Grandes losers de la Historia de España: Vasco Nuñez de Balboa

Nuñez de BalboaLo que cuento aquí yo lo cuenta mejor Zweig en los Momentos estelares de la humanidad, solo que yo lo resumo y lo cuento de gratis. La historia comienza con un baúl y con un perro. El perro se llamaba Leoncico, el nombre del baúl, si lo hubiera, lo silencian los anales. Estamos en el año 1509. Han pasado casi dos décadas desde que Colón, con su Pinta, su Niña y su Santa María, llegara a las costas de América, clavara allí sus banderas y tomara posesión de la tierra en el nombre de Castilla y olé. Desde entonces, todo ha sido un no parar de hombres cruzando el océano en ruta hacia las llamadas Indias. Lo mejor de cada casa. Cervantes lo contaba muy bien, con esa prosa suya que medio se ahogaba y después salía a flote reluciendo como quien se sumerge en el mar y aparece de pronto con una perla como el puño en la mano y una sonrisa cachonda en los labios: Viéndose, pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el de pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de jugadores (a quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos. Aquel era el percal y así lo contaba Miguelito en El celoso extremeño. Los que marchaban al otro lado del agua buscaban la vida fácil, la aventura y sobrevivir a la muerte para encontrar el oro y con suerte el regazo moreno de las indígenas; volver, con los años, ricos e hidalgos, poner casa y hacienda y hacer carne el sueño del que nada tiene ya que perder.

Era 1509, y por la cubierta se daba paseos un perro grande y extraño. El barco acaba de partir del puerto de La Española, esa isla que hoy está partida en dos por una frontera que separa la República Dominicana de Haití, camino a Castilla del Oro, topónimo quizás pretencioso, una colonia fundada en el continente, cerca del estrecho de Panamá, en donde Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa empiezan a pasarlas putas frente al acoso de la población local. Al mando de la expedición se encuentra Martín Fernández de Enciso. La nave se aleja despacio. El perro da vueltas. Los marineros están a lo suyo. Es entonces cuando el barril se abre al descuido dejando salir a un hombre de su oquedad. Se llama Vasco Nuñez de Balboa y ha embarcado como polizón para huir de los acreedores que lo acosan en La Española.

Parece un hombre como otro más, pero no lo es. Cuando Fernández de Enciso lo amenaza con dejarlo varado en la primera isla que se topen, Nuñez se las arregla para camelarse al boss asegurando que años atrás ha explorado el continente y conoce el terreno y a los jefes indígenas. Y el barco sigue camino. Una mañana, una tarde, un mediodía, qué más da, topan con un bergantín en dirección contraria: es Francisco Pizarro, todavía un nombre entre tantos, que les informa de que en Castilla del Oro no queda nada. Los hombres han abandonado las colonias, ellos son los únicos supervivientes. Fernández de Enciso lo tiene claro: media vuelta. La misión de auxilio ya no tiene sentido porque en tierra firme no queda nadie a quien auxiliar. Nuñez de Balboa no lo tienen tan claro: volver significa regresar a la miseria y a recorrer con tiento las esquinas burlando enemigos. Y entonces Nuñez de Balboa demuestra por primera vez qué clase de hombre es: se pone frente a la tripulación, les cuentas historias fabulosas de ríos que cargan oro, les insta a continuar viaje y a jugarse el destino a los dados. Un instante después todos están de su parte. Nuñez de Balboa se convierte de facto en el capitán del barco y en el líder espiritual de la expedición.

En tierra todo se emborrona y yo me voy quedando sin espacio. Resumiendo: fundan una nueva ciudad, Santa María la Antigua del Darién, se dan de hostias con los indígenas en batallejas que se resuelven por el viejo método del arcabuzazo frente a las flechas y Nuñez de Balboa se hace con el corazón de los hombres. El burócrata Fernández de Enciso se va empequeñeciendo hasta que finalmente Nuñez lo destituye y lo mete en un barco de vuelta a España. A ojos de la metrópoli se ha convertido en un traidor y un rebelde. Pero tiene a un centenar de hombres que lo veneran y un recurso: el oro. En España los reyes esperan la riqueza del Nuevo Mundo y Nuñez de Balboa sabe que no hay delito, ni siquiera la traición, que no se borre con unos cuantos barcos cargados de minerales brillantes.

Nuestro hombre sabe también una cosa: Fernández de Enciso volverá con una orden firmada y un par de barcos llenos de hombres para detenerlo y subirlo al cadalso. Tiene un par de meses para encontrar el Dorado que redima sus culpas ante la justicia. Y se pone a ello. Confraterniza con los indígenas. Le cuentan que al otro lado de las montañas hay un lugar donde los ríos fluyen cargados de oro y de perlas. Nuñez de Balboa redacta una carta explicando su hallazgo en la que pide a los reyes un millar de hombres para acometer la conquista, la pone en camino hacia España y acto seguido arenga a sus hombres y pone en marcha la expedición, sin esperar respuesta.

