La literatura como chisme un lunes que llueve

BibliotecaEn el principio no fue el Verbo. Fue el Héroe. La Biblia. Homero. Y Gilgamesh, que escapó del diluvio. En el principio fue David pegándole un patuscazo a Goliath y quedándose el reino después. Éramos hombres de los tiempos oscuros. Sembrábamos el grano. Ninguno de nosotros sabía leer. Venían los ciegos, los pies descalzos, y en la plaza entre casas de adobe y templos de mármol nos contaban cómo mil naves zarparon de Grecia hacia Troya. Y a esto se le llamaba epopeya. Queríamos escuchar otra vez las argucias de Ulises con Polifemo. Mi nombre es Nadie éramos todos. Y alguien decidió ponerlo por escrito. En Homero está el sustrato, y en el libro de los Reyes. Cuentos para contar el mundo que se desvanecía. Homero lo puso en hexámetros rimados para facilitar el trabajo de la memoria. El héroe importaba. Lo demás era polvo.

Vinieron después los griegos con sus tragedias. Los papás fundadores: Sófocles, Esquilo, Eurípides, Aristófanes. Y toda la panda. Dijeron: esto, tragedia. Dijeron: esto, comedia. Y era para salir a calentar las manos de los espectadores. Con su poquito de lección moral. Ensoberbecieron al héroe, delimitaron el cosmos de la pena humana. Hybris, catarsis y muerte. Edipo Rey sacándose los ojos con un puñal. Agamenón sacrificado de vuelta de Troya. Era sábado por la noche, el teatro, y trajes de fiesta. Después, Aristóteles trazó la línea: esto aquí,  esto allí. La Poética. Y en el Hades con Tiresías contempló que su obra era buena y los hombres la acogían con respeto.

De Grecia, toma el trirreme hacia Roma. Gente seria. Estoicismo, filosofía. Y les gustaba más, a los muchachos del Lacio, la sangre de los gladiadores que las máscaras del teatro. Vino Catulo, que se emborrachaba y le escribía poemas de amor y resabio a su Lesbia, que me lo maltrataba, me lo hundía, me lo hacía trozos chicos. Y como escribió Bukowski dos mil años después, Catulo terminó comprendiendo que vale más empezar con una puta que acabar con ella. Decía Cat: mas a vosotros mal haya, malas tinieblas del Orco, que todas las cosas bonitas devoráis: tan bonito pajarito a mí me quitasteis… Y también: Los soles morir y volver pueden: a nosotros, cuando una vez se nos muere nuestra breve luz, nos llega la noche perpetua. 

Y también estaba Ovidio. La Metamorfosis. El arte de amar. Hay que decir que los romanos, cuando les daba por la poesía, amaban la juerga. Y se contaban las chanzas de los dioses, sus putaditas, su cachondeo de raptos y polvos a oscuras. Se lo leyeron mucho en la Edad Media, a Ovidio. Y a Horacio, que era satírico y poeta, con sus odas. Me los imagino togados y dando vueltas por el foro, en sandalias. A Catulo, no sé por qué, me lo imagino en las termas, pelándosela.

¿Qué más? Suetonio, Plutarco. Las vidas de los Césares, la hagiogafía. Géneros muy del gusto del poder. Se me pasa Heródoto, Jenofonte, chicos griegos, Platón. Se me pasó la Anábasis, el regreso a casa de los diez mil a través de la montaña secreta. Grecia y Roma. Todo el clasicismo. Después, en la Edad Media, los muchachos volvieron una y otra vez a las viejas acrópolis derrumbadas. Tenemos a Petrarca, que escribía sonetos de amor ideal. A su Laura. Los ojos de mi Laura. La boca de mi Laura. La sonrisa de mi Laura. Era así, Petrarca, platónico, pagafantas: Cuando, entre otras damas, de hora en hora, Amor viene en el bello gesto de ella, cuanto es cada una de ellas menos bella así crece el afán que me enamora. Y yo bendigo el sitio, el tiempo, la hora en que vieron mis ojos tal estrella… 

