Grandes obras de la Literatura Universal en un cuarto de hora: El Compromiso

DovlatovEl autor: Sergéi Dovlátov
Dovla nació en Ufá en 1941, cuando todo era Segunda Guerra Mundial y los peligros le caían a uno del cielo. Eso y el hambre. La familia huía y Dovla huía también, dentro de su madre, sin saberlo todavía, porque hay gente que llega, parece ser, con el carácter impreso en la frente. De Sergéi sabemos lo que él nos fue contando en sus obras: que era grande, borracho, indolente. Un sentido del humor fino. Durante los tres años del servicio militar obligatorio fue destinado como vigilante en diversos campos de prisioneros. Ahí aprendió que las rejas están por todos sitios, y que a veces no se ven. Se ganó la vida como pudo, enhebrando oficios, juntando unos rublos para vodka y un piso comunal. Ejerció el periodismo y se la pasó, media vida, entre Tallin, Estonia, y San Petesburgo, aka Leningrado, ciudad de los zares y las noches blancas. Admiraba a Chéjov. Salió de la URSS en el 78 y se estableció en Nueva York. En los USA consiguió publicar sus obras. La existencia que le perteneció es una de esas que solo se ven completas mirando desde la muerte hacia atrás, con la perspectiva del escritor de novelas, que conoce el final de antemano. Nada se entiende sin ese exilio forzoso desde donde Dovla escribe acerca de la vida soviética con ironía y desapego. Sus libros están escritos desde el otro lado del espejo. Los recuerdos son la argamasa. La memoria es lo que queda cuando todo se hace viejo y se gasta. La vida le duró a Dovlatov 48 años. El 24 de agosto de 1990 se le hizo trozos el corazón mientras caminaba por la calle. Se marchó en una ambulancia camino del hospital, acompañado por dos enfermeros puertorriqueños que lo escoltaron a voces hacia la muerte.

La historia
El Compromiso es como el café en los bares después de comer: una excusa para sentarse en una mesa con los amigos de siempre y charlar de los viejos tiempos. Y Sergéi enciende un cigarro, se echa hacia atrás en la silla y nos cuenta. Que durante unos años fue periodista en Tallin. Que conserva todavía los recuerdos y los recortes. Talentoso para el breve de sociedad, diestro con la botella de vodka y perezoso con las consignas del Partido. A partir de las pequeñas notas que conseguía colar en el periódico, Dovlatov reconstruye las circunstancias y trae de vuelta a los personajes que protagonizaron sus exclusivas. Solo eso.

Mi Dovlátov era un boxeador con estilo. Sus páginas contienen baile, juego de piernas y puñetazos. Y nunca gastar diez palabras si puede contarse con cinco. Y así van saliendo despacio del papel gentes de diverso pelaje, más vivos que tu vecino de abajo, que saca el perro por las tardes y nunca saluda. Mi Dov tiene el talento para poner en pie a un hombre con una frase. El Compromiso está hecho de largos diálogos teatrales…

– Vaya a la maternidad. Espere al primer nacimiento. Apunte los parámetros. Entreviste a la feliz pareja; y al médico. Haga fotografías, claro. El reportaje se publicará en el número especial del Aniversario. La paga, detalle que sin duda no le parecerá irrelevante, es doble.
– Haber empezado por ahí.
– El mercantilismo es uno de los rasgos más desagradables de su personalidad – dijo Turonok.
– Deudas – dije – El divorcio.
– Bebe demasiado.
– Cosas que pasan.

…descripciones psicológicas afiladas y el contexto justo para que el lector no termine de perder el hilo. En realidad la historia no importa. El libro no tiene argumento. ¿Y para qué? Tampoco tiene argumento la vida. Y El Compromiso, como todo Dovlátov, es eso y ya está: la vida. Risas, amargura y absurdo. Súbete al coche, vete de juerga con gente extraña, amanece en un sofá viejo. No busques significados porque solo hay una cosa segura: que luego te mueres.

Lo que hace Dovlátov es escarbar buscando la anécdota: la vez aquella en que escribió sobre un congreso científico y tuvo que cambiar el orden de los países participantes porque según su baranda el alfabeto resultaba contraproducente y reaccionario, un viaje a la Estonia rural en compañía de un fotógrafo alcohólico, el entierro del director de la tele local, retransmitido en directo y con el muerto cambiado… Una vez que tiene la anécdota, Dovlátov la va despojando de todo lo superfluo hasta dejarla desnuda y convertida en metáfora. Ahí reside todo: las historias que cuenta el chache D. tienen la capacidad de convertirse en espejos. Son pequeñas llamas que arden y nos alumbran un poco en la oscuridad de la condición humana.

Dovlátov escribió poco. Era vago, borracho. Sus libros son cortos, y no todos están traducidos. Al español se han volcado – además de El Compromiso –,  La maleta, La Zona, La Extranjera y Los Nuestros.  Eso quiere decir que hay poco Dovlátov. Sergéi es como un mineral precioso. Algún día se terminará. Es pena que la muerte lo agarrara temprano. Dovla pertenece a una estirpe, la de Faulkner, Céline, Fante, César Vallejo: hombres que – cada quien en su casa con su dolor – encontraron una manera de escribir única, que solo les pertenece a ellos. Es triste, y a la vez lo es todo: nadie escribe como Dovlátov. Hay que leerlo con cuidado. Porque hay poco, y cuando se acaba no hay más.

Su sarcasmo es un arma. Su aparente indiferencia, una barrera de contención entre la memoria y todas las cosas que un día le dolieron. Era un pesimista que adoraba la vida. Un juerguista metafísico. Un extranjero cada vez que salía de sí mismo y un perdedor elegante. Su obra es una de las grandes maravillas del siglo XX.

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