Camus

the-famous-pose-of-albert-camus1Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Camus. Lo sé por los trending topics y por el doodle de Google. Que son cosas que sirven para informarse de este tipo de efemérides chorras. Y bueno, no soy un especialista en la obra de Albert, pero he leído El Extranjero un par de veces. ¿Mersault se llamaba, el tío que se le moría la mamá y mataba a un moro en la playa, porque sí, y después veía pasar los días que lo llevaban a golpe de hoja caída del calendario a la soga? Mersault se llamaba, sí. Había aridez en ese libro, y Albert se peinaba el pelo hacia atrás con gomina y miraba desde sus dos ojeras profesionales al objetivo del fotógrafo con un cigarro casi fumado en los labios. Le sentaba bien el blanco y negro a Camus, y la muerte temprana lo subió a los altares, como a tantos otros que no llegaron a viejos para ver sus nombres en la Enciclopedia Británica.

No está mal El Extranjero. Me lo compré la primera tarde que llegué a Madrid, con dieciocho años y todo el susto en el cuerpo, y cuando doblé la página cuarenta y seis descubrí que en adelante todas las hojas estaban pegadas, literalmente, por arriba, como en esos libros antiguos que se imprimían tal que así y se cortaban con un cuchillo especial. Y como no era el siglo XIX ni yo un caballero ocioso de Wescestershire, que es un sitio que ni siquiera sé si existe, tuve que ir a la tienda a que me cambiaran mi ejemplar de páginas tímidas por otro legible. Gente amable si llevabas por delante el ticket de compra. Así que pude terminar El Extranjero. Que empieza así: Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. A ese libro para ser verdaderamente grande le hubiera faltado que Kafka no hubiese existido nunca.

Ese Mersault tiene demasiado mucho de Joseph K. y de Gregor Samsa y del agrimensor confundido que visita el castillo de la burocracia sin fin. Claro que a todos los que vinieron después los fastidió un poco Kafka, que lo escribió todo aunque en acto de contrición, pobre, quiso quemarlo después. Como si hubiera intuido a través de la bruma de un sueño que ya no se podría escribir nada realmente grande después. Este Mersault, decíamos, que solo desea para sí todo el odio del mundo, camina a tientas como los muchachos de Franz K. por un mundo deshumanizado y nuevo, en el que nadie encuentra su sitio. El libro se publicó en 1942. La época daba juego: los nazis desfilaban en Paris, Zweig se envenenaba más allá del océano y no parecía haber luz suficiente para alumbrar los caminos esos que se transitan y llamamos la vida.

Para cuando se mató en el accidente de coche Camus ya llevaba en el bolsillo de la gabardina un Premio Nobel y el reconocimiento de la Academia. Fue así: una recta, una rueda que se pincha, un árbol, una muerte. Albert había diseccionado la existencia y había llegado a la conclusión de que debajo de las convenciones, el animal social, el amor y la juerga, no había más que humo. A pesar de todo, le gustaba posar. Con el cigarro en los labios equilibraba la composición de la foto, un airecillo a Bogart con el cuello de la gabardina subido, detalle del metropolitano nacido en la colonia, donde el calor vuelve caliente la sangre.

Se fue pronto, Albert. Una vida es un poco un libro: hasta que no se conoce el final es difícil encontrarle un sentido. El Camus que tenemos hoy en el twitter y en las páginas de cultura y en el doodle de Google nos lo hizo su muerte.

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