Sale el fantasma

Philip RothEl otro día me leí mi primer Philip Roth. El libro se llamaba Sale el fantasma, y es una cosa reciente, un poco de escritor ya hecho y acomodado, con premios, groupies con las faldas por las rodillas y demás. Phil ya tiene sus años, hay que decirlo, y recientemente anunció que no piensa publicar más. A mí la aclaración me gusta: publicar no es lo mismo que escribir. Imagino que P. no puede pasarse sin su rato de todos los días de escuchar la música que le anda por dentro, pero considera, él sabe mejor que ninguno, que tiene dicho todo lo que tenía que decir y que lo que le queda carece de interés público. Un aplauso para Phil. Más cosas: todo el mundo sabe que está muy feo juzgar a un escritor por una única obra, sobre todo si se trata de una obra tardía. Tocante a eso hay dos opciones: están los escritores que envejecen mal y los que envejecen ardiendo. Los primeros son esos que pontifican estilo editorialista con firma en la tribuna de periódicos de tirada nacional, y se quejan de esto y aquello, piden el voto para cual cuando llegan las elecciones y de cuando en cuando escriben una novela que a su doppelgänger de treinta años le haría vomitar por las esquinas. Los hay que incluso fueron grandes, y con el tiempo se dedican a rascarse los huevos y a mirar por lo fácil. ¿Respeto? Puede. ¿Admiración? Ni esto. Luego están los que se siguen quemando a pesar de los años. Ahí puedes meter a Dostoievski, que escribió su obra más grande mientras se moría. O a John Fante, que escribió Sueños de Bunker Hill cuando ya estaba ciego y sin piernas, por culpa de la diabetes, dictándole las palabras a su Joyce de su vida. Phil es de los que se acomodaron, por lo que sea, me da. Y sí: está muy feo juzgar a un escritor por una única obra, una obra tardía, todo lo que tú quieras, pero el gato es mío y me lo follo como quiero. Uno tiene la sensación de que Phil, en este Sale el fantasma que nos preocupa: a) roza la grandeza a ratos, pero b) a última hora comprende que para llegar a la grandeza hay que subir una cuesta mala y pasa del tema. O sea: que no. Es preocupante sobre todo el cachondeo del final. De alguna manera, los finales demuestran hasta que punto un escritor se respeta a sí mismo, o hasta que punto lleva mucho tiempo muerto y enterrado. El final de Sale el fantasma es vergonzoso, aunque las últimas cuatro líneas sean realmente realmente grandes, y posean aliento, arte, todas esas palabras que puedes poner en mayúsculas, da igual, porque aquí Phil roza la grandeza pero en última instancia renuncia. Es la edad, el cansancio. Es comprensible. Un aplauso para Phil, repito. Ahí hay un escritor, ahí hay un hombre en el que merece la pena escarbar, en busca de obras tempranas, cuando la sangre todavía calentaba y el hambre le daba patadas a las palabras.

Hablando así en general, de finales, a mí siempre hay uno que no se me va de la cabeza jamás. Soy un cansino, claro que sí, pero Pregúntale al polvo me sigue mordiendo. Todo el mundo debería leer ese libro. Ponerlo en un marco, mirarlo, abrirlo al azar, de cuando en cuando. Con Fante realmente parece que las palabras se pueden comer, que son algo vivo, pegajoso y caliente, un no sé qué que respira y sin saber muy bien cómo termina formando parte de ti para siempre. Ese libro tiene un final muy hermoso: mi Arturo Bandini de mi alma se da la vuelta en mitad del desierto, cuando renuncia a seguir buscando a mi Camila López de mi vida, pero antes, en eso que se llama literatura, firma un ejemplar del libro que ha ido escribiendo con tantas penas a lo largo de toda la obra, una dedicatoria que nunca será leída para su amor que nunca será encontrado, y lanza el libro lejos, a la arena, a la nada. Eso es la literatura, básicamente: un puñado de palabras que alguien arroja al vacío sin demasiada esperanza. Pocos finales así. Pocas cosas tan grandes.

Y esto viene a cuento, porque hace poco apañé un Bukowski de reciente aparición, un libro de esos recopilatorios que se les hacen a los muertos, para seguir sacándole el jugo, ahora que se han muerto y ya no pueden escribir más, ni protestar, una colección de relatos y ensayos que un editor con mala hostia decidió titular Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, hay que ver. El Bukowski va y cuenta, cabrón, en uno de los relatos del libro, inédito al parecer en castellano, su encuentro con un Fante que se moría, diabético y chungo en el hospital. Y hay un momento en el que Bukowski pregunta una cosa que a todos nos hubiera gustado preguntar, pero que todos sabemos que no se debería preguntar jamás. Pregunta, mi Charles que nació en Andernach en 1920, a mi Fante que nació en Colorado en 1908, ¿y qué fue, maestro, de Camila López? ¿De verdad desapareció en el desierto?.

Y John Fante contesta: No, regresó. ¡Resultó ser una maldita lesbiana!

Y llamadme raro, pero cómo me jodió y qué gilipollas me quedé, mirando por la ventana del autobús los olivos que iban pasando y todo eso que se ve desde las ventanas de los autobuses donde yo vivo. Porque eso es la literatura: adorno. Guirnaldas. Luz para iluminar existencias grises que no resisten la comparación, que no tienen grandeza. Llamadme lo que queráis, pero que triste me quedé así de golpe, y que como vacío. Que poco necesitaba yo saber que Camila había regresado del libro a la vida.

Pero habíamos empezado hablando de Philip Roth. No me disgusta Philip Roth. Si algún día le dan el Nobel, por mí estupendo. Un aplauso para Phil. Pero tengo la sensación de que la literatura estadounidense actual está medio muerta, medio mirando un espejo y contemplando su propia agonía. Por supuesto, se trata de una imagen falsa. Es solo que lo que llega aquí está demasiado manido. Debe de haber por ahí, en esos Idahos, en esas Nebraskas, en esos Colorados, chavales que de verdad están pegándole fuego al monte. Siempre hay, literariamente hablando, en cualquier sitio, un muchacho silencioso pegándole fuego al monte. Pero lo que nos traen las editoriales grandes, no sé, los suplementos literarios, ese Auster, ese Franzen, es todo un volver a lo mismo: ese realismo puntilloso, ese meter a los protagonistas siempre en el filo de la actualidad, en todos esos libros, en todas las páginas de todos esos libros siempre hay alguien discutiendo sobre Obama, o sobre Bush, o sobre el último show de Conan O’Brien, demasiado forzado, demasiado poco libre, ¿qué pasó con el otro mundo, el romántico, el que no es de verdad pero precisamente por eso es de verdad, mejor que la verdad, ese mundo en el que se puede correr, saltar, reír y, en resumen, huir muy lejos de las tardes sin lustre, allí donde habitaban los tipos de Faulk, las Camilas López, los Hanks y los Ismaeles que se hacían a la mar de la mano de Ahab? Ese profundizar y detallar hasta el último pensamiento, esa obsesión por dibujar el mapa psicológico de los personajes, a escala y hasta dejarte sin aliento, cada chorrada que se te pase por la cabeza, dejarla escrita, todo tan puro y aséptico como una habitación de hospital, sin lugar a la magia. Sin lugar a la magia.

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