Zweig y el dolor del mundo

INTELLIGENT LIFE SPRING 2009 Stefan ZweigCon Zweig pasa un poco como con las chicas bonitas: uno se enamora enseguida. Mi Stefan, austrohúngaro y sin embargo ligero, como un copo de nieve que baila en el aire dejándose ir para caer finalmente sobre el pelo mojado de una muchacha, tiene la prosa fácil y el ritmo alegre. Zweig es una canción. Me lo encontré el otro día de casualidad en la biblioteca, y eso que tiene un apellido malo que lo coloca siempre al final del último estante y abajo, rozando el suelo, obligando al lector ocasional a forzar las rodillas; te tienes que acuclillar, quieras o no, para agarrar los libros de Zweig allí donde el alfabeto los ha colocado. Me llevé los Grandes momentos de la historia de la humanidad, sus catorce miniaturas históricas, editado con gusto pero abundante de erratas, bien traducido y seguramente su ensayo más conocido; junto a la Novela de ajedrez y la Carta a una desconocida, el top comercial del bueno de Esteban.

Viéndole un poco la vida a uno se le viene a la cabeza aquel poema tan triste de Charles Bukowski, al que últimamente recurro más de la cuenta, cuesta abajo y sin frenos, serán los treinta que doblan la esquina, que cuenta aquello de los hermosos que jamás lo consiguen: a los hermosos se les encuentra en el margen de una habitación aovillados hasta convertirse en arañas y agujas y silencio y no conseguimos entender por qué se fueron, eran tan hermosos. no lo consiguen, los hermosos mueren jóvenes y dejan a los feos con sus feas vidas. encantadores y brillantes: la vida y el suicidio y la muerte mientras los viejos juegan a las damas al sol en el parque.

Stefan Zweig era de esos.

Nacido en una familia judía con dineros, desde joven le gustó buscarle las vueltas a Europa, su amor y su femme fatale, pura mitomanía y romanticismo – Zweig era una canción – y se graduó en Viena, se marcó un viaje a la India, a los exóticos USA de aquellos entonces, y fue escribiendo despacio sus primeras novelas, sus poemas, sus ensayos, coqueteando a ratos con el teatro y el periodismo. Fue declarado inútil para el combate – Zweig era una canción – pero aún así sirvió como hombrecillo burócrata en la Primera Guerra Mundial. Todavía no sabía que su patria se había alineado con el bando de los perdedores. Asqueado de las atrocidades que ni siquiera había alcanzado a ver en primera línea y antibelicista confeso marchó al exilio, a Zürich, Suiza, refugio neutral, lejos de las viejas aspiraciones imperialistas de su país.

Tuteó a los grandes nombres que andaban cerca: Herman Hesse, Albert Einstein, Thomas Mann. Adquirió conciencia de su papel en el plano social. Viajó. No regresó a Austria hasta 1920, ya convertido en un crítico feroz de las doctrinas nacionalistas y revanchistas que empezaban a calar en el germano mundo. Se casó con Friderike Maria Burger von Winternitz, que admiraba su obra. Y escribió. Entró en combustión creativa. Publicó novelas y dramas. En 1927 aparecieron los Momentos, catorce pequeñas historias en las que Zweig echa mano de todo su puntillismo piscológico y su inteligencia de narrador para alumbrar una obra que se sostiene sobre un andamiaje teórico simple y certero: Los millones de hombres que conforman un pueblo son necesarios para que nazca un solo genio. Igualmente han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad (…) Un único sí, un único no, un demasiado pronto o un demasiado tarde hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad.

Personalmente me cuesta estar de acuerdo con Stefan. A lo mejor me falta inocencia. Porque yo siempre he tenido la impresión de que Stefan era un hombre que dormía con una luz encendida y creía en cosas alegres y hermosas, porque Stefan era una canción, casi incorpóreo, era una lluvia, una melancolía. Eso por lo menos me ha parecido a mí siempre. Lo imagino caminando sonriente, mirando siempre hacia arriba, hacia el cielo, hacia las montañas, hacia las luces de colores de las marquesinas de los teatros, con la boca abierta como los niños pequeños, feliz, a su manera. Será que a mí me cuesta entenderlo porque camino mirando al suelo con las manos en los bolsillos. No hay rastro de amargura en su escritura, sino más bien un interés desmedido por todo, una curiosidad infinita y un airecillo fresco que te despeina.

Los hombres así se terminan gastando.

