La Décima y yo

Robert LewandowskiLo de ayer por la noche no fue agradable. Sin llegar a los extremos de crueldad del año pasado, cuando el Bayern nos dejó fuera en semifinales después de aquella tanda de penaltis en la que Casillas detuvo dos lanzamientos solo para ver como Cristiano, primero, Kaká, después, y Sergio Ramos, finalmente y con todos los chistes del mundo detrás, dejaban otra vez al equipo a las puertas de la final de la Copa de Europa y a mí con los ojos así de abiertos y sin poder hablar en diez minutos, lo de ayer, con todo y con eso, fue una putada. Uno, en su inocencia, esperaba que el Dortmund – un equipo con el espinazo lleno de futbolistas talentosos pero jóvenes y sin experiencia en partidos que se juegan a ras de las nubes – acusaría la presión y la falta de oxígeno. Uno pensaba incluso que el Madrid haría valer por una vez todo el cuento ese que nos han contado tantas veces de la épica y las noches grandes. Uno puede llegar a ser muy tonto, y es comprensible: cuando hay fútbol de por medio los argumentos racionales no sirven. Uno puede llegar a creer en los farios, el vudú y, en última instancia, hasta en las portadas del Marca.

Así que te plantas delante de la tele convencido de un cero a dos, qué menos, porque después de todo el equipo parece en forma, la defensa es sólida, los chicos están concentrados, gente como Cristiano y Özil no deslucirían ante cualquier camiseta histórica, los delanteros son competentes y el partido de vuelta se juega en casa. Incluso Mourinho parecía más tranquilo de lo habitual. En resumen: ¿qué podía salir mal?

Salió mal todo, claro. Fue como un partido entre profesionales y juveniles. El Dortmund se plantó en el campo con las ideas claras, bien posicionado atrás y con la estrategia tatuada entre ceja y ceja: presionar arriba como locos, dejar a Pepe la responsabilidad de sacar el balón tapando a Xabi y a Varane, asfixiar a Modric, enjaular a Cristiano y a Özil, convertir a Higuaín en un náufrago y lanzarse a la blitzkrieg a la mínima ocasión. Un balón perdido era una declaración de guerra. Reus y Götze se encargaban de romper las hostilidades. De lo demás se ocupaba Lewandowski, un delantero polaco capaz de jugar con la agilidad de un caza de la Luftwaffe y la potencia de un carro de combate. Perdón por las metáforas bélicas nazis, pero en momentos así salen solas. El caso es que el chico es bueno. Metió cuatro goles, se aseguró las portadas de todos los periódicos de Europa y a mí me dejó hundido en la silla con cara de gilipollas.

Eso fue lo que ocurrió, a brocha gorda. Un 4-1 y a casa. El Madrid se quedará por tercer año consecutivo en semifinales, mirando otra vez  por el ojo de la cerradura y con la Décima en stock hasta nuevo aviso. La Décima. Eso es lo que duele. Desde que en el año 2002 – volea de Zidane, Bayer Leverkussen, Glasgow – el Madrid ganara la copa de Europa por novena vez, todo el mundo habla de la Décima. Al día siguiente, con los jugadores dando vueltas por Recoletos en un autobús descubierto, ya se hablaba de la Décima. Un hito histórico: ningún otro club aspira a alcanzar esa cifra redonda. El siguiente en la lista por número de trofeos es el Milan, con siete. El Madrid tiene nueve. La décima. Ahí mismo, tan cerca, tan lejos. Su puta madre. Con la Décima.

La prensa afín lleva diez años vendiendo la Décima, valga la redundancia. Los aficionados llevamos diez años esperando que venga. Con nuestro ramo de flores, bien arreglados, en una esquina, con el corazón expectante. Solo que la Décima no llega, se pone a llover y el ramo de flores acaba tirado en un charco. A lo largo de estos años la Décima nos la ha alejado el Arsenal, la Roma, el Olympique de Lyon, el Barcelona y sigue contando. El año pasado parecía que sí, que ya era, pero vino la tanda de penaltis, el llanto y el crujir de dientes. Yo, a título personal, estoy ya hasta la mismísima polla de la Décima. El día que la ganemos, por estadística, por dinero o por puro cachondeo celestial, no celebraré nada: me limitaré a tachar a la Décima de mi lista de enemigos y me pondré a esperar a la Undécima. Porque el fútbol no tiene fin.

