Pobre Chet Baker

Chet BakerDonde se termina el hombre comienza el mito. Se cuenta que Chet Baker exclamó ¿qué he hecho? justo después de arrojarse desde la ventana de un hotel de Amsterdam. Seguramente es mentira. Chet Baker era guapo, rubio, tenía, me parece, los ojos azules. Y fama y dinero y talento. Las mujeres lo perseguían. Eran los años 50, trajes, sombrero, gomina. Chet era una estrella con el rostro aniñado. Chet le daba a la heroína. Vida de jazzman. Hizo giras por Europa. Se metió en peleas. Con una trompeta se transformaba. Entraba y salía de la cárcel. Dicen que en Italia las muchachas se acercaban a las rejas de su celda para escucharlo cantar por las tardes.

La belleza se manifiesta a través de caminos extraños. Chet Baker poseía la capacidad de conjurar la belleza y domarla. Definirlo es difícil. No hay duda de que era un gran trompetista. Su voz era monocorde, pegajosa, cantaba en susurros. Todo muy pausado. Así, despacio y como sin pretenderlo, agujereaba los corazones. Es díficil oír a Chet Baker y olvidarlo después. Transmitía calidez y ternura. Era un romántico minimalista que se aplicó a versionar los estándares del jazz y de la canción ligera. Todo lo que hacía tenía irremediablemente un aire melancólico y triste. Como si toda la pena del mundo fluyera a través de su cuerpo y le saliera por la garganta y por los pulmones.

El esplendor en la yerba duró lo que duraron los años 50. Chet Baker se gastó rápidamente. La droga, la dejadez. Es probable que fuera del escenario nunca estuviera a la altura de su carita de niño bueno. Mujeres, divorcios, hijos desatendidos. Y todo el malditismo. Los adictos no son divertidos. A Chet la música le empezó a sudar tres pollas. En el 66 le pegaron una paliza y le saltaron todos los dientes de arriba. Malo para un trompetista. Dejó de grabar y de tocar en directo. Llegaron los años del ostracismo. Ya no era joven ni guapo, tan solo un yonqui mellado.

Volvió años después, delgado como un maniquí, prematuramente viejo. Los colegas le pagaron una dentadura postiza. Se agarró a la metadona para volver a grabar y girar. La gente iba a verlo con el morbo secreto de quien contempla a un ángel caído en desgracia. Arrugado, ojeroso, cansado. La carne de las mejillas pegada al hueso. El pobre Chet Baker. Que para crear belleza quemó su belleza. Y alimentó el fuego con su carne, como un fogonero loco.

Hay hombres que no sirven para vivir. Que son una lenta agonía. El 13 de mayo de 1988, el hotel en Amsterdam: la ventana, las cortinas meciéndose con el aire agitado por el cuerpo al caer. El lunes se cumplen 25 años de aquello. Nadie sabe si se suicidó o si sencillamente tropezó porque iba hasta arriba de speedball. Todavía conservaba la capacidad de cantar como un niño asustado.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Arte, Canciones y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Pobre Chet Baker

  1. Siempre me ha fascinado su música.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s