El maestro Juan Martínez que estaba allí

russian revolutionAl maestro Juan Martínez, bailaor flamenco de Burgos, la I Guerra Mundial le cogió en Turquía. El maestro Juan Martínez cogió un barco con su esposa Soledad, porque los turcos pagaban bien y había que ganarse la vida. Aquello fue el comienzo de muchas historias. Se las contó años después al periodista Manuel Chaves Nogales, que andaba exiliado en París y decidió novelar su aventura, una de tantas, quizás porque vio un destello que conectaba a Martínez con el espíritu de su tiempo.

Martínez salió de Turquía con las maletas a medio hacer después de un altercado con un oficial alemán borracho. Pasó una temporada en Bulgaria y más tarde en Ucrania. Regresar a España era imposible y Martínez y Soledad terminaron estableciéndose en Rusia. Por todos aquellos países del confín de las Europas se buscó la vida bailando en teatros y cabarets.

En Rusia, en 1917, estallaron la revolución y la guerra civil, como estallan los fuegos artificiales: sin aviso y soltando chispas. El maestro Martínez tenía la poco envidiable cualidad de atraer sobre sí los acontecimientos históricos. Todo eso le pasó, y todo lo fue contando a través de Chaves Nogales, que escribió una suerte de memorias apócrifas en primera persona con lo que el viejo bailaor le fue relatando por las mesas de los bares del París de entreguerras.

El maestro Juan Martínez no era un experto en política internacional pero sabía una cosa: que la situación empieza a volverse insostenible cuando escasea el pan. Lo primero que hizo Martínez al llegar a Bulgaria, que aún no había declarado la guerra a nadie, fue aprovisionarse de hogazas de pan blanco ante la sonrisa ingenua de los búlgaros, que no sabían todavía la que se les venía encima. El pan es para Martínez como el canario enjaulado para los mineros antiguos: la señal convenida para echar a correr.

Son cosas de hombres que conocieron tiempos peores. Hubo quien nació en España en torno al 1900 y para cuando alcanzó a cumplir los 50 años había atravesado dos guerras mundiales y una guerra civil. Son tiempos que no volverán, habitados por personas que caminaban por las cosas con cierto garbo, saltando peligros por las esquinas, más pendientes de las balas que del futuro, y sin tiempo para recordar el pasado. Siempre habrá guerras, pero muy difícilmente volveremos a ver otro Auschwitz, otro Hiroshima, otro Dresde. Habrá otros horrores, pero serán nuevos. El ser humano aprende, aunque pueda parecer lo contrario. Hay ciertas piedras con las que nunca se tropieza dos veces.

Chaves Nogales tituló su libro con ese instinto de reportero que aconseja alejarse de los adjetivos y la poesía: El maestro Juan Martínez que estaba allí. Europa se hacía pedazos y los hombres se asesinaban, y el maestro Juan Martínez estaba allí, eso era lo importante. Hoy Europa ya no es aquella Europa. Las dos guerras laminaron el continente, que dejó de ocupar para siempre el centro del mapamundi y tuvo que rehacerse de nuevo a partir de sus cenizas, con respiración asistida y plan Marshall, para volver a alcanzar lentamente la paz. El rescoldo ya quema poco.

La Europa actual anda metida en otros jaleos y otras luchas. La hipótesis Martínez sigue siendo válida, sin embargo. El aumento drástico del precio del pan fue uno de los detonantes de las protestas ciudadanas que sacudieron Bulgaria a comienzos de año: tiene que ver con el descenso de los salarios, la pérdida de poder adquisitivo y todos esos hombres y mujeres que no tienen trabajo ninguno. Varias personas se quemaron a lo bonzo, desesperadas, en el invierno de varias ciudades búlgaras. Se empieza dejando de pagar la letra del coche, después la hipoteca, luego se sacrifican las medicinas. Todo menos el pan. Cuando no hay que comer, poco más pueden hacerte, poco más te puede pasar. Algo parecido ocurrió en Marruecos en 2007. Por eso el maestro Martínez tenía siempre puesto un ojo en las panaderías y otro en la calle.

Después está el viejo problema de siempre: cuando el Estado empieza a fallar y la desesperación corre por las calles nunca falta un idiota dispuesto a salvar a la patria.

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