Vanidad y caza de viento

pergamino biblicoPor razones estrictamente narrativas debería de ser el Génesis, que es un libro en el que se cuentan un montón de historias divertidas: la creación, el diluvio universal, la construcción y posterior demolición vía palpirote divino de la torre de Babel o la destrucción de las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra. Todo eso solo en el prólogo, porque el grueso de la obra lo ocupan las andanzas de los cuatro patriarcas judíos: Abraham, Isaac, Jacob y José, con sus cabras, sus peregrinaciones, sus sacrificios de pega, sus escaleras al cielo, sus pozos, sus asesinatos, sus sueños descifrados y su todo lo demás. El Genésis es un libro muy entretenido que ofrece además un retrato de Dios bastante particular. A diferencia del personaje central que se deja ver a ratos en el resto del Antiguo Testamento, el Dios del Genésis es un demiurgo inseguro, como un adolescente enamorado, y peligroso, como un adolescente enamorado en un botellón. La negociación que lleva a cabo con Abraham antes de destruir Sodoma es una de las mejores cosas que se han escrito jamás: es de admirar como el viejo Abe consigue chulearle al Todopoderoso a su antojo con un par de recursos de vendedor de enciclopedias puerta por puerta. Por si fuera poco en el Genésis está Lot, el sobrino de Abe, sin lugar a dudas el mejor secundario de todo el Tanaj. Sale muy poco, pero en el rato que sale es capaz de acoger en su casa a dos ángeles a los que toma por extranjeros, hacer frente a una turba furiosa, ofrecer a su esposa a la turba de manera que los sodomitas se conformen con violar y putear a la pobre señora a cambio de dejar en paz a los dos forasteros por aquello de la sagrada ley de la hospitalidad, contemplar más tarde y de lejos cómo su ciudad es devorada por el fuego y el azufre, ver a su esposa convertida en estatua de sal, instalarse en las montañas con sus dos hijas y, finalmente, en un giro argumental que solo puede calificarse de excepcionalmente agudo, acostarse con ambas muchachas, que previamente lo han emborrachado, en noches alternas, dejarlas embarazadas a las dos y después no acordarse de nada. Con todo y con eso, el Génesis no es mi libro favorito de la Biblia.

Que contiene más libros estupendos, como el de los Jueces, que narra la historia, entre las de otros próceres de la etapa previa a la monarquía, de Sansón, un psicópata que tuvo la fortuna de vivir en un tiempo en el que su talento para matar era de extrema utilidad para Israel, que no dudó en auparlo al poder para que diera rienda suelta a sus múltiples prejuicios antifilisteos. El libro de Samuel y el libro de los Reyes están llenos de guerra, sexo y matanzas. Los libros de los profetas por lo general aburren, pero algunos contienen trazas de genialidad. A mí me gusta el de Jonás. El hombre recibe de Dios el encargo de marchar a Nínive a hacer de profeta. Jonás dice que vale y acto seguido se embarca lo más lejos posible y en dirección contraria. No se le puede culpar:  los profetas eran unos señores muy cansinos que se pasaban el día gritando que todos salvo ellos eran una  panda de pecadores irredentos que caminaban con paso firme hacia la destrucción. Eso no es algo que a la gente le guste oír, sobre todo si te has pasado el día pastoreando cabras o intentando que algo comestible agarre en la dura tierra hacia la que Moisés guió a tus ancestros. En consecuencia los profetas eran insultados, apedreados y ocasionalmente asesinados con diversos métodos creativos, que iban desde el aserramiento al desollamiento pasando por la decapitación si el gobernante de turno tenía un día poco inspirado. A Jonás se lo tragó una ballena que lo dejó tres días después en las playas de Nínive. Jonás predicó y amenazó solo para ver como Dios decidía acto seguido perdonar a la ciudad en vistas de su repentino arrepentimiento. Eso a Jonás le jodió, sobre todo porque ya se había buscado un sitio apartado a la sombra para ver en primera fila la aniquilación y los fuegos artificiales. Lo menos que espera uno después de pasar tres días nadando en los jugos gástricos de un cetáceo es un poco de espectáculo a base de rayos, truenos, tsunamis y jinetes del cielo con espadas flamígeras. El libro de Jonás demuestra algo que la Iglesia extrañamente nunca ha sabido entender: que Dios tiene un sentido del humor perverso. 

Por otro lado, la Biblia está llena de libros que ni fu ni fa. El de las Crónicas, por ejemplo, se limita a repetir punto por punto la cronología de los monarcas de Israel y Judá, algo que ya se hacía en el libro de los Reyes. El autor de las Crónicas, con muy poca vista, enfoca los hechos desde el punto de vista de la religión y la doctrina, es decir, sin el cachondeo y la poca vergüenza del original. El Levítico es una recopilación legislativa, como el libro de los Números, o el Deuteronomio – aunque este último posee cierto aliento de grandeza gracias al fraseo extenuante con el que está redactado y a la épica de su planteamiento: Moisés, antes de morir, se dirige al pueblo desde la cima de una colina sabiendo que él, por un rifirrafe con Dios a raíz de una fuente, un milagro y cierta apropiación indebida, no podrá entrar jamás en la tierra prometida. Son tratados de derecho, lectura de rabino, obras de consulta. En resumen: un coñazo. 

