Turbios de la historia: Alejandro

alejandro-magnoDicen que los que son grandes de verdad pasan a la historia sin apellido. Dices César, dices Leonardo, dices Miguel Ángel, dices. Y no hay confusión. Con el nombre solo resisten de pie los siglos y el polvo. Alejandro no necesitó apellido ni número para figurar en los libros y sobrevivir en conversaciones. A los veinte años se puso a conquistar el mundo. Despreciando el occidente miró hacia el horizonte y se pasó la vida persiguiendo la salida del sol. Alex tenía un padre tuerto y una madre loca: de Filipo heredó el talento para la guerra, de Olimpiade la cabecita revuelta. Y cuando todavía era un chaval le pusieron de maestro a Aristóteles, que le enseñó a preguntarse siempre el por qué de las cosas. Y como todos los que acabaron convertidos en mito por la humanidad emocionada las leyendas se le amontonaron encima.

¿Y adónde vas con veinte años y un ejército?, dicen que le dijo Ari, ¿no ves que te perderás? Pero Alex no hizo caso. Y con la falange mejorada que su padre desarrolló mientras estuvo de paso en Tebas puso en fila a las polis griegas y luego se fue de Macedonia para no volver nunca. Eran pastores y poco más, los suyos, hombres de las montañas que adoraban a los caballos. Griegos en los límites del barbarismo. Cuando Filipo subió al trono ni siquieran tenían moneda propia. Pero Filipo hizo un ejército de verdad, les dio armas de verdad, los hizo marchar a través de la nieve y enseñó a los griegos redichos de Atenas y a medio Peloponeso lo que puede hacer un puñado de pastores en formación cerrada con las sarissas mirando hacia el enemigo.

Filipo murió de aquella manera, tuerto y remendado por todo el cuerpo, apuñalado en mitad de una boda. Los generales nombraron rey a Alejandro. Las polis de la Liga Helena se sublevaron. Álex se fue donde los tebanos. De aquella los suyos ya empezaban a murmurar que el muchacho rubio podía ser hijo de Zeus. Los oráculos decían cosas. Los hombres callaban. Álex vio abrirse una brecha en la muralla de Tebas. Esperó. No hizo caso a los generales. Apaciguó a la caballería. Nadie sabía qué pasaba por su cabeza. Cuando los tebanos empezaron a salir rechazando hacia fuera a la falange macedonia, Alejandro cargó. Después, entre las cenizas, los generales alabaron su visión estratégica: el chico había sabido aguardar el momento justo. La ciudad dejó de existir, Atenas se apaciguó, la Liga Griega volvió  a trenzarse, entre sustos y miradas de reojo.

Y Alejandro partió hacia el Oriente. Y cruzó el Helesponto. Y conquistó Persia, a su rey Darío III que huía de las batallas cuando la caballería macedonia que guiaba Álex martilleaba el yunque de la falange rompiendo las líneas. Una batalla, otra batalla, una guerra. El Gránico, Isos, Gaugamela. Para asaltar Tiro mandó construir un itsmo de tierra desde la playa hasta la isla donde se encontraba la ciudad de los viejos fenicios. Siempre ganaba. Era una cuestión de genio, intuición y gestión del acontecer. Tenía una herramienta afilada: el mejor ejército de la época y los mejores generales. Y valor, determinación y ambición para usarlos. Y era bueno por las buenas y malo como un demonio cuando algo se le torcía dentro. Y tenía mal beber, y una noche después de conquistar Persépolis incendió el palacio que Ciro había construido: un quemador de incienso que prendió las cortinas en mitad de un quinito que se les fue de las manos. Este chiste lo entenderán mis amigos del norte.

En el Gránico cruzó el río desoyendo otra vez los consejos de los oficiales. Al otro lado esperaban los persas y un batallón de mercenarios griegos. Uno de ellos tuvo a Álex debajo del filo de su espada, su melena rubia, la cabeza que parecía hecha a propósito para ser esculpida en mármol, y Álex miró hacia arriba, no sabemos si cerró los ojos o pudo ver entre la sangre que le resbalaba por la frente como Clito el Negro, que era como su guardaespaldas y que era como su amigo, segaba el brazo del enemigo y salvaba la vida del Rey de los Reyes. Años después Alejandro borracho atravesó a Clito con una lanza y lo mató a la vista de todos los generales. Porque un  hombre a veces se pierde. Sobre todo cuando atraviesa el mundo.

Ahora imagínatelo sentado en su tienda, despachando correos y atendiendo peticionarios. El hombre que no ha cumplido los treinta y ya ha sometido al más grande de los imperios, y ya ha anexionado cuarenta Macedonias a Macedonia, y ya ha saqueado tesoros como para asfaltar con oro el país en que nació, y ya ha visto inclinarse ante sí a todos los pueblos del oriente, y ya ha vencido a ejércitos que quintuplicaban al suyo, y ya ha sido confirmado como Dios por los hombres. Imagina la cabeza de ese hombre en ebullición, trazando rutas para seguir viendo mundo, rebatiendo a los hombres que salieron con él de Macedonia y ahora quieren regresar a su hogar. Míralo: es Ícaro con una armadura dorada. Ha volado tan alto que ahora ya solo sirve para tragedia. Es una torre de Babel que pasa las noches en vela.

Ha llegado a los confines y ha doblado las líneas de todos los mapas conocidos, pero se empeña en seguir adelante. Cruza el Indo, sus aguas turbias como su corazón que ya empieza a llenarse de sombras. Ha abortado conspiraciones, ha ejecutado generales, ha cubierto a sus hombres de oro, ha respetado culturas y naciones ajenas, ha convertido en polvo ciudades, ha fundado decenas de Alejandrías, ha sido benévolo y cruel, ha destruido y ha creado y ahora cruza el río y se enfrenta a hombres que ningún occidental ha contemplado antes, hombres que luchan subidos sobre el lomo de elefantes de guerra, ha estado a punto de morir varias veces, ha enfermado, ha sido herido y sus huesos han sido quebrados, pero sigue avanzando porque la vida para Alejandro se ha reducido a eso, a seguir caminando hacia la salida del sol.

Pero hay un río que ya no cruzará. Los hombres se niegan a continuar. Todos quieren volver a casa. Álex capitula. A su espalda quedan las montañas del Hindu Kush, donde Aristóteles conjeturaba que se acababa la tierra y empezaba el océano. Desciende hasta el Índico y allí divide en tres grupos a los hombres que viajan con él. Nearco por el mar bordeando la costa, Crátero por las tierras altas, Alejandro por el camino más duro, atravesando el desierto. Son los dioses los que permiten que lleguen a su destino. Para cuando vuelven a reunirse, el Imperio sangra por los esquinas y Álex repta sobre sus enfermedades y su cansancio.

Hizo todo lo que podía hacerse. Fue general, político, emperador, fue faraón y dios en vida. Cuado llegue a Babilonia morirá, a los treinta y dos años, consumido por las enfermedades, las heridas recibidas a lo largo del viaje, las noches sin dormir, las borracheras, la amargura de haber dado la vuelta justo en los umbrales del sol. No sé si fue Zweig quien lo dijo, pero alguien lo dijo: los grandes hombres no hacen cosas imposibles, hacen cosas que parecen imposibles.

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