Odiseos y Simbades

Odiseo y las sirenasTenemos a Odiseo, que después se llamó Ulises y antes se había llamado Nadie para ocultarse de las preguntas de Polifemo. Los árabes tienen a Simbad, que sobre una cáscara de nuez también le peinó las olas al mar. Y ahora no me vienen nombres ni ganas, pero en las habitaciones más alejadas de la literatura oriental y en las primeras tablas de barro sumerias debe de haber también un hombre extraviado navegando hacia tierra extraña.

Así que al principio es el mar. Eso ya lo dijeron los biólogos que alumbraron la teoría de la sopa primitiva, el Oparin aquel de mis años de cuarto de la ESO en cabeza: del agua salió, la vida entera. Y uno, que nació en el secano, el mar lo vio por las fotos primero y a ratos después, entre dos edificios subido en un autobús; uno, que de marinería y de barcos sabe lo que salía en Moby Dick, arriad las cangrejas y niño, a la cofia y vigiame bien esas masas saladas, uno aún así sabe que el vértigo delante del agua sin fin va metido entre la sangre y que es ese salto que da el corazón delante del mar el que hizo a los hombres viajar. Siempre hay ahí, en el cordón umbilical de la humanidad, un barco que parte.

Hubo una tarde hace mucho en la que una manada que ya caminaba de pie pegó el salto y se cruzó sin saberlo del África del amanecer a las Europas y las Asias del mediodía. Eso lo vio el sol. Y los siglos caminando llegaron a Alejandro, que se subió a un caballo y con un ejército hambriento a la espalda marchó decidido hacia el Oriente, buscando el Indo, los ríos de barro y las vegas más allá de los desiertos donde después se escondió Samarkanda. Era fino Álex, y murió joven. Supo poco de barcos y de tocar el piano. Y Julio cruzando hacia Roma. Octavio y Antonio en Actium: después de aquello Cleopatra se abrazó a la serpiente. La HBO hizo una serie y una escena que era como una herida abierta: Marco A. se ponía en pie con el rímel corrido y se dejaba caer sobre la espada, diciendo: dile al pueblo que muero bien, que muero como un romano. Y esos muchachos rubios que subieron al Apolo y desembarcaron en la luna: ¿no era aquello un velero y la distancia un océano oscuro? Cuando Rubén Darío llegó al final en Nicaragua, después de una vida entera bebiendo, con el hígado como un réquiem y las arañas subiéndole por los brazos, ¿no era aquello también un puerto?

Hay siempre al principio de todas las grandes historias alguien que se marcha buscando algo que a veces desconoce y otras veces desea, y hay siempre después alguien que lo cuenta. Por eso las literaturas empiezan siempre con un barco que zarpa.

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