dante_alighieri_thumb%5b2%5dPero antes de Petrarca, Dante. Era feo, Dante, y también se enamoró. De una muchacha que se llamaba Beatriz. Y también se dio a versificar pestañas, miradas. Fue el primero que sentó las bases de la poesía amorosa, que en adelante fue, por así decirlo, el oficio de los que no conseguían follar. Suena duro, pero es lunes. Hay tres tipos de poesía: la que se escribe porque no, la que se escribe para y la que se escribe porque ya no y hay que poner de vuelta y media al amor. Esto fue así hasta Baudelaire, más o menos, que empezó a escribir sobre los callejones meados de París, las putas con pintura corrida en los ojos y el cielo nublado. Decíamos: Dante. Bueno, ahí está la Divina Comedia, para el que quiera leerla. Va de que mi Dante se extravía, o algo así, y aparece en el infierno, y echa un ojo, lo cuenta, después sube al Purgatorio, se pasea un rato, finalmente el cielo, allí, con la Bea, Dante te lo va contando, verso a verso. Pasaron los siglos y vino Ezra Pound, y cogió la Divina Comedia y con ella y unas cuantas ideas revolucionarias y retazos de otras literaturas hizo un sofrito y cocinó los Cantos. Eso fue en el siglo XX y Ezra terminó en una jaula en medio del campo, bebiendo agua de la lluvia, cuando los fascistas perdieron la Guerra.

Podemos hablar un poco de Garcilaso y Boscán. Muy petrarquistas, muy del palo italiano. Metieron por derecho la poesía en el castellano. Garcilaso con sus églogas, sus cosas bucólicas, sus amores rotos. Eran platónicos, y guerreros, y la diñaban asaltando castillos. Toda la idealización y la rumba. ¿Qué más? Jorge Manrique. A mí me gusta Manrique. Escribió de morirse uno. Era bueno. Y ahora vuelve hacia atrás unos siglos. Es como meter los pies en un charco, ya lo sé. Pero no se avanza en línea recta, con los escritores. Escribir es dar vueltas y vueltas.

Otra vez a la épica. Beowulf, Roldán, el Cid. Los cantares de gesta. Un poco de política, un poco de juglaría. Se escribía, en aquella época, transitando idiomas recién nacidos. Como los héroes antiguos, el maromo medieval lloraba y mataba: tenía sentimientos y sangre en la espada. A la gente le gustaba oír estas cosas. Eran épocas duras, y tranquilizaba saber que un Rey Arturo cualquiera aparecería de la nada con una espada mágica para poner fin a las invasiones del otro lado del mar. Algo así. Yo que sé. Hay un libro muy raro, medieval como la peste, goliardo como la cerveza caliente, que nadie sabe muy bien que es, ni quién los escribió. Se llama, valga la redundancia, y aunque no tiene que ver con nada de lo precedente en el párrafo Libro de buen amor. El nombre se lo puso Menéndez Pidal hace un siglo escaso. Se atribuye al Arcipreste de Hita. Un libro cachondo, hecho de retales de cuentos, ejemplos, poemas de amor, amargura y cinismo. Y siguiendo por aquí cerca, siglo arriba siglo abajo, antes de que lleguemos al Renacimiento, ¿qué más? El conde Lucanor, La Celestina, Gonzalo de Berceo, que se inventó el castellano un poco, la cuaderna vía, AAAA, rima consonante, hemistiquios, así se fueron estableciendo las normas métricas, los corsés.

