El genio a ratos

Herman MelvilleEste artículo o lo que sea no va a salir bien, porque me he quedado sin tabaco, y para escribir hace falta algo, un cigarro, por ejemplo, que te saque de las palabras de cuando en cuando. Ese momento valioso que te permite volver hacia atrás, releer, comprobar la música y, en caso de emergencia, bufar y meter la tijera. Yo eso lo aprendí un poco de Céline, que en el Guignol’s Band era capaz de pasarse cien páginas describiendo una semiorgía de baile y de vino en un cabaret como el Apocalipsis. Cien páginas. Todo a base de acordes y de puntos suspensivos. De esta manera, mi franchute sonado conseguía levantar la emoción de la nada. Porque solo hace falta una frase lo bastante certera, perdida entre la neblina de tanta perorata, para poner la página en pie y acercarla a los corazones, cuando uno se sabe el truco. En Muerte a crédito Bardamu camina por una calle y entonces: ¡Deténlos…, no dejes que puedan moverse…! ¡Ahí mismo, congélalos… de una vez para siempre…! ¡Así no desaparecerán!. ¿Veis lo que quiero decir?

Eso también lo sabía William Faulkner. En ¡Absalón, Absalón! había frases que podían extenderse a lo largo de una página entera, a fuerza de comas, puntos y comas, paréntesis, conjunciones y subordinadas de relativo. He ahí el estilo. Lo que hacía Faulk – y aquí lo imagino con su pipa de brezo mirando el papel mientras más allá del porche las plantas de algodón se esforzaban por alcanzar un pedazo del sol recién amanecido – era asfixiarte lo justo; después te sacaba la cabeza del pozo, cuando empezabas a ahogarte. Hay un capítulo en Absalón que literalmente casi me mata. Estaba leyendo y la cabeza me daba vueltas. Es ése en el que Thomas Sutpen, espoiler, va hacia la casa de Wash Jones con un cuchillo, y todo eran palabras, que en realidad eran piedras, balas, puñetazos, tenía taquicardias, mientras iba avanzando a través de la telaraña, luchando contras las frases, Wash Jones tenía un arma, sonaba un disparo, dentro de la cabaña había dos niñas, espoiler, una adolescente y una recién nacida, William Faulkner quería matarme, era una tarde, y yo estaba solo, y leía, empecé a marearme, los hombres del sheriff de Yoknapatawpha se fueron concentrando a la puerta de la cabaña, y había un riachuelo y yo me asfixiaba, llegó un momento en el que ya no podía respirar, el corazón un pumpumpumpum que no se paraba, me temblaban las manos, y luego William describía como los huesos crujían mientras el cuchillo segaba un cuello desde la laringe a la nuca. El capítulo terminó y yo me quedé mirando por la ventana. Y nunca me ha vuelto a pasar algo así con un libro.

Y no, no se puede ser siempre un genio. Céline escribió libros malos. Y Faulkner se pasó una década entera con los relatos, alcoholizado y medio ido, mientras firmaba guiones en Hollywood. Y después de Absalón ya no volvió a ser el mismo. Creo que los dos se vaciaron. Céline después del Viaje. Mi William después de sacarse de dentro la genealogía satánica de los Sutpen de Jefferson, Mississippi. También se vació Herman Melville cuando escribió Moby Dick. Después de una cosa así, ¿qué te queda? El silencio. De Herman aparte de la ballena nos sobrevivieron unos cuantos cuentos de marineros – Billy Budd, Benito Cereno – y la historia del burócrata Bartleby que en pleno New York decimonónico profetizaba a Franz Kafka. Franz K, que primero mató a la literatura y después la resucitó. También escribió libros malos, mi Franz, aunque hay que decir, en su descargo y en nuestra culpa, que él siempre quiso quemarlos.

Es cuestión de darle un repaso a las viejas bibliografías. Ahí están. Me gusta ir a las bibliotecas, donde por lo general tienen colocados todos los libros de los chicos en fila. Los voy remirando. Y sé que no todos son buenos. Pero sé que lo hicieron bien. Y hasta los peores contienen residuos de genio cuando el escritor es lo bastante grande. Sé que se murieron un poco escribiendo tantas palabras, poniendo de pie y cincelando hombres y mujeres y lugares que nunca existieron y que hablaban por dentro de ellos. Nos dejaron oírlos, que Dios los bendiga. Creo que de alguna manera inclinada y oblicua los libros malos dicen más de quienes los escribieron que los libros buenos, porque el armazón está más a la vista y porque se ve más de un hombre en sus derrotas que en sus victorias. Y sé también que no hay que fiarse de los escritores que nunca escribieron un libro malo, porque nunca se vaciaron del todo.

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