Lo que ocurrió después está en los libros de historia, de donde nunca será borrado. Un centenar de hombres atraviesa lentamente la jungla del estrecho de Panamá. Ascienden a través de las montañas. Cuando divisan la cima, Nuñez de Balboa detiene a los hombres. Quiere ser el primero en llegar arriba. Amanece y Vasco Nuñez de Balboa sube a solas por un camino que no existe, porque son sus botas las que lo van abriendo con cada paso. Cuando llega arriba, mira. Eso que se ve es una extensión azul de agua, hermosa, sin fin, eso que se ve es algo que ningún europeo ha contemplado jamás, un mundo nuevo, las olas, la orilla, el ruido como un ronroneo, una música fresca. Es el océano Pacífico y Nuñez de Balboa acaba de descubrirlo. Lo llamará el Mar del Sur.

Luego el resto de la expedición se suma a la contemplación extasiada. Un cronista lo pone todo por escrito. Los hombres descienden. Se mojan los labios en el agua para confirmar su salinidad. En uno de los gestos más teatrales y grandilocuentes de la historia de la humanidad, Nuñez de Balboa se adentra en el nuevo océano hasta la cintura, un estandarte en la mano izquierda, una espada desnuda en la mano derecha, y toma posesión del agua, de la inmensidad y de las olas.

Lo que viene después ya es la derrota. Los indígenas aseguran que detrás del mar, si se navega hacia abajo, bordeando la costa, se encuentra el Dorado, un lugar al que llaman Birú. En transliteración lingüística: Perú. Pero Nuñez de Balboa nunca llegará allí. Un hombre así se gana enemigos. Que no olvidan. Cuando regresa a la colonia primigenia, descruzando el camino, a la espera de los hombres necesarios para acometer el último gran viaje, se encuentra con quienes le aguardan para ajustarle las cuentas, entre ellos Fernández de Enciso y el nuevo gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias de Ávila, alias Pedrarías, hombrecillos grises, de esos a los que uno se imagina con sombrero y paraguas mirando el reloj en el andén de una estación con un periódico de derechas debajo del brazo. Y ya todo será burocracia y dar vueltas. Posponen una y otra vez los planes. Porque los dioses, escribía Stefan Z., nunca dan una segunda oportunidad.

Nuñez de Balboa, natural de Jérez de los Caballeros, nacido en 1475, aventurero, conquistador y guerrero, que cruzó el mar y a quien nadie conocía hasta la mañana en que surgió de un baúl en la cubierta de un barco, que ha librado batallas sangrientas contra los mismos indígenas con los que ha compartido viandas y alhajas, casado con la hija de un cacique local, acaparador de oro y de perlas, capaz de exhaltar a los hombres y jugar a la brisca con el diablo, será finalmente engañado y traicionado por hombres con menos sentido de la grandeza. En 1518 Pedrarías le solicitó una reunión amistosa para preparar definitivamente la expedición al Perú. Nuñez de Balboa aceptó. En el camino fue detenido por Francisco Pizarro. Fue acusado de un delito de traición: conspiración para destituir al gobernador y fundar una colonia independiente en el Mar del Sur. Lo condenaron a muerte. Francisco Pizarro, que había sido algo parecido a un amigo y que de alguna manera estaba hecho de su mismo material, no dudó en conducirlo al patíbulo a cambio de dirigir la expedición peruana, por la que hoy se le recuerda en las enciclopedias y los callejeros de tantas ciudades.

Y así, el primer europeo que contempló el océano Pacífico fue decapitado en Acla, al noreste de Panamá, una mañana de invierno, junto a cuatro de sus hombres de confianza. Antes de morir tuvo tiempo de gritar un furioso ¡mentira, mentiratras la lectura de la sentencia. Alguien sonreía mientras el hacha caía con indiferencia profesional sobre su pescuezo. No sabemos si, como el Sidney Carton de Dickens al pie de la guillotina, Nuñez de Balboa tuvo tiempo de vislumbrar por arte de los dioses el futuro entre la bruma de la muerte que ya le llegaba. Si lo hizo quizás vio las avenidas que llevan su nombre, las estatuas, las monedas que después se acuñaron con su rostro, barbado y con casco picudo, las paradas de metro y las glorietas que hoy lo recuerdan, por aquí y por allí. Después su cabeza rodó. Hombres de menos valía contemplaron como el verdugo la colocaba sobre una pica.

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