Al otro lado del mundo, enredaban los chinos. Finos poetas. Durante un par de siglos, indiferentes, sin Marcos Polos ni rutas de la seda, escribieron a los pies del emperador poemas que han pervivido. Ponte en el siglo VI, el siglo VII, el siglo VIII. Estaba Li Po, que escribía poemas sobre hojas de morera y los dejaba navegar río abajo: Si la vida es un gran sueño, ¿para qué sufrir?. Yo duermo todo el día y cuando me embriago, duermo junto a las columnas. Despierto con el sol y oigo cantar entre las flores a un pájaro oculto. ¿Qué hora será? Me encuentro emocionado, pero me sirvo otra copa y canto como los pájaros. Y también Bai Juyi, que rompía los poemas si su sirvienta no era capaz de entenderlos. No los consideraba dignos. Nos hizo la Canción de la Pena sin Fin. La princesa muerta sobre el barro: ¡Ay! El cielo y la tierra pasarán, pero su recuerdo será eterno. Y estaba Tu Fu, que ojito: una vez fue a visitar unas ruinas, quedó atrapado por una inundación y él sabrá cómo, permaneció diez años encerrado en un templo derruido, alimentándose de achicoria. Cuando lo encontraron y lo liberaron, murió de una indigestión. Decía Tu Fu: Cuando elijas cinturones elige el más largo. Cuando elijas flechas, elige la más fuerte. Cuando quieras matar a un hombre, primero mata su caballo. ¿Y por qué nos habla ahora de chinos muertos? Porque me gusta. Y además que luego los modernos de la vanguardia occidental echaron la vista hacia ellos y metieron en sus poemas trocitos de la influencia que dejaron sembrada en el surco de tierra donde florecen las nuevas escuelas de letras.

Y volviendo a Europa, me faltan cosas. Pero voy derecho hacia Shakespeare. Que fue la cumbre del teatro isabelino y después la cumbre del teatro inglés, y después la cumbre del teatro mundial, y finalmente, la cumbre a secas. Todos los estadios de la condición humana están dibujados en las arrugas de la frente de los personajes de Shak. Y Will escribió de la angustia, de la muerte, del amor y la risa, los celos, lo bueno y lo malo, inventó medio idioma inglés, prosificó, versificó, ganó chelines y pounds en el Globe, nos escribió, un poco, a todos nosotros.

Al otro lado del espejo, cruzando el mar, a hostias con la Armada Invencible, estaba Miguelito Cervantes. Que hizo el Quijote. Un libro de risa, de meter un poco también el mundo dentro de él. Mi Alonso Quijano y mi Sancho, de vueltas sobre un caballo viejo y un burro por la tierra seca. Solo con estos dos, con Guillermo y con Miguelito, tienes todo lo que vino después. Se ha investigado y profundizado mucho en la forma desde entonces acá, pero la esencia sigue siendo la misma: un espejo para tomar distancia y ver reflejado al hombre. Digo. Ya no queremos héroes perfectos, nos queremos ver a nosotros, tal cual somos: imbéciles, indignos, pero a ratos un destello de luz nos deslumbra y entonces nos redimimos. Dijo Homero: toda literatura es un viaje. Y dijo Cervantes: sí, pero no es un viaje grandioso. Es más bien una cosa chapucera, de andar escondiéndose detrás de las piedras, de tropezar y caerse y perder para siempre el camino de vuelta al hogar cuando dejas atrás la puerta de casa. Coge a Shak y Cervantes, agítalos y te sale Dostoievski. Te sale Tolstói. Te sale Faulkner.

PendusVillon-696x1024¿Y qué más? El siglo de Oro. Teatro: Lope, Tirso, Calderón. La vida es sueño. Y estos entendieron una cosa: que hay que conjugar espectáculo y fondo. Eso lo sabía Shak también. Tener contento al público, sin renunciar a la grandeza y a rebuscar por las almas. Sáltate todo el siglo XVIII. No vale nada. Cruza a Francia. Capítulo aparte, los frenchis. En el siglo XV tuvieron a Rabelais, que era médico y grande. Escribió sus historias de gigantes para entretener a sus enfermos. Con esa sintaxis de genio, ese léxico cachondón, Gargantúa, Pantagruel, toda la escatología y el guarreo con el que disfrazó, pura inteligencia, zapatazos a los curas y reivindicaciones humanistas. De esa época era también Francois Villon, que fue más ladrón que otra cosa y murió de chaval en la horca. Hay que reconocerle a Villon los huevos para escribir, desde la celda en la que aguardaba la soga, la Balada de los Ahorcados: La lluvia nos ha limpiado y lavado, y el sol desecado y ennegrecido; urracas, cuervos, nos han cavado los ojos y arrancado la barba y nuestras cejas.