Stefan disfruta novelando la noche en que Händel entró en ebullición y comenzó a escribir el Mesías. Veintitrés días encerrado, casi sin comer, casi sin dormir, siguiendo el rastro de la inspiración divina, se pasó el iracundo alemán en su cuarto de Londres, enlazando aleluyas, y Zweig lo describe como jamás antes se ha descrito una cosa así: el vértigo de la creación, entendido casi como una posesión, del hombre que contempla por un instante la totalidad y el abismo y queda suspendido entre la muerte y la vida, fuera del tiempo, por encima de los hombres y de sí mismo. Zweig se deleita recreando el segundo preciso en el que Grouchy tuvo que decidir entre seguir persiguiendo inútilmente al ejército prusiano en retirada o regresar al campo de batalla donde Napoleón desgastaba a Wellington embestida tras embestida. Era Waterloo aquello, y Grou, que tuvo la eternidad encerrada en un puño, tomó la decisión que no era.

Zweig, en sus momentos estelares, ofrece el contexto justo porque prefiere detenerse en el instante. Nuñez de Balboa subiendo penosamente la ladera de la última montaña, mientras empieza a amanecer. Stefan nos cuenta los colores del cielo y luego nos muestra al hombre cuyos ojos son los primeros ojos europeos que contemplan el océano Pacífico. Y nos habla también de Cicerón, de Lenin, de Dostoievski delante del pelotón de fusilamiento que no llegó a disparar; y de Goethe, viajando entre Karlsbad y Weimar, a los setenta y cuatro años, enamorado como un quinceañero, mientras escribe salvando los traqueteos del carruaje la Elegía de Marienbad, esa que habla del amor que se va para siempre y de otras cosas que tienen que ver con perder de una vez por todas el miedo a llorar.

Mi Stefan lloró. Lloró por el régimen nazi, que tanto le dolió, que lo fue comiendo a bocados como un tumor, por dentro, apagándole la luz que desde siempre le brilló en las entrañas. Adolf prohibió sus obras. Zweig viajó. Zweig huía. Se divorció y en 1939 volvió a casarse con Charlotte Elisabeth Altmann, que lo acompañaría hasta el final, en Brasil, en una habitación triste.

Pero antes Stefan huyó. No sabía – Zweig era una canción – que no se puede huir de lo que te persigue por dentro. Se alejó de Alemania y de la Guerra, la Segunda, la grande, aquella en la que Stefan creyó adivinar el fin de la civilización y de su Europa sentimental, aquel continente que fue de Goethe y de Miguel Ángel, de Balzac y de las dulces avenidas en otoño, alfombradas con hojas que ahora pisaban los tanques camino a París. La Europa que Zweig amaba se estaba muriendo y Stefan se moría de dolor por el mundo.

Eran los últimos días. Se le vio en Argentina, en la República Dominicana, en Paraguay. Impartió clases magistrales, ofreció conferencias, pulió sus últimas obras. Y siempre Charlotte a su lado. En 1941 se instaló en Brasil. Los nazis ya habían tomado París. La RAF parecía claudicar. Pronto Hitler invadiría Inglaterra. Y todo habría terminado. Como los héroes y los elegidos, también Stefan tuvo su instante inmortal. El destino se le sentó enfrente y lo hizo elegir.

Zweig se apagó.

El 22 de febrero de 1942 se tumbó junto a Charlotte en la cama de una habitación que a lo mejor todavía existe. Singapur acababa de caer. El nazismo se extendía por el mundo. Zweig y su esposa consideraron que ya no merecía la pena vivir más. Ingirieron a medias un frasco de veneno y se echaron a dormir. Y que viniera el olvido.

Más tarde alguien los encontró muertos, vestidos y abrazados. Stefan dormía boca arriba. Charlotte había recostado la cabeza sobre su hombro. Tenían las manos entrelazadas. En la mesita de noche había una nota de suicidio: Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra.

Stefan Zweig se mató por el dolor del mundo. Hoy en día nadie hace eso. Diez meses después los japoneses bombardearon Pearl Harbour y Estados Unidos entró en la Guerra decidiendo la victoria hacia el bando aliado. Hitler se hundió en la nieve soviética y retrocedió hasta descerrajarse un tiro en la boca en su búnker del derruido Berlín. Los nazis perdieron la guerra. El Reich de los mil años nunca extendió su dominación por el mundo. Europa sobrevivió. Para entonces Stefan llevaba tres años muerto. Como a sus queridos héroes el tiempo se le detuvo y la eternidad le hizo escoger un camino. Tal vez alguien menos romántico y más pragmático hubiera esperado a conocer el desenlace de la guerra. Tal vez alguien más cínico hubiera permanecido en Brasil hasta el fin de sus días, ajeno a la sangre que se derramaba al otro lado del océano y al sufrimiento del mundo. Pero Stefan era una canción.

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