Esta semana se hablará mucho de las remontadas, del miedo escénico, del espíritu de Juanito. Se recordarán las noches ochenteras en las que el Madrid conseguía darle la vuelta a resultados imposibles con un fútbol de vértigo que rozaba la psicopatía. Yo soy joven pero he oído hablar del tema. Los propios protagonistas, gente como Sanchís, Hugo Sánchez, Gordillo o Camacho lo han explicado muchas veces: la táctica era amedrentar al rival desde el minuto uno e incluía, entre otras cosas, lanzar el primer tiro a puerta, hacer la primera falta, protestar al árbitro nada más comenzar el encuentro y gritar mucho en el túnel de vestuarios mientras los yugoslavos o los belgas o los italianos de turno se preguntaban qué les pasaba a esos hombres a los que les habían metido cuatro en el partido de ida y por qué parecían tan seguros de sí mismos.

Eso no va a pasar esta vez, por mucho que chillen las portadas de los periódicos con fotos a todo color y titulares en cuerpo 45. Aunque aparezcan en rueda de prensa, desfilando cual modelos en pasarela – ¿veis? sin metáforas bélicas – los capitanes y hombres fuertes de la plantilla intentando convencer a la afición del milagro. No ocurrirá porque las remontadas exigen fuertes dosis de locura y peligro, algo ajeno a Mourinho, un entrenador al que no se le puede negar cierta eficacia,  pero que carece del más mínimo sentido de la grandeza. Por eso y porque, siendo serios, el Madrid no ha hecho gran cosa en Europa este año: en la fase de grupos, contra el mismo Dortmund que ayer nos atormentó, perdió un partido y empató otro. Ganó in extremis al Manchester City, contra el que después empató también en el filo cuchillero del descuento. Volvió a empatar con el United y pasó la eliminatoria gracias a una victoria sin brillo en Old Trafford: perdía 0-1 y remontó cuando los locales se quedaron con diez. En cuartos de final ganó 3-0 al Galatasaray y perdió 3 a 2 en la vuelta después de una pájara memorable. Muy muy poca cosa.

Lo que nos queda ahora que parece que la Décima no va venir tampoco este año es recoger nuestra dignidad y volver a casa. Cuando el partido se acaba dejamos de ser niños otra vez. El año deportivo termina en junio. Jugaremos la final de Copa. Llegará el verano. Abriremos el periódico buscando fichajes. Vendrá el otoño. Volverá el frío. Aguantaremos la fase de grupos con estoicismo. Y en primavera volveremos a jugar a doble partido a la caza de la final. Y de la Décima, ese animal mitológico. Con suerte tendremos un entrenador nuevo. Volveremos a ilusionarnos y a quemarnos los dedos mandando wassaps a los amigos que sufren como nosotros, lejos, pendientes de la misma pelota, hermanos durante noventa minutos por culpa de una decisión que ya ni siquiera recordamos. El día que te haces de un equipo de fútbol te dejas crucificar un poco.

Escribo esto un jueves, con el humo del incendio de ayer todavía en el recuerdo. Lo peor de todo es que a medida que pasen los días – el viernes, el sábado, el domingo, el fin de semana, la resaca y después el lunes – cuando amanezca el martes mi cerebro habrá ido sufriendo despacio pero seguro y firme la extraña transformación de adulto a chicuelo, y a las ocho y media de la tarde me plantaré delante de la tele con el corazón asustado, totalmente convencido de que un 3-0 en casa no es nada del otro mundo y de que la Décima está ahí, más segura que nunca, esperando a que alargue la mano para cogerla. Dios nos asista.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Deporte y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s