El dilema de Gedeón

Di StefanoEscribo de memoria y de carrerilla, pero más o menos la cosa iba de que Gedeón estaba en el campo roturando la tierra y esperándola florecer, cuando de repente las nubes se abrieron y el cielo dijo: soy Dios y vengo a guiarte contra los filisteos, algo así, con ese lenguaje tan suyo que los que escribieron la Biblia le ponen a Dios, y Gedeón se quedó pensativo, escuchando y mirando el prodigio. En lugar de caer boca a tierra hizo algo mucho más inteligente: pidió pruebas. Inciso: hablamos de un israelita de los años de plomo previos a la monarquía que, no sólo no se arredra ante semejante arpegio tonante de voz, sino que encima se le pone flamenco al Todopoderoso en persona. Seguimos: Dios, que no se esperaba algo así, envía a un ángel, que medió convence a G. para que organice un ejército y marche contra el enemigo. Pero la víspera de la batalla Gedeón vuelve a encararse con Dios y le pide un milagro, una cosa sencilla, de prueba, para disipar las dudas que aún tiene acerca de la viabilidad de la cosa. Dios obra el milagro. ¿Y qué hace Gedeón a continuación? Obviamente, pedir un segundo milagro. ¿Cuál es la enseñanza que sacamos de esta edificante historia? ¿Y tanta introducción para qué baile?

Me diréis: le ha dado por los cuentos bibliosos, al muchacho. Es una cuestión de fútbol. Yo una vez cuando era chico me hice del Madrid y con ello voy por la vida: se pueden cambiar todas las chaquetas con el paso del tiempo, todas menos una, que es la que lleva el escudo de tu equipo: esa va por debajo hasta el final. Todos dirán algo parecido, solo que esto es verdad: ser del Real Madrid convierte el fútbol en una cuestión religiosa.

Todas las aficiones tienen una imagen de sí mismas y de su equipo. Hay de todo: existencialistas, fatalistas, arrogantes, elegantes… El Real Madrid es algo así como el Israel de la Biblia: se considera, nos consideramos, el pueblo elegido de Dios. El Madrid es puro Deuteronomio. Sentimos que la historia nos pertenece y que todo lo demás es un simple decorado. Llámalo soberbia y te quedarás corto.

Por eso más allá de la vergüenza ajena por la pobreza del juego, el miércoles pasado después de lo de Dortmund, quién más quién menos, siquiera en una esquina de la cabeza andaba pensando: el martes ya se verá. Eso no lo piensa uno del ManUnited, del FBC o del Liverpool. Claro que en esos equipos habrá optimistas y hombres joviales, pero no existe el  convencimiento de tribu. Es completamente irracional. Carece de lógica: un 4-1 se remonta una vez cada veinte años. Lo sabemos. Pero no podemos evitar el impulso. De alguna manera sentimos que todo es posible porque Dios, es decir, el Fútbol, es nuestro y está de nuestra parte. 

Es el folclore colectivo, el cuento de viejos, la tradición, el rito de sábado y las palabras lo que nos obliga a creer. Las cinco Copas de Europa ganadas en fila tras las fintas de Di Stefano, las remontadas ochenteras, la volea de Zidane, los siete goles al Eintrach de Frankfurt, los vídeos de Juanito pegando saltos de camino al cambio en la línea de cal, la liga de Capello y el resto de los imposibles que acabaron siendo verdad. Hemos caminado junto a Moisés. Hemos visto. Y lo que no hemos visto nos lo han contado, ¿cómo escapar de eso? Poco a poco y con el tiempo hemos ido enhebrando cada uno de esos momentos a una narración que ha terminado por convertirse en un mito.

Gedeón formaba parte de una generación de israelitas integrada por los descendientes tardíos de aquellos que cruzaron el desierto con Moisés. Esos hombres y mujeres que vagaron durante cuatro décadas por la arena comiendo maná no dudaban de Dios porque, al fin y al cabo, Dios himslef les guiaba a través del destierro en forma de columna de humo y de fuego. Les puteaba, les consolaba, les daba agua y, si la cosa se ponía mal, les exterminaba un poquito. Salían de la tienda, miraban y allí estaba Dios. La generación de Gedeón, en cambio, no ha vivido nada de eso. Les han hablado de Dios así por encima. Dios, para Gedeón y el resto de los chavales, es cosa de viejos: una historia amarrada a la tradición, folclore, rito de sábado, palabras. Por eso G. sospecha. Y exige pruebas. Señales.

Finalmente, que c’est que c’est? Con el Madrid todo se reduce a la fe. Y la fe es problemática. Aquí estamos, esperando que llegue el partido. Se nos abren los cielos y claman: ¿Qué son tres goles en una semifinal? Y nos vuelven a crucificar otra vez delante de los ojos el mito. Toda la épica, todas las remontadas, todo Dios, algo hemos oído contar a los más mayores. De reojo hemos visto algo, intuimos: ya se fueron los tiempos mosaicos, la seguridad inquebrantable se ha ido apagando, ceniza mojada, y solo nos queda la fe. En resumen: contarnos el cuento otra vez. De momento, Pepe no juega, Arbeloa sigue lesionado y una niña ha nacido en Cibeles. Con menos se convenció Gedeón.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Deporte, Desastres y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s