo:

    Tu manera de escribir me recuerda, a veces, a Holden Caufield.
    Muy buena entrada, como siempre.
    Un saludo,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s