Más cosas de franceses: en el XIX se inventaron el novelón. De amoríos y caminos. Me diréis que esto no es serio, ni científico, pero yo voy cruzando así la calle, no exactamente por el paso de cebra. Me salto a Rosseau y a Voltaire y a Chordelos y a los otros y me voy derecho a Balzac. Hay que hacerle un monumento a Honorato – tiene muchos, imagino, pero otro más – por acometer la Comedia Humana. Parió como quien dice el Realismo, un Realismo sietemesino, describió la época entera. Puso sobre la línea de salida a Stendhal, que nos dejó a Julien Sorel y a Fabrizio del Dongo. Era lo que le gustaba a Stendy: chavalillos guapos con miras altas y mala estrella. Con eso levantaba su tragedia. A Honoré y a Stendy me los reconoció el tiempo después. En los periódicos lo que mandaba era el romanticismo de Victor Hugo. De ahí al folletín, que es como decir Dumas. E investigando por los caminos abiertos de Balzac, el naturalismo de Zola. La literatura francesa la rompió en dos un médico loco que se llamaba Céline, que fue el primer estilista de verdad desde Rabelais y que dejó clara una cosa: ni en Francia ni en ningún sitio se volvería a escribir ya lo mismo. Más gabachos: Flaubert, Mallarmé, Artaud – carne de manicomio – y después de la Guerra, Sartre, Camus, Boris Vian. Los jueguecitos de Raymond Queneau también se merecen un nombre en negrita. También está Verne, con los viajes. Y Proust, con las magdalenas. Y si quieres poetas del XIX tienes a Baudelaire, con sus flores malignas, y a Verlaine, Valery y Rimbaud, que a mí siempre me ha sonado un poco a Villon. Entre todos mataron al petrarquismo y a base de símbolos e imágenes nuevas abrieron una ruta de agua por el que todavía se navega.

Más novelones del XIX. En Inglaterra estaba Dickens, que es un tío que escribía para ser entendido y siempre te termina dejando una sonrisa en la boca. Fue el primero que intencionadamente dejó hablar en sus libros a los parias del mundo. Stendy y Balzac, Tolstói también, escribían sobre los grandes señores en salones dorados. Sobre sus amoríos, sus cartas a escondidas, sus adulterios y su grand vie, en la creencia de que a los pobres no les ocurría nada digno de mención. Pasaban hambre, trabajaban de sol a sol: ¿qué había de interesante en la vida de un pobre? Dickens nos liberó de eso. Y nos enseñó que el alma no es cuestión de clases sociales. Por el sendero de Dickens vino Dostoievski, que escribió también de los pobres, los locos, los aturdidos, los sonados, los desamparados, los que están siempre tristes, los hipondriacos, los fanáticos, los hombres que maquinan a la sombra, los arruinados, los que lloran, los que murmuran, los que ven a Dios por las noches, los que hablan con Satanás, los insomnes, los borrachos, los jugadores, los que maldicen en mitad de la calle a un coche de caballos que se aleja bajo la lluvia.

tumblr_l84sjqYkza1qzx3dio1_r1_500La literatura rusa es Pushkin, Gogol, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov. Esto en el XIX. Después Bulgákov, Nabokov – aunque escribiera en inglés sus obras más conocidas – Brodsky, Dovlátov. Hay más, pero a mí me da igual. Dos y Turgueniev y Tolstói andaron mucho a la greña. A Dos le jodía que los otros dos fueran ricos, vivieran bien, contemplaran la literatura, sobre todo Turgueniev, como un jueguecito para pasar las tardes. Tolstói sufría. A Tolstói en algún momento se le reveló el cielo y desde entonces soñó con entregarlo todo a los hombres. Su Guerra y Paz es lo que es, se puede decir tal y cual, pero yo creo que el arte de narrar alcanzó su máximo esplendor en esa obra de casi dos mil páginas de rusos enredando entre sábanas y batallas. Anna K. es otra cosa: una cosa hermosa como un campo de amapolas que se incendia en mitad del verano. De todos los del siglo XX, yo siento debilidad por Dovlátov. Considero que no se puede escribir mejor. Y si quieres un poeta bueno, con sus cosas, tienes a Maiakovski, que a mí me hace preguntarme por qué los poetas españoles nunca han escrito así, salvo uno quizá y salvando distancias, y se han dedicado en cambio a los artificios paisajísticos y el estilismo pejiguero.

