Grandes obras de la Literatura Universal en un cuarto de hora: ¡Diles que no me maten!

2013-05-16_03-05-10___9069El autor: Juan Rulfo
Rulfo escribió dos libros y se vació. Después le quedó el miedo a la perfección y quizá el vértigo de añadir palabras espúreas a una obra de apenas trescientas páginas que ya estaba destinada a permanecer en los siglos. Mexicano de 1917, padre del boom, novelista, guionista, cuentista y fotógrafo, siempre de corbata y de raya en el pelo. Dos libros bastaron: El llano en llamasPedro Páramo. En los relatos del primero y en la historia del segundo pintó la muerte y pintó a una América Latina que nunca ha vuelto a sonar tan de verdad y tan soñada a la vez. Con sus dizques, sus de a veras y su música que pareciera esculpida, Rulfo fue el trueno que alumbró el cielo de todo lo que vino después y agitó la literatura del continente. García Márquez contó que solo consiguió escribir los Cien años de soledad después de pasar una noche en vela leyendo a Juan Rulfo, que se convirtió así en el Prometeo que robó el fuego divino que prendió la leña en la que ardió Macondo. El pueblo al que viajó Pedro Páramo se llamaba Comala y estaba habitado por la voz de los muertos, porque Rulfo trabajaba con el pasado, que es el material que hace literatura: una vida que no se vio, una muerte que regresa, otro amor que se fue.

La historia
Rulfo metió este relato de la muerte que viene a por ti dentro de El llano en llamas. Son ocho páginas. Y ahí hay de todo: el diálogo in media res que abre el telón, el flashback, la elipsis sostenida dos veces, el monólogo interior del muerto que todavía no ha muerto y recuerda, la condena de ser pobre, el presente frío como la hoja de una navaja y la imagen final que cierra el viaje y condensa la tragedia: tres figuras abriéndose paso por un secarral.

¡Diles que no me maten! Así empieza. En un tiempo remoto un hombre que era joven y hoy es viejo mató a un hombre que era joven y ya no fue viejo. El asesino era pobre. El muerto era rico. Juvencio Nava tenía su ganado, don Lupe Terreros tenía su finca y su cerca. Y en una sequía en la que el ganado moría de falta de pastos Juvencio abrió un agujero en la cerca de don Lupe y don Lupe le dijo a Juvencio: otro animal más que metas al potrero y te lo mato. Y ahora Juvencio ya es viejo y se encuentra amarrado a un horcón, ni dormir consigue, y envía a su hijo para ver si se puede secar la venganza con cinco palabras: diles que no me maten.

El hijo se llama Justino. Parece que te van a matar de a de veras, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. El padre suplica: que lo hagan por caridad. Justino va. Y Juvencio recuerda. Que don Lupe le mató un novillo. 

Después el hombre que era pobre se llevó a su mujer y a su hijo lejos del sitio donde se quedó el delito que vino a buscarlo de viejo. Y a su espalda dejó dos muchachitos y una viuda que poco después se murió de tristeza. Juvencio se mudó de pueblo pero se pasó el resto de la vida escondido en el monte porque veía sangre en los ojos de todos los forasteros. No un año ni dos, se disculpa Juvencio amarrado al horcón, sino toda la vida. Creía que llegando a viejo llegaría al olvido.  Y que ya no vendrían a buscarlo. 

Solo que la muerte viene, aunque se la niegue y se le oculte el cuerpo como hace con las balas el soldado que avanza hacia una trinchera enemiga. Los hombres que llevan a Juvencio con las manos atadas le dicen que a morir lo llevan. No hay destino ni juicio ni dios. Solo condición humana. Que es la celda en la que todos estamos presos. La madrugada es oscura, sin estrellas. Mi coronel, aquí está el hombre. El coronel, agarrado a su sombrero, terrible como un Kurtz comido de moscas, explica. Que era su padre el muerto, que lo mataron a machetazos y agonizó dos días sobre un arroyo, que no puede perdonar, que se lleven al viejo, lo amarren, le den de beber para que no le duelan los tiros y después lo fusilen. Diles que no me maten, diles que no me maten. Esa súplica, otra vez, dirigida ahora hacia un huérfano que no escucha, le cierra para siempre la boca a Juvencio. Esas son las palabras finales de un hombre al que la muerte se lleva cargado sobre el lomo de un burro, con el rostro lleno de tiros de gracia.

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