Duende

mesut-ozil-arsenal-sunderland-premier-league_3004726El duende es cosa de flamencos y de toreros, aunque nadie sepa muy bien lo qué es. Se sabe que está, que viene, que no se le puede llamar, que aparece, que nace, se hace, se contradice y se va. Hace falta un alarde, media verónica, un ay, un remate por cabales, para que el duende aparezca y se sirva una copa. Cuando ocurre, primero el silencio y después un ole saludan al duende. Y dicen los flamencos y los toreros: tiene pellizco, para hacer ver que hay uno que tiene un tictac por dentro que despierta y detiene el mundo y lo pone patas arriba.

Se acerca el clásico. Estos días previos sirven para limar la memoria. Recuerdo que hace dos años, cuando el Madrid se retorcía como una agonía barroca intentando arrancar la corona de la cabeza del Barça de Guardiola, el clásico que decidía la Liga de dos se jugaba en el Camp Nou. El Madrid marcó primero y después empató el Barcelona. Fue hace una eternidad. Y la grada era todo gritos como agujas, y era ese momento en el que los jugadores se miran con miedo y alejan de sí el balón con alivio, porque todo parece difícil. Entonces hubo un tictac: un muchacho vestido de blanco que parecía dormido se despertó de repente, sujetó la pelota en la banda y miró con sus ojos exoftálmicos hacia donde nadie miraba. Era Özil que tenía el duende a cuestas.

Nadie supo cómo resucitó de repente ese chico, y nadie supo cómo la pelota apareció de pronto en los pies de Cristiano Ronaldo, que a su vez apareció de pronto delante de Víctor Valdés y marcó el 2 a 1 porque las musas llevan inercia. Y cuando Ronaldo gesticulaba muy derecho hacia las gradas de un estadio que estaba perdiendo la Liga Özil sudaba como un cirio en la banda, desconectado y muerto otra vez. Le había hecho falta un segundo, un tic y un tac, un ay, mirar de reojo y un gesto, para detenerlo todo, darle la vuelta al estadio y poner el mundo patas arriba.

No sé qué pasará el sábado, taquicardias aparte. A lo mejor ganamos. A lo mejor no perdemos la Liga en octubre. Cosas más raras se han visto. Lo que es seguro es que lo de hace dos años no se repetirá: ni Özil está ya en el Madrid, ni en el Madrid quedan ya öziles. Mesut juega ahora con la camiseta del Arsenal y sus ojos ya no tienen el brillo acuoso que tenían en Madrid, cuando daba la impresión de que iba desmayarse de un momento a otro. Sonríe como un hombre que acaba de descubrir la alegría, y la sonrisa hace que parezca más viejo: Londres le ha extirpado la adolescencia rebelde. Desde que se fue Mesut el fútbol es más aburrido. El otoño parece más denso. Y el Madrid ya no tiene pellizco.

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