Me queda el romanticismo. Cosas de alemanes. Bucea hasta Goethe y el resto de los muchachos que pusieron la semilla: Holderlin, Heine, Schiller. El Sturm und Drang. Es peligroso el romanticismo, porque lo mismo pare genios que soplapollas. Digo: perdón. En España tuvimos a Bécquer, que a mí me gusta mucho, a Espronceda, a Zorrilla, a Larra que se pegó un tiro. Como la historia de la literatura se hace matando al que estuvo antes, los movimientos y teorías se desarrollan por oposición. A la exuberancia romántica le sigue la aridez del realismo, véase Francia más arriba, Dickens y los otros. En España: Pérez Galdós, Clarín, Pardo Bazán. Como daga para matar el realismo, el modernismo. Exótico, estético. A España nos lo trajo un nicaragüense dipsómano: Rubén Darío. La princesa está triste, estas cosas. Había poso debajo de la métrica medida de Rubén, que escribió cosas maravillosas que después sostuvieron a César Vallejo, los heraldos negros, hay un lugar que yo me sé, en este mundo, adonde nunca llegaremos, muriéndose de hambre en París y lloviendo, y aquella línea, tan certera: murió mi eternidad y estoy velándola.

De Darío a Vallejo, y también Neruda, los chicos del 27: Alberti, Cernuda, Guillén, Salinas, Lorca. Generaciones: hay de todo. La del 98 sobre todo aburre. Salva a Machado, el poeta más español más infravalorado y acunetado después de Bécquer, y algunas cosas de Baroja. Y uno puede admirar la profunda humanidad del pensamiento trágico de Unamuno, sí, pero uno se duerme. Decíamos: el 27. Ahí el que se llevó las flores fue Lorca. También se llevó las balas. El 27 fue muy gongorino y bécqueriano. Muy de hacer un mix entre folclore y vanguardia. Ahí acertaron, unos más que otros. Lorca bien, aunque el Poeta en Nueva York muera de pretenciosidad y artificio. Cernuda, a ratos. Alberti, casi nunca. También estaba Juan Ramón Jiménez, a quien nadie sabe muy donde colocar. Un tipo bastante repelente que se creía mejor de lo que nunca fue. Premio Nobel, a todo esto. Como Aleixandre, que también fue del 27 y concibió buenos poemas y el mejor título posible: La destrucción o el amor.

Me voy a los USA. Empieza con la Generación Perdida: Hemingway, que se convirtió en arquetipo, con su barba, sus historias de guerra, sus hazañas de bebedor mientras las bombas caían en Madrid. Y Faulkner, que se erigió en contrario movedizo de Hem, con frases largas, párrafos como pinturas de El Bosco, retratos amargos de los Sures profundos. Dos Passos, que escribió Mannhatan Transfer, un libro que luego Cela copió mal para hacer La ColmenaScott Fitgerald, que tenía talento y se envenenó bebiendo y acabó loco e incapaz de escribir.

