Dov & Cia.

EmigraciónEso que hacía Dovlatov y parece fácil. Pintar. Así como sin quererlo una sociedad entera, con sus pequeños caracteres psicológicos, su ruina, sus cosas y sus manías de pueblo viejo. Ese diálogo de La Maleta: dos rusos se encuentran en el extranjero y uno pregunta, ¿y cómo sigue la madre patria? Y el otro responde: lo de siempre, roban. Eso lo hacía también Malaparte a su manera, con menos risas y más epopeya, las frases menos brillantes, también pulidas, pero menos cantarinas que Dov, tirando de estereotipos un poco, mi Curzio, pintaba la guerra y la muerte también. Europa entera que se caía a pedazos, los años de ceniza y edificios abandonados y ropa vieja y refugios antiaéreos y soldados que agonizaban despacio, la Segunda Guerra Mundial a trozos la fue esculpiendo, un poco de Nápoles, un poco del frente ruso, los americanos, los nazis, los submarinos en la bahía de Amalfi, la isla de Capri y los perros crucificados y los caballos atrapados en el hielo de los lagos fineses. ¿Y quién más? ¿Kafka? Kafka no. Kafka pintaba otra cosa. A Céline en sus novelas malas – Norte, De un castillo a otro – también le dio por pintar la guerra. Con todos sus puntos suspensivos, su sintaxis tan suya y su justificación siempre en la boca, estos franceses que me persiguen, que me atosigan, me buscan para meterme seis balas, solo que Céline siempre fue mejor al principio, cuando se preocupaba más de cantar que de otra cosa, y ponía cada palabra en el sitio adecuado, todos los diálogos, la risa y esa amargura de médico de barrio triste que nos gustaba. ¿Y quién más? ¿Quién más pintó una sociedad entera, un mundo entero, caído o alzado, luminoso o en la penumbra? ¿Quién lo pintó? A lo mejor Rulfo. Que escribió El llano en llamas. Que era tan de verdad, también.

Dov insinuaba un mundo podrido con sus chistes de borrachos. Malaparte impartía conferencias con gracia. Kafka no. Kafka profetizaba cosas que van por dentro de la existencia, como si hubiera intuido el pecado original del hombre del siglo XX, la mancha de nacimiento después de la bomba H y los hornos. Herman Melville, sobre la cofia del Pequod pintó la humanidad entera. Porque todos los hombres son Ahab un poco. Y todos los hombres son Ismael un poco. Y siempre hay una ballena blanca en la línea del horizonte. Un lo que sea que te llama y te dice ven a por mí y condénate para siempre. Rulfo cogió la materia prima de la literatura, que es el pasado, y la amasó en un torno de alfarero para hacer una cosa nueva. ¿Cómo? Dejando que los fantasmas hablaran. Céline brilló en el cielo nocturno, como una bengala lanzada por un náufrago a la deriva, y se apagó después, humo sobre el agua.

¿Y quién más? ¿Quién más lo hizo? ¿Quién fue capaz de poner en pie un mundo de verdad? ¿Quién lo hará de nuevo, cuando ya no estemos? ¿Quién levantara desde el recuerdo este mundo nuestro cuando pasen los años y todo se empiece a olvidar?

Alguien contará la historia. Y nos contará de paso a nosotros.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Desastres, Literatura y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s