Una canción de Leo Ferré

leo-ferreComo un Mijail Tal canoso y envejecido, con cara de haber fumado mucho y los pelos revueltos y una camisa transparente, las manos muertas a la altura de los bolsillos de un pantalón que no le quedaba bien, Leo Ferré se adelantaba despacio hacia el micrófono, como avergonzado de los aplausos, caminaba lentamente con un dedo en los labios, gesto de niño chico, y con ese rostro suyo como de corteza de tronco de árbol, la frente sudorosa, el cinturón conteniendo la barriga, la postura forzada y los dientes separados, empezaba a cantar. Míralo: un viejo ridículo, con todas las luces apuntando hacia él, un piano a la izquierda y las notas empiezan a despertarse, las notas como nudillos llamando a la puerta, que van dibujando una melodía que parece una tarde de lluvia. Viejo ridículo, córtate el pelo, cómprate ropa decente, ¿y quién eres tú para cantar esas cosas?

Todos aquellos muchachos de la chanson con sus pianillos, sus violines de fondo, sus acordeones, compitiendo para ver quién nos echaba la tarde a pique con más gracia. Tan años sesenta todos. Tan poca cosa sobre los escenarios, el Olympia y los otros, en ese París que ya no recordaba la guerra, entre las mesas del café y las mujeres que sonreían, miraban hacia el infinito, mis muchachos sobre el escenario, mi pobre Jacques Brel, mi Aznavour, mi Moustaki, que se murió el otro día, con una guitarra, la raya en el pelo, las barbas, las canas, cada quien con su copla y siempre una letra que mira hacia atrás, pura melancolía y a correr, ése es el truco: que el pasado siempre nos pone tristes.

Curtidos en cabarets de los de enseñar pierna, cantaban sobre el pelo mojado de las mujeres, sobre charcos y ramos de flores. Con ese idioma que no sirve para la guerra, iban despacio levantando melodías a pura voz. Y ponían caras, solos delante de todos, echaban mano a la mímica, conocían el repertorio entero de la virguería. Un poco actores, un poco cuentistas también, y qué bien que nos engañaban, nos hacían creer que todo era de verdad, que nos los habían roto y andaban desesperados, a punto de echarle mano a la gillette y llenar la bañera. Y siempre sabían donde poner los ojos, donde meter una nota más alta, donde romper un poquito la voz y colar en medio del verso una palabra más desgarrada que el resto.

Y Leo Ferré se iba acercando despacio al micrófono, viejo ridículo vestido de chuloputas. Empezaba: avec le temps… y luego ya se hacía el silencio, una vez que se apagaban los aplausos, tan franceses, luego ya se hacía el silencio y nos preguntábamos como sabía Leo Ferré todas esas cosas que iba cantando, y si algún día, dios no lo quiera, también tendríamos que saberlas nosotros. Aquella pequeña tragedia de gente que se quería y luego ya no. Con el tiempo todo se va, decía. Las chicas a las que buscábamos debajo de la lluvia, esas que apartaban la mirada – ¿cómo era? – bajo la sombra de ojos de un juramento maquillado. Todo eso cantaba el viejo L. con las manos a la altura de los bolsillos, las palmas vueltas hacia el vacío. Y parecía de verdad un hombre que lo había perdido todo. Con el tiempo todo se desvanece. Leo Ferré esbozaba una sonrisa de demonio sabio. Y arqueaba las cejas. Leo sabía que una tarde de sábado en el centro comercial era la antesala de la muerte. El alma a cambio de una miseria. Y esas frases que se dicen. Todo va bien. No vuelvas tarde a casa. No cojas frío.

Un hombre abandonado frente a la multitud, vestido como un fantoche. Y solo al final alzaba la voz. Porque solo después se descubre la estafa y hay que seguir viviendo a pesar de todo. Y uno se siente solo, pero tranquilo. Qué canción extraña, piensa uno cuando se apaga el piano y todo termina, y que hombrecito curioso. ¿No sería un genio? ¿No camina el genio por esa línea tan fina que separa lo ridículo de lo sublime? Si en vez de provocar risas y vergüenza ajena, nos partía en cuatro y nos dejaba mudos, ¿no sería que era un genio? Si tanto nos hacía polvo era porque Leo sabía cosas que no queríamos escuchar. Y cuando la canción terminaba nos quedábamos otra vez solos, con el pasado silbando y la tarde llena de preguntas.

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