Hubo muchachos que se buscaron la vida por otra parte. John Fante, claro. Que escribió como nadie haciéndolo simple. De los sentimientos y las verdades, como si no se asustara de enseñarse sucio y sin ropa. Hay que querer mucho a Fante, porque fue el más valiente de todos. Y de Fante a Charles Bukowski, que fue poeta y novelista, pero más que nada poeta, cogió un poco de Sherwood Anderson, un poco de Henry Miller, un poco de Robinson Jeffers, un poco de Pound. Y cuando apareció Hem todos querían escribir como Hem, y cuando apareció C.B. todos querían escribir como C.B. Eso está bien, pero no se logra si no hay un alma que canta una canción propia debajo. Y a Bukowski lo metieron en la generación beat y él dijo que no, que nunca. Eran los chicos que escribían sobre carreteras y droga y hombres solitarios, un poco forzados, influidos por los Budas, el LSD: Kerouac, Burroughs, Allen Ginsgerghe visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura. Más cosas: Walt Whitman, e.e.cummings.

La literatura que manda, por cierto, la hacen los Imperios. De ahí, por ejemplo, el siglo de Oro. Cuando España pintaba, la literatura española pintaba. Cuando Inglaterra ídem, ídem. Cuando Francia, lo mismo. Así, cuando Estados Unidos se hizo con el mundo empezaron a brotar escritores. El Arca de la Alianza es la Gran Novela Americana, algo que ya no se escribirá. En primer lugar porque los Imperios en decadencia ya solo dan coletazos a ciegas. En segundo lugar porque la GNA lleva escrita 150 años. Se llama Moby Dick. La escribió Herman Melville. Es uno de los grandes monumentos de la humanidad. Como las pirámides, la gran muralla china o la Piedad de Miguel Ángel.

m_joyceMelville escribió un cuentecito, Bartleby el escribiente, que va de Bartleby, claro, un escribiente, obvio, que va a trabajar y ante cualquier petición por parte del jefe responde con una afirmación misteriosa: Preferiría no hacerlo. Bart se va muriendo lentamente, no de agonía, sino de una nada que le crece dentro como un nenúfar de Vian, y al final ocurre lo único literariamente plausible. De ahí un poco nació Kafka. Mi Franz es uno de los tres escritores que en un período de veinte años escasos, los que van entre las dos guerras, partió la literatura y alumbró el siglo XX. Los otros dos son Cèline, ya se ha dicho, y James Joyce. Un raro, un loco y un ciego. That’s History.

Kafka nos escribió a todos, nos mató, nos resucitó. Tú si lo piensas un poco no dejas de ser Gregor Samsa un rato todos los días. Franz K. nos asfixió, nos perdió, nos marcó un camino nuevo y después desapareció. Como una brisa por la tarde. Kafka fue todo. Céline nos enseñó que se podía escribir sobre cosas profundas y ser divertido a la vez. Que la vida es una ópera bufa, un guiñol, y que hay espacio para la sangre, la amargura y el cachondeo y la alegría de estar vivo y levantar unas faldas en un prado verde.

Joyce fracasó, no podía ser de otra manera. No existe un fracaso más hermoso que el Ulises. Jimmy quería: cerrar el círculo que empezó con la Biblia y la Odisea, reinventar el idioma inglés, matar para siempre a Shakespeare, hacerse inmortal, inventarizar el Yo de un irlandés del siglo XX que fuera, al mismo tiempo, el propio Joyce, Odiseo, Dios y todos los hombres nacidos y por nacer, realizar una autopsia del amor verdadero, metaforizar la historia de Irlanda, describir el alma, partir corazones con un cuchillo de carnicero. Su fracaso es pura grandeza. Esa es la esencia humana.

Y me faltan. Borges, Cortázar, Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa. Me falta Knut Hamsun, Ibsen, Calvino, Curzino Malaparte, Lampedusa, San Agustín, Quevedo, Pavese, Musil, Sor Juana Inés de la Cruz, Beckett, Pessoa, me faltan días, palabras, dedos, me faltan Yeats y Keats, Dylan Thomas y Stevenson, un cielo y soñar, Miguel Hernández, Gil de Biedma, Mailer, Ángel González. Es un juego. Igual que volar, consiste en caerse al suelo y fallar. La literatura es. Arañar la pared. Escribir tu nombre para seguir vivo. Cuando te mueras. Todo lo que se necesita es un héroe. Y un camino incierto. Empieza. Y nunca se acaba.

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