Y una voz como de charcos y gasolina

Tom+Waits+3701975377_5e88c2a5caEl tiempo está hecho de deseo y recuerdos. Cantaba Tom. ¿Y de qué está hecho Tom? De nostalgia y melodías y una voz como de charcos y gasolina. El hombre tiene este oído mágico que le permite encontrar el camino que va desde el entendimiento hasta el corazón. Y pulsa como un timbre el bazo de quien escucha. Marlboros, marimbas. Cantaba: abre fuego cuando alcances la orilla. Es tan bueno que puede permitirse destrozar canciones por las que cualquier otro mataría. Coge por ejemplo Lucinda: una cara B en un disco de rarezas, con una letra que habla de un hombre que ya nunca verá el cielo, cimentada sobre una percusión vocal, solo eso, una canción desamparada como un bebe islandés que se curte al frío de una calle de Reijkiavik. Finge que no me debes nada y que todo el mundo es verde.

Tom tiene caras. Hombres que lo habitan como el pájaro azul que vivía dentro de las costillas de Buk. Recuerdo por ejemplo a Romeo, que disparó al policía que había matado a su hermano, Romeo recostado sobre el capó de un Corvette, ¿tienes un cigarro?, una mancha roja en los zapatos brillantes. Romeo sangrando. No dice nada. Y entra en un cine y allí muere, como los héroes, a solas, sin una queja, mientras Cagney llena la pantalla con gestos y pestañeos. Hombres como Frank, que una noche compró una lata de gasolina y quemó la casa porque no podía soportar los ladridos del perro. Sopla, viento, sopla, adonde quiera que vayas. Sopla. Tantas y tantas canciones que hablan de trenes que un día se cogen sin billete de vuelta. Porque no hay camino, nunca, que te traiga de vuelta al hogar, cuando uno se pierde.

Y hay esas canciones primeras del piano que bebía, la lámpara que sacaba billete a Detroit, los coches que se oxidaban. La nevera vacía. Los pelos revueltos. Era mi Tom en plan beat, camisa de luto, cansado como un hospital, amoroso como un hombre que ha perdido las llaves. Esos años de cantar en los bares del centro, largas cartas del músico derrotado que se levanta por las mañanas con un acorde nuevo dentro la cabeza. Escucha si quieres el Small Change. Escucha todos esos discos cuyas portadas juegan a construir el personaje del halcón nocturno de Hopper que ya no tiene cerillas y mantiene la pose y se mesa el pelo mirando hacia el suelo, esperando en la acera a su stripper de mala muerte, que ya no sonríe.

¿Qué vino después? Un disco que se llamaba Swordfishtrombones. Ahí hay metida una canción de amor que dura minuto y medio. Dice así, sobre un piano que no levanta la voz: ella es mi único amor verdadero, todo en lo que puedo pensar, mira, aquí, en mi cartera: esta es ella. Creció en una granja, hay un lugar en mi brazo donde he escrito su nombre y el mío. No puedo vivir sin ella, yo soy su único chico, y ella se crió en las afueras de McHenry, en Johnsburg, Illinois. Y esto es así porque, muchacho, no hay más amor que el de los hombres desamparados: lo otro es decorado y costumbre.

Las cartas se queman en el fuego. Y puede permitirse, si quiere, tirar las canciones. Hay dos tipos de Tom: está el que experimenta y canta con la cabeza metida dentro de una bañera vieja, con instrumentos raros, electrónica y ritmo de mambo, voces extrañas. Ese es el Tom que te enerva. Y está el Tom que se pega fuego a sí mismo, sobre una base musical que es un silbido y un cristal empañado, el Tom que se mata un poco y te araña, sin artilugios, sin trampa, te desgarra como un trapo viejo. Suena como la lluvia sobre el lomo de un perro, como los besos que se dan con la luz apagada, como los rosales cuando se tronchan en medio de una tormenta de verano.

Está el Tom cuentacuentos y el Tom que se pregunta cómo va a terminar todo. El vagabundo que se tiende a dormir sobre las vías del tren y renuncia. Y el chico que se recorrió el país en la Greyhound: Sant Louis, Minneapolis, Natchez, Alabama, San Diego, la luna siempre arriba, los cuervos, la ventana donde ella se asomaba para tender la ropa. No puedes volver atrás, y la respuesta es que no.

Sesentón en Somona. Eso también es Tom. Un Jesús de chocolate. Un pedazo de hierba en el que puedas recostar la cabeza y recordar cuando me querías. Y hay que reconocer que sus últimos discos flojean. No importa. A mí dadme para toda la vida el Frank’s wild years y el Blood Money. Dejádmelos escuchar siempre que no os pediré nada más. 

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