Rojo y Negro

Rothko, Negro y RojoSe ha hablado mucho de Rojo y Negro durante los últimos ciento setenta y tres años. Julian Sorel, con su egocentrismo, su impolutez, sus amores raros y su fatalidad, ya se sabe que da para muchas tardes de café y de puro y de charla. Una cosa que se discute acerca de este libro estupendo, hay que leerlo, es el simbolismo exacto del título. Stendhal no se calentó mucho la cabeza: dos adjetivos y una conjunción copulativa. Y arranca. La interpretación mayoritaria se apoya en la profesión del chavalillo Sorel en cada una de las dos partes que sierran la obra: militar en la primera parte, y de ahí el rojo; seminarista en la segunda, y de ahí el negro. Le Rouge et le Noir es una novela de amor. Amor raro, pero amor, al cabo. También es, sobre todo, una historia acerca de la ambición. El chico Julien, hijo de un carpintero de provincias, aspira al gran mundo y la buena vida, y para ello pretende echar mano de las dos instituciones que, en el siglo XIX, permitían a un muerto de hambre ascender en la escala social: el Ejército y la Iglesia. Al muchacho primero le tientan las armas, por la gloria y los trajes bonitos, con sus charreteras, sus medallas, su caballito y su sable. Pero la carrera militar le dura poco, así que se aferra a su inteligencia, su cabecita loca y privilegiada para el estudio, hombre taciturno y silencioso, para entrar de la mano de un sacerdote bienintencionado en la Santa Madre y desde ahí, sin levantar sospechas, en las casas pudientes donde alzar con sigilo las enaguas de las señoras.

Julien Sorel es un Robespierre en potencia, domado a base de hostias y de destino. Fatalista, amargado, rencoroso, chulángano a ratos y tierno al final, cuando ya no le queda nada, solo la certeza última de su cuello dispuesto para la siega y, casi con estoicismo, dibuja sobre un lienzo imaginario un testamento existencialista.

Stendy tenía poca gracia para los argumentos. Nada grave, en realidad. Rojo y Negro está tomada al natural de la vida y de las páginas chungas de los periódicos. Antoine Berthet era el hijo de un menestral pobre. Como era inteligente y no carecía de encanto, se ganó la confianza del cura de su lugar y entró a trabajar como preceptor de los chavalillos de una familia burguesa. Se convirtió en amante de la mujer de la casa, la señora Michoud, y terminó muy pronto en la calle. De ahí se marchó Berthet al seminario y luego a otra casa de ricos, de donde salió otra vez camino al arroyo después de tener un lío con la hija de su patrón. Medio ido y cansado, se plantó una mañana en la iglesia y en mitad de la misa mató de un pistoletazo a la señora Michoud, primera y querida amante. Lo guillotinaron el 23 de febrero de 1828, a los veinticinco años de vida. Esa es, a grandes rasgos y cambiando los nombres y un poco el final, la historia que cuenta el tío Sten en su novelón de la maravilla. Solo que en manos de artista, el Berthet de la realidad anodina se convirtió en Julian Sorel y ya no murió nunca, porque esa gente de las historias que se siguen leyendo siglo y medio después está siempre viva, como los profetas que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

De verdad que no importa lo que quiso decir Stendhal con el título de su libro. Seguramente se la pelaba por tiempos, el título, y solo quería indagar y escarbar en la existencia de Antoine Berthet y el por qué de su crimen y su arrebato. Con delicadeza y con tiento fue trazando un mapa de la psicología humana que es, al final, el gran monumento, y lo que realmente ha permitido sobrevivir a Julien Sorel, a la madame Rênal, al marqués de La Mole y al resto de los corazoncillos que se pasean tomando el sol por las páginas como alamedas de otoño que fue desplegando Stendy. Debió de pensar, a grandes rasgos, que con dos adjetivos y una conjunción ya sobraba, porque lo importante está dentro, y en el teatro lo que la gente quiere es que se suba el telón y empiecen los gritos.

Se habla también, porque la literatura sirve para seguir hablando, de las pequeñas citas que encabezan cada capítulo. Y aunque Stendhal las atribuye a gente con apellido y con nombre – Lord Byron, Shakespeare, Mozart, Bergolotti – se sabe ya a estas alturas que la gran mayoría se las inventó, y con posterioridad les buscó padre. No saben tocar el corazón si no es magullándolo, dice, por ejemplo, la que encabeza el capítulo 7 de la primera parte. A veces tienen que ver con el contenido y otras no, las citas de Stendhal, que son como un juego, otro más, de todos los que fue escondiendo en su libro. Una novela: es un espejo que se pasea a lo largo de un camino, dice la más famosa de todas, que figura en tantos manuales de teoría literaria y que tantas veces se ha utilizado para enseñar lo qué es el realismo. Ésta se la atribuyó Stendhal a un tal Saint Real, pero intuimos que es suya. Los más sagrados juramentos son paja para el fuego de la sangre: ésta la agarró de Shak en La tempestad y la prendió al comienzo de un capítulo hacia la mitad de la primera parte; serviría como marco de la tragedia si Rojo y Negro fuera un cuadro y Julien un héroe griego en un cruce de caminos en ruta hacia Tebas.

Luego está, en fin, el encuadre. Que es la suma del escenario y el punto de vista elegido para mirar. La Francia de los años 20 del XIX, curada de espantos imperialistas, dividida por el recuerdo de Napoleón, ¿qué era? Un hervidero de jóvenes chanchulleros que soñaban con llegar a héroes. La generación de Julien, que no había participado de la gloria, envidiaba sin ocultarlo a quienes habían conseguido, a fuerza de valentía y de matar, dejar su nombre escrito en la historia. De cabo a emperador y de la nada a los cielos. Ese sentimiento de clase, de chico del arrabal, está muy metido por dentro de la piel de Sorel, que solo quiere morder, y que cuando ama a las señoras en sus casas lujosas no puede dejar de lado el dolor que arrastran consigo los que nacen desamparados. A eso se reduce la vida: a nacer y en dónde. Hay quien se puede permitir esperar a la muerte. Y hay quien tiene que salir a buscarla.

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