La historia de Wonko el Cuerdo

imgenes-masilbo7338Digo lo que se me ocurre cuando creo que oigo decir cosas a la gente. No puedo decir más.
(Douglas Adams; El restaurante del fin del mundo)

La trilogía en cinco volúmenes de La Guía del Autoestopista Galáctico es una obra edificante. Va de un entrañable inglés comemierdas que vive perpetuamente agitado desde que el planeta Tierra fue demolido para construir una rotonda espacial. La historia la escribió Douglas Adams, que fue guardaespaldas, maromo de discoteca, granjero de pollos y, a diferencia del resto de escritores ingleses, nunca vivió en una casa de campo en el condado de Surrey. Se murió, Douglas, una tarde en California, subido a una cinta de correr asesina en un gimnasio con ventanales donde se le apeó el corazón del pecho. Hay, en esos cinco libros que constituyen una trilogía que mezcla mucho cachondeo y también mala leche y un poco de ciencia y mucho doble sentido, personajes estrafalarios como Ford Prefect, último habitante de un planetucho en la órbita de Beltegeuse, al que le gusta perder en los juegos en los que el que pierde bebe. Y Zaphod Beeblebrox, que fue presidente de la Galaxia y se cauterizó a sí mismo el cerebro de una de sus dos cabezas, el gran Z. sabrá para qué. Hace poco se hizo una película juntando trozos de la primera novela con inventos de los guionistas: el artefacto se deja ver, aunque lo único que uno recuerda después son los dos ojos grandes de Zooey Deschanel cuando sale de la ducha envuelta en una toalla blanca.

Como todo aficionado a las aventuras del entrañable comemierdas inglés Arthur Dent sabe, la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás es 42. Lo de comemierdas va con cariño. Respeto. Queremos a Dent. También a Marvin, el androide paranoide, que caminó durante leguas para leer mientras agonizaba el último mensaje de Dios a la creación. Que dice así: Disculpen por las molestias. Marvin murió siendo treinta y siete veces más viejo que el propio universo, debido a los enredos que causan los viajes en el tiempo, los agujeros de gusano y las autopistas de dos carriles por el hiperespacio. Ahí fue, por cierto, donde Douglas se empezó a liar: a partir del segundo libro, con las idas y venidas por el espacio tiempo, hay momentos brillantes pero la inventiva decae un poco. No hemos venido aquí a hablar de eso, de todas formas.

A mí me gusta de Dent que está siempre perdido. Tanto se pierde que aprende a volar. Volar es fácil, según la Guía del Autoestopista Galáctico: consiste en caerse al suelo y fallar. Arthur salió una mañana de su casa en bata, se tumbó delante de un bulldozer y un par de horas después estaba en el compartimento de carga de una nave espacial llena de burócratas verdes. A partir de ese momento, Arthur Dent, como Gregor Samsa, se pasa la vida caminando a tientas por el pasillo intentando encontrar el interruptor de la luz. Solo que no lo consigue. Una de las frases que más utiliza dice así: no quiero morir todavía, me duele la cabeza y no lo disfrutaré.

Yo lo entiendo, a Dent. Hay personas que nunca se pierden. También hay personas que nunca se vuelven locas. Eso lo escribió Bukowski, y después añadió: que vidas tan aburridas deben llevar. A mí me gusta perderme, y para complacerme la naturaleza decidió dotarme del sentido práctico de un hueso de melocotón. Hay un dicho que dice: si no puedes ganarlo, empátalo; y si no puedes empatarlo, enrédalo. La vida, ya se sabe, ni siquiera puede empatarse. Eso no lo sabe Arthur Dent, pero lo sabe Ford Prefect, y por eso le gusta perder cuando juega a beber. Vosotros os diréis que menuda mierda incomprensible, y yo digo que vale. Pero puedo si quiero volver a parafrasear a Bukowksi, que dijo en otra ocasión: casi siempre es demasiado tarde y no hay nada más triste que un demasiado tarde.

Douglas Adams tiene ramalazos de Woody Allen y alguna vez escribió guiones para los Monty Phyton. Su obra es, cuando uno retira el andamio de la ciencia ficción, una sátira de la humanidad, que se reduce, en esencia, a un hombre asustadizo que recorre el universo en zapatillas de casa buscando una taza de té. En un rincón de la trilogía en cinco volúmenes de La Guía etcétera habita Wonko el Cuerdo. Vive junto al océano Pacífico, en un recoveco del espacio tiempo en el que la Tierra no fue demolida. Allí Wonko construyó una casa y en esa casa encerró al Mundo. La casa de Wonko haría pestañear a Maurits Escher: los muebles, el suelo y las alfombras están fuera de la casa, las paredes interiores se pliegan y se estiran creando la ilusión óptica de que efectivamente el océano, el suelo y el cielo se encuentran dentro, descansando del ajetreo y la resaca. Sobre la puerta de entrada cuelga un cartel que dice así: Pasen al exterior.

Wonko el Cuerdo es un hombre preocupado por la salud mental del Mundo. Por eso le construyó un asilo. Wonko vive fuera de la casa y no cruza la puerta. Para evitar las tentaciones colgó otro cartel. El cartel dice así: Sujete el palillo por la mitad. Humedezca con la boca el extremo puntiagudo. Introdúzcalo en el espacio interdental, con el extremo romo cerca de la encía. Muévalo suavemente de dentro a afuera.

– Me pareció – explica Wonko en la cuarta novela de la trilogía – que una civilización que hubiera perdido la cabeza hasta el punto de incluir una serie de instrucciones detalladas para utilizar un paquete de palillos de dientes ya no era una civilización en la que yo pudiera vivir y seguir cuerdo.

Uno no sabe nunca por dónde llegará la revelación. La Guía del Autoestopista Galáctico es una obra edificante. En uno de sus rincones habita Wonko el Cuerdo, que un día decidió construir un asilo para intentar recuperar la salud mental del Mundo.

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