Stefan y Franz y la Guerra

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-¡Qué disparate! – dije – ¡Colgadme de esta farola , si los alemanes entran en Bélgica!
(
Stefan Zweig; El mundo de ayer)

Es famosa la anotación que hizo Kafka en su diario el 2 de agosto de 1914: Alemania ha declarado la guerra a Rusia – Por la tarde, clase de natación. Se pregunta uno, ¿es qué era gilipollas Franz? ¿Tanto se la pelaba? Después, leyendo a Zweig, se atrapa un poco el zeitgesit de esas vidas: nadie creía de verdad que la guerra fuese posible. Stefan, austrohúngaro, relata que en Viena la gente acogió con frialdad el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Serbia. Era un poco soplapollas el archiduque, dice S: frío, altivo, sin sentido del humor y con ojos desconfiados. Stefan rememora: era en un parque, el 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo, la banda de música dejó de tocar, la mano de un funcionario colgó un cartel en el quiosco, la gente se acercó, leyó, comentó, una pena, vaya por dios, ¿qué se le va a hacer? Que lo entierren y que no llueva. Visto así, desde el siglo XXI, noventa y nueve años después, nos resulta extraño: tendemos a considerar que los grandes acontecimientos estallan como fuegos artificiales en mitad de la historia y olvidamos que las tormentas empiezan con un soplo de aire que se levanta sin que nadie preste atención. Enterraron al archiduque, los periódicos publicaron necrológicas alabando al heredero tieso, el pueblo hizo su ratito de duelo y aquel, dice Stefan, fue un verano realmente maravilloso: el sol brillaba como cuando el mundo era nuevo, las vides lucían espléndidas y las playas de Bélgica se llenaron como todos los años de alemanes de la Renania.

Nadie fuera de las cancillerías pensaba seriamente en la Guerra. ¿Iban a tirar por tierra, los poderosos del mundo, cuarenta años de paz, así por las buenas, por cuestiones territoriales, ansias imperialistas y un archiduque muerto? Zweig todavía no había perdido su país y su pasaporte, Kafka se iba a nadar como todas las tardes, los campesinos franceses se frotaban las manos pensando en la cosecha que se acercaba, la gente se arreglaba para ir al teatro. Había una pequeña guerra en los Balcanes, pero ¿iban a tirar por tierra, los poderosos del mundo, cuarenta años de paz, así por las buenas, por unos tratados comerciales, unos kilómetros de frontera y un archiduque muerto?

Stefan Zweig en la playa veía desfilar al ejército belga. Los soldados marcaban el paso y las primeras páginas de los periódicos eran vociferadas por las esquinas. Y en un cine de Tours, donde había nacido Balzac, unos cuantos franceses de provincias silbaban la imagen del káiser Guillermo en el noticiario. ¿Y qué? Los chicos que habían nacido a finales del XIX llevaban por las venas el optimismo de una época de progreso y seguridad. Zweig confesaba, años después, que el racionalismo dejó ciega a su generación entera. Confiaban, buenos mozos, en que la cordura se acabaría imponiendo en los despachos de arriba. No es que Zweig fuera gilipollas. No es que Kafka fuera gilipollas. Es solo que en 1914 nadie se tomaba en serio la Guerra. Los ejércitos se rearmaban, los carros de combate eran desplazados hacia la frontera, pero un verano como aquel, en un mundo como aquel, ¿estáis de broma, muchachos?

Luego se cayó todo. Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia el 29 de julio. El 1 de agosto Alemania declaró la guerra a Rusia. Kafka se fue a nadar. Francia movilizó a su ejército. Alemania declaró la guerra a Francia. El 4 de agosto, los alemanes invadieron Bélgica y Luxemburgo. A pesar de todo, los amigos de Zweig decidieron que sería de mal gusto colgar al pobre Stefan de una farola. Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Nadie tomaba el sol en las playas belgas. Y ninguna banda de música tocaba en los parques de Europa.

Eso fue la I Guerra Mundial y duró cuatro años. Un siglo después todavía resulta atrevido contar a los muertos. Más de 10 millones, menos de 30. Desaparecieron cuatro imperios. El tratado de Versalles abrió un paréntesis de veinte años de paz engañosa que se cerró en 1939, cuando la II Guerra Mundial destrozó Europa de nuevo.

Kafka ya no estaba entonces. Murió en 1924. En sus novelas, sin saberlo, escribió acerca de Hiroshima y de Nagasaki, del Día D, de Dresde y del hombre que surgió asustado de las cenizas de un mundo que ya no existía. Stefan Zweig se quedó sin país. La Viena de Freud, de Richard Strauss y de toda la música y todas las plazas y todos los genios ya solo era bruma y recuerdo. Stefan vagabundeó. Siguió escribiendo. Le quedó la angustia de no haber sido capaz de verlo venir, y una pregunta: ¿quién iba a pensar que los hombres estaban de verdad locos? Un día de 1942 ya no pudo más. La historia del final, el veneno, la habitación de Brasil, Lotte y la muerte, se ha contado muchas veces ya. La otra historia, la que une todos los veranos y todas las guerras y todas las sombras que un día fueron hombres vivos nunca se termina de contar.

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