Mi libro favorito de la Biblia es el Eclesiastés, que es una cosita de muy pocas páginas escrita por alguien que se hace llamar Quohelet, el Predicador, y que destaca por una escritura casi lisérgica y un sentido del humor particularmente fino. La obra, que tradicionalmente se atribuía a Salomón, fue escrita en realidad en torno al siglo VI a.C., después de la caída de Jerusalén, por un judío del exilio cuyo pensamiento bordea el existencialismo y que no se cortaba a la hora de discurrir acerca del fin último de la vida: Después examiné todas las obras de mis manos y la fatiga que me costó realizarlas: todo es vanidad y caza de viento, nada se saca bajo el sol.

El Eclesiastés es la obra más citada de la Biblia, dato de trivial, aunque no figure precisamente entre los libros más conocidos por el gran público, quizás por ese nombre tan escasamente comercial que la tradición le fue cincelando. El nada nuevo bajo el sol es un mantra que el autor repite una y otra vez a lo largo de su breve y a ratos incendiario discurso. La cita más conocida, sin embargo, es la que abre la obra: ¡Vanidad de vanidades – dice Quohelet – ; vanidad de vanidades, todo es vanidad!.

Nuestro hombre posee agudeza y rezuma amargura: Me puse a examinar la sabiduría, la locura y la necedad, y observé que la sabiduría es más provechosa que la necedad, como la luz es más provechosa que las tinieblas. El sabio lleva los ojos en la cara, el necio camina en tinieblas. Pero comprendí que una suerte común les toca a todos, y me dije: la suerte del necio será mi suerte, ¿para qué fui sabio?, ¿qué saqué en limpio?, y pensé para mí: también esto es vanidad. Pues nadie se acordará jamás del necio ni tampoco del sabio, ya que en los años venideros todo estará olvidado. ¡Ay, que ha de morir el sabio como el necio!.

Mucha amargura: También observé todas las opresiones que se cometen bajo el sol: vi llorar a los oprimidos sin que nadie los consolase, sin que nadie los consolase del poder de los opresores; y llamé a los muertos que ya han muerto más dichosos que los vivos que aún viven, y mejor de los dos el que aún no ha existido, porque no ha visto las maldades que se cometen bajo el sol.

Ante semejante panorama Quohelet solo concibe una forma sensata de vivir. Tal vez influenciado por la cultura griega que empezaba a impregnar su tiempo y lugar, el Predicador aboga por el cachondeo epicúreo como único medio saludable de encarar la existencia. En otras palabras: Los vivos saben que han de morir; los muertos no saben nada, no reciben un salario cuando se olvida su nombre. Se acabaron sus amores, sus odios y sus pasiones, y jamás tomarán parte en lo que se hace bajo el sol. Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus obras; lleva siempre vestidos blancos y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas, todo lo que dure esa vida fugaz, todos esos años fugaces que te han concedido bajo el sol; que esa es tu suerte mientras vives y te fatigas bajo el sol.

Todo lo dicho bastaría para convertir al Eclesiastés en una lectura sana y recomendable si tienes un rato. Eso y que no se toma el asunto doctrinal demasiado en serio: Dios es un tema tangencial y la obra tiene más de filosofía que de teología. Lo que lo convierte en un clásico, y en mi libro favorito de la Biblia, es su concepción del trabajo. Propia de un hombre sabio.

Mi Quohelet lo tiene muy claro: Observé todo el esfuerzo y el éxito de las empresas: es pura rivalidad entre compañeros. También esto es vanidad y caza de viento. Es que “el necio cruza los brazos y se va consumiendo”. Sí, pero “más vale un puñado con tranquilidad que dos con esfuerzo”. Atiéndase a la elegancia con la que se contrarresta el primer argumento, propio de uno de esos comemierdas que vociferan por las esquinas el mayor de los embustes concebidos por el hombre: la tontería esa de que el trabajo dignifica y que partirse es lomo es una ocupación seria y respetable.

A mí, que un maromo que murió hace veintiséis siglos y que dedicó su vida a la contemplación y la meditación existencial llegase en su día a estas inspiradoras conclusiones que yo – que todavía estoy vivo y, lo que es peor, tengo que trabajar un montón de veces y hacer como que me gusta – comparto sin ningún genero de dudas, me pone contento y refuerzas mis convicciones. La pereza es sabiduría. No lo digo yo. Lo pone en la Biblia.

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