Moby (Dick)

captain-ahab1Moby (Dick) no es un libro, es un monumento. Eso es porque ahí están cinceladas muchas cosas, que tienen que ver con el mar, con Dios (andar con) y la muerte, y también la locura y un poquito incluso el amor, la amistad, las olas, lo que se ve desde la cofia de un barco en el Índico, el dinero, si quieres, también, el profeta Jonás, el profeta Elías, que subió a los cielos en un carro de fuego, los reyes bestiales del viejo Israel, y también la sangre, mucha sangre, y esqueletos de ballenas descuartizadas, amarradas a la quijada del Pequod, llamadme Ismael.

Todo eso está en Dick (Moby), ver Melville, Herman, 1850, creo, año arriba año abajo, y que no es un libro, sino una catedral gótica, un laberinto, una cosa de piedra y de mármol a la que se accede a través de una puerta de madera vieja detrás de la que se encuentra, tan cierto como que escribo y respiro, un mundo que se puede tocar y morder. Moby Dick, que es una ballena, pero no, una enfermedad, pero no, un simbolismo, pero no, un espíritu, una condena. Y Ahab, que es un hombre, pero no, un diablo, pero no, un simbolismo, pero no, una locura y una cadena.

Ismael, que somos todos nosotros.

Derechos a la condenación y felices, porque es tan dulce, creo yo, ahogarse arrastrado por el remolino que genera el peso muerto de un barco… Ahí lo tienes, a Ismael, en la embestida final, sentado a la popa del mísero bote de remos que carga contra el océano entero. Fotografía el instante y procésalo luego, una noche de insomnio. Se cae, Ismael, y se salva. Citando a Job: y escapé yo solo para darte la nueva. Huérfano y recogido después, como todos nosotros, recogidos de ninguna parte por alguien que pasa y se detiene y decide quedarse.

Hablando de cosas menos importantes, Moby (Dick) es la prueba palpable de que un hombre necesita olvidarse del mundo y alcanzar cierto nivel de demencia huraña para poder partir en dos la literatura. Si un hombre anda pendiente de la opinión general, o de la tendencia artística del momento, o de afeitarse la barba, tal vez consiga escribir un buen libro, pero no escribirá Moby Dick. No pondrá en pie los sillares, los arbotantes, el crucero en planta griega, o latina, igual da, la puerta con sus bronces pulidos, y todos esos vericuetos que van horadando la piedra y que sirven para huir y enterrar a los muertos.

Solo se puede escribir Moby (Dick) desde fuera. De la literatura y los hombres. El canon se la sudaba a H.M., y se dedicó a disgregar, que es pecado. Nadie leyó Moby (Dick) el primer verano, ni el otro. Pero cuando llego la Guerra y las ventanas crujieron (y los ojos detrás de las ventanas desearon no estar allí) y vinieron los tiempos difíciles, los días de verano que aventaban el olor y el polvo de los soldados caídos, y se secaron las flores y terminaron los juegos, solo quedó en pie la piedra cimentada con buena mano. Se perdieron las novelas suaves y quedó M. Dick, para no irse ya nunca. Moby Dick que estaba escrita por un hombre que no parecía pertenecer a la humanidad (lo veo siempre solo a Herman, sentado en la penumbra de una casa con humedades y jugando con una moneda vieja y sin valor que sujeta entre los dedos) y por tanto escribía con el único compromiso aceptable: el corazón y lo otro volando, de manera que pareciera que no había un plan en la estructura ni un método en la locura (mentira) que es como dicen que Dios hizo el mundo: caos y crueldad y preguntas.

Mi ballena, mis hombres, mi Moby, mi Ahab. Y ese libro que nunca se acaba.

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