e.e. cummings no ha muerto

DSC_0218A diferencia del resto de gente muerta los escritores todavía pueden atizarte y soplarte la oreja. Mientras leía Las palmeras salvajes tenía la sensación de que Faulkner, William, me pegaba puñaladas en las costillas. Entre la nada y la pena, elijo la pena, escribió el bigotudo beodo, que bichelaba el brezal y bebía y balanceaba en los dedos la pipa apagada. William, Faulkner, aka Bill, aka la puta de Hollywood, con sus seis décadas de muerte a la espalda, todavía  consigue que me crujan los huesos. No existe libro peor para los enamorados, porque ahí dentro se habla de cosas muy tristes, un poco hermosas, tres veces tristes, sobre el amor y la libertad, entre la nada y la pena, la soledad y lo demás, hay que elegir, todos, tres veces tristes, entonces. Y e.e. cummings también consiguió a su manera arañar la pared con los dedos, llegó hasta el muro arrastrándose y allí garabateó unos cuantos poemas que ya no se irán. Tuvo que ser un hombre curioso, Edward Estlin, con su nombre en minúsculas, iniciativa de un editor con vista que quiso aprovechar su ortografía nerviosa y monomaniaca. Escribió cosas que te dolían de verdad y cosas que conseguían hacerte reír. Y hay siempre ese error de considerarlo únicamente un esteta de la vanguardia, cuando en realidad se sabía las normas y conocía de memoria el camino, chico de universidad buena, talentoso y precoz, que tenía poso y llevó su muerte a cuestas como si no le importara. Escribió sobre la guerra, las mujeres. Un verso que dice: me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo. Un hombre prolífico, un poemario tras otro, incluso cuando ya no estaba de moda y los críticos dejaron de escucharle atentos las gracias. Buffalo Bill ha muerto, le puso a su antología. Yo digo: bien por e.e., bien por Edward Estlin. Y digo también: bien por William. Bien por todos. Bien por Franz K. y sus dos ojos negros de estudiante aplicado. Por H. Melville, que nos arrastró al fondo del mar. Y por todos los que nos siguen calentando con sus voces que no se gastan a pesar de los años, con sus dedos que se levantan desde el polvo de las tumbas, para rozarte la espalda, muchacho, presta atención, esto ocurrió así, van levantando un armazón, eso hacía Chéjov, eso hacían Fiodor y Lev y Stendy, te encerraban entre palabras que al principio eran niebla y después eran piedras que te golpeaban, porque en eso consiste, creo, desde Odiseo hasta aquí, los griegos ya se sabían el truco, patuscazos y hacerte agachar la cabeza, nadie resiste la comparación con el héroe, las preguntas incómodas, y cuando e.e. te plantaba delante una cosa así no podías evitar que todo se te desdoblara. Para eso está la literatura, para sacarnos de aquí, donde casi nunca pasa nada, llevarnos hacia otros lugares y hacernos mirar cosas que no queremos ver, que están escondidas por dentro, entre el bazo y el corazón, a oscuras. Por eso vino e.e. cummings y nos escribió este poema. Y vimos que era hermoso, razonable, pero supimos también que necesariamente tenía que doler, que decir una cosa así es terrible. Y nos imaginábamos a ese hombre, que podía ser Edward Estlin en un atardecer europeo, o cualquiera detrás del cristal de cualquier ventana, pensando, colocando las palabras en el orden necesario para expresar una pena tan dulce, una resignación tan grande, despeinándose apenas el flequillo, volver la cabeza para escuchar que los pájaros cantan, esa manera de renunciar a la vida, fría como un bisturí, agradable y mortífera como una estrella cuando

se apaga.

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