Jorge Manrique: la revolución y la muerte

20080310klplyllic_5_Ies_SCOLa literatura ha hecho muchas cosas buenas por nosotros. A cambio exige que la queramos. Nos dice, con ojos de gato zalamero: prestadme atención. Un pedazo de vida, entregadme. Y así, tírate semanas detrás de la última página de Don Quijote, o pélate las pestañas con Anna Karenina, mi pobre Anna K. en la estación de tren, sin maletas y sin equipaje y con el hierro abriéndole para siempre la noche. Digo: Rojo y NegroMoby DickLas ilusiones perdidas, el Ulises y dándole al espejo la vuelta: Homero en hexámetros clásicos. Venga y venga tardes perdidas a la sombra, dos puntos de nuevo, Absalom, AbsalomEl proceso, el Viaje, las seis tragedias grandes de Shak que son, ya se dijo, como el océano entero en un vaso de agua (R&J, Ham, Mac, mi pobre Otelo, Lear y Julio César), los poemas humanos de César, los Cantos de Ezra, el M.T. de John Dos Passos, Adiós a las armas, Malaparte, la risa torcida de Vian, la guerra, la paz, la ruina, el amor, Cormac y también los Hermanos K., Raskólnikov, la estepa, la taiga, y llego, transiberiano arriba hasta eso que iba a decir al principio: que duele a veces leer tanto, el reloj cuando quiere tiene dientes. ¿Y entonces? Entonces, anuncio, hermanos: hay una obra maestra, una de verdad, que se puede leer en diez minutos. ¿Mola? ¿Acojona?

Jorge Manrique, claro. Se le murió el padre en el siglo XV y le escribió quince páginas de poesía que es como un río, así muy cristalina, limpia, sin esta mijita de pretensiones, una cosa estupenda. Comienza: recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte, contemplando, como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando. Solo eso. Son cuarenta estrofitas, que las he contado con el dedo, multiplicando por doce te salen 480 versos, que tienen un algo extraño, naïf y grave, una cosa para leer despacio, en lo que te dura un café y un cigarro. 

Y ahora nos ahorramos la clase de literatura. Resumiendo: en la primera parte, J.M. se pone a filosofar: vida, muerte, el tiempo que se escurre, el humo que somos. A la manera del poeta chino Bai Juyi – ¿o era Tu Fu? – que consideraba indignos sus poemas si la asistenta no era capaz de entenderlos. Y así mi Jorge: nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. La segunda parte abre las cortinas. El tema: ¿de qué sirve el sol y los días azules si luego hay la muerte? El último acto es glosa y recuerdo del papá que la diña, un poco cantar de gesta, un poco el Renacimiento asomando la cabeza, eso es lo que gusta de Jorge, que tiene un aire a dos mundos, tan medieval y a ratos tan de aquí al lado, con esa concepción de la vida sencilla como un espejo y ese atrevimiento con la estructura, ese airecillo libre que tiene todo: Jorge escribe para si mismo y para su sombra, porque la inmortalidad no importa. Eran tiempos sin  suplementos dominicales y sin flashazos en la azotea de un edificio del extrarradio.

A mí me gusta que Jorge fuera tan así. Me lo mataron en una refriega, dicen las crónicas, contradeciendo al libro de texto que explicaba que le abrieron la cabeza con una piedra en pleno asalto a un castillo. Lo mataron por chulito y guaperas. Dizque el Jorge vio a don Pedro Baeza, con el que tenía guardados rencores viejos, y se metió a la pelea y allí me lo atravesaron por el costado, poeta guerrero, como Garcilaso, Francisco de Aldana, Miguelito Cervantes, esos hombres que hubo antes, que entre matando y no, escribían donde les cogiera.

Decíamos: se murió don Rodrigo, y Jorge le hizo unas coplas, lenguaje sencillo, tres partes: filosofía, melancolía, elegía. Acaba las palabras en -ía. Búscale música. Muy medieval, sí. Está en cualquier libro de teoría literaria. Esa forma de ver las cosas: la existencia como valle de lágrimas. Apuntaremos, sin desarrollar demasiado. Tres vidas: la física, la de la fama y la eterna que es la de Dios con San Pedro en el cielo. La misión: con la primera se obtienen las otras dos. Matando moros, haciendo obras pías. No se me asusten: la Edad Media era un poco eso. A mí lo que de verdad me gusta de las Coplas es otra cosa.

Es la música, claro, que se me metió dentro de chavalillo, cuando te mandaban como ejercicio para el fin de semana contarle los versos a Jorge y resumir la estrofa tercera, que es la famosa aunque no la mejor. Y la muerte limándolo todo. Porque las Coplas no van sobre el maestre Rodrigo, no van sobre Jorge, no van sobre nadie. Las Coplas van de la muerte: la muerte es todo, en esos 480 versos que se leen en diez minutos. La muerte como verdad elemental. La muerte como benefactora y diosa.

Dice Jorge, echando mano del ubi sunt: la belleza, la gloria, los dineros, todo se lo lleva la Buena Señora. Dice Jorge, citando a Quoelet: los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, ¿qué son sino corredores, y la muerte la celada en que caemos?. Pajarillo oscuro, como aquella canción de Miles, eso somos los hombres, revoloteando dentro de la trampa sin saber que cada aleteo te condena pasillo adentro. Dice Jorge, bocetando a la muerte como revolucionaria suprema, guardiana de las esencias: así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y perlados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganado. Todos cagan. Ergo: todos mueren. Ahí, el humanismo. Ahí la verdadera grandeza. ¿Medieval? Ni que fuera algo malo. Explica Jorge, a su manera. No importa lo hijos de puta que sean.

La muerte que nos cuenta Manrique es pura justicia poética. Si no existiera habría que inventarla. Consuelo del pobre y del puteado. Esa muerte medieval, tan distinta a la muerte de hoy, aséptica, blanca y de tanatorio, es la revolución socialista que siempre falló, vigente y exitosa desde el primer día del tiempo. Y nadie, nadie, le cantó con la limpieza de Jorge. Oscura y perpetua e insobornable: la muerte es lo único que no se puede comprar. A todos nos ofrece lo mismo.

Dios te bendiga, Jorge Manrique.

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