Como un viejo vertedero seco

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usted que fue un héroe en alguna
revolución
usted que enseña a los niños
usted que bebe con calma
usted que posee grandes casas
y pasea por jardines
usted que ha matado a un hombre y posee una
bella esposa
dígamelo usted
por qué ardo como un
viejo vertedero
seco
(Charles Bukowski; Hoy los mirlos están alborotados)

Para poder vivir hay que respirar todo el tiempo, cada minuto, veinte veces por lo menos, y atizarle al corazón para que lata, todos los días. Y al final ni eso sirve. Sherwood Anderson escribió un libro estupendo que se llama Winesburg, Ohio, un libro pequeño que habla de vidas pequeñas y momentos imperceptibles, prendidos a una cartulina blanca como las mariposas de Nabokov, con alfileres, intuición y prosa. Y se murió en Panamá, Sherwood Anderson, autodidacta y padre de la Generación Perdida, a causa de una peritonitis, después de tragarse el mondadientes de un martini en mitad de una fiesta. La vida no es seria.

El presidente de mi país dice que hay que ser optimistas. A mí eso me parece bien. El optimismo es bueno. Solo que también cansa. El problema con el optimismo es la espera. Se pasan los días, se acaban las horas, y no pasa nada. Hay que seguir viviendo, a pesar de todo. Veinte respiraciones por minuto, sesenta y ocho latidos, a la espera de que algo suceda. Comprar todas las cosas que hacen falta, mirar las noticias, repasar las esquelas, las estadísticas, ¿quién murió?, ¿y qué dice la encuesta de población activa?, perdí mi centro peleando contra el mundo, escribió Ezra Pound, en uno de los últimos cantos, cuando ya se moría.

Creo que Ezra quiso decir que siempre se pierde, pero que eso no importa. Ezra fue un hombre activo, que vivió entre guerras, literarias y de las otras, siempre a cubierto de las bombas y en primera línea de las diatribas en revistas de pose. Murio muy viejo. Cansado. Después de la II Guerra Mundial lo encerraron en un manicomio por fascista. Seguramente era un optimista, Ezra, pero en sus últimos años parecía resignado. Los optimistas se agotan. Tantos días esperando.

Y una vez Bobby Fischer contestó: no creo en la psicología, solo en las buenas jugadas. Bobby Fischer era un pesimista convencido de que algún día sería campeón del mundo. También de que en el ajedrez no existe la suerte, y por eso nunca se molestó en esperarla. A Bobby le gustaba el dinero y salir con el peón de rey cuando jugaba con blancas. Y en las entrevistas se limitaba a soltar frases afiladas que encajaban con su ambición, como una estrella de rock en el plató de un late night: existen los jugadores duros y los buenos chicos, yo soy un jugador duro, explicaba, y harto de que le preguntaran si de verdad era un genio, unas veces decía que sí y otras veces sonreía con desdén.

Scott envenenó a Zelda y luego Zelda envenenó a Scott. Latidos, respiraciones, y esperar. Todos se fueron quemando, como vertederos secos. Si arder es inevitable, conviene aprender a hacer algo con la brasa y con las cenizas. El arte es un poco eso. Y  vivir puede que también.

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2 respuestas a Como un viejo vertedero seco

  1. Ari dijo:

    Me quedo con “El arte es un poco eso”. “Porque no es lo mismo que vivir honrar la vida”, dice una bella canción. Y apuesto a que está usted de acuerdo.
    Un saludo, y gracias por no dejar extinguir la brasa, a pesar de la des-esperanza.

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