La senda del perdedor

paradosLos hombres estaban de pie en sus porches,
fumando cigarrillos,
y sabían
que había que salir
a buscar un empleo
que probablemente no
existía, que había que arrancar ese coche
que probablemente no
arrancaría.
(
Charles Bukowski; No tenemos dinero, amor, pero tenemos lluvia)

Los chinos sabían de qué hablaban cuando pergeñaron su célebre maldición: “Ojalá vivas en tiempos interesantes“. Las previsiones, esos estudios con excel y cosas serias de la gente que sabe, señalan que España camina con paso firme hacia la novela de Dickens: 26’9 por ciento de paro a finales de este año según la OCDE, que detalla además que no descenderemos el muro del 25 por ciento hasta 2017. Esa foto de ahí arriba está tomada en los USA, años treinta, Gran Depresión. Y aunque tiene un punto pintoresco mete un poco de miedo, porque el blanco y negro hace que los pobres parezcan más pobres y la miseria reluce con un brillo mate. Aquello se salvó por los pelos gracias al New Deal de Roosevelt y a la II Guerra Mundial. Nosotros tenemos a Rajoy y el mundial de fútbol el verano que viene.

Uno de los escritores que más escribió y mejor sobre aquella época que uno se imagina siempre en color sepia fue Charles Bukowski. El hombre, que siempre tiró un poco hacia el lado lumpen de la vida,  sabía de qué hablaba cuando metía en sus libros aquellos diálogos desganados entre hombres malhablados que vivían del seguro social y gastaban el dinero en el bar retrasando la hora de de volver a casa, donde les aguardaba la esposa y la boca hambrienta de los muchachos. Y aunque Henry Charles siempre adornó un poco sus historias – se cuenta que cierta vez alguien lo cogió por banda y le echó en cara que uno de sus relatos no se ajustaba estrictamente a la realidad cuando describía una lectura poética que terminó como el rosario de la aurora en un after hours, a lo que Bu respondió cortante: “chaval, cuando escribo mi mierda yo soy el héroe” – hay que creerle cuando escribe con su sintaxis tijeresca sobre aquellos días y aquellas gentes.

Aquello consistía, un poco como esto nuestro, en mucha gente levantándose todos los días para casi nada. Y en aquella sociedad protestante y ultracapi de EEUU periodo entreguerras, no tener trabajo equivalía al delito. El mantra que recitaban los que pensaban derecho rozaba lo peligroso: el que no trabaja es porque no quiere. Nótese la trampa. Uno de los vicios de la sociedad esta que tenemos es que la culpa siempre es del que más chungo lo lleva. Eso se está haciendo ya con la batalla dialéctica de la Sanidad. Yo he visto a gente muy seria insinuar por la tele que el que está enfermo es porque quiere. En cinco palabras: ser pobre es un crimen.

Pero hablábamos de Bukowski, y un poco también de la Gran Depresión. Hay una novela que se llama La senda del perdedor, una cosa con hechuras de El guardián entre el centeno solo que bastante más graciosa, con muchas menos pretensiones y un rato más triste y más tierna. En ese libro se respira el aire sucio que se respiraba allí entonces. Termina con una escena que a mí me cuesta mucho olvidar, señal de que no la olvidaré nunca, porque la tengo ya modelada por la parte del cerebro que se expresa en subjuntivo: Chinaski, que es el protagonista, se está tomando una cerveza con el único amigo que tiene, un muerto de hambre como él que un ataque de tontería ha decidido alistarse en la reserva. El chico lleva incluso su uniforme militar. De repente, la radio del bar informa de que la base de Pearl Harbour ha sido atacada y emite el correspondiente llamamiento a filas. El amigo termina su cerveza y se marcha en un autobús camino de la Guerra. Chinaski lo observa alejarse. La radio vuelve a su emisión habitual: suena una orquesta ligera. No sabemos si el chico murió en Europa o en alguna isla pedregosa del Pacífico Sur, o si regresó vivo y alguna vez visitó a su antiguo compadre. Lo único que sabemos es que era pobre, y que los pobres se parecen siempre, en todas las épocas y en todos los lugares.

Todos esos chavales de color sepia que salían en La senda del perdedor, unos se fueron a morir en la Guerra, otros se quedaron en casa fumando cigarrillos, buscando trabajos que no existían, intentando arrancar coches que no arrancaban. Ésos y los que volvieron se hicieron viejos. Y algunos compraron casas y jardines delanteros cuando los felices años 50 llenaron la tele de sonrisas blancas y elevaron a la categoría de religión el american way of life. Vivieron tiempos interesantes y acabaron convertidos en los charcos de agua sucia que se esquivan cuando uno camina por las avenidas de la Historia contemplando los grandes nombres y las hazañas.

Metáforas chorras aparte, cuando yo hablo con gente que es así un poco como yo, año arriba año abajo, siempre terminamos contando lo mismo. Y hay siempre ese mirarse encogiendo los hombros, como diciendo cuéntame algo que no sepa ya. Los temas son: trabajos malos, la casa de los padres, el paro, la idea de irse lejos. Se nos va poniendo cara de estadística oficial, que es una cosa muy fea y un poco triste también. Nos empezamos a parecer los unos a los otros como pobres en una foto antigua. Como dos charcos después de llover. A lo mejor es verdad que poco a poco y sin quererlo nos vamos convirtiendo en una generación, porque a lo mejor una generación consiste en eso: en que todo el mundo cuenta la misma historia cuando llega a viejo.

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3 respuestas a La senda del perdedor

  1. G. dijo:

    Recuerdo perfectamente la primera vez que leí a Bukowski. La senda del perdedor llevaba tiempo ocupando un hueco en la librería de casa de mis padres, pero siempre había algo más urgente que sacar. En aquella época leía como comía, sin discriminar, lo primero que pillara que me apeteciera; entre eso, y que mi padre pedía al Círculo todos los libros a los que les dedicaran doble página… El caso es que un buen día le tocó el turno. Y, claro, flipé. Y empecé a comprar sus libros y a sumergirme en ese mundo sórdido, tan opuesto al mío, de niña bien de colegio de monjas. Ese follar salvaje, ansioso, que no tenía yo el gusto ni de imaginar aún. Ese despropósito continuo en que nada valía lo suficiente como para no jugárselo o no bebérselo. Esa falta tan absoluta de pudor al escribir, como si realmente le sudara la polla si alguien iba a leerle o no y lo que pudiera parecerle… Yo, que venía de Neruda y G.M. y (era joven) Isabel Allende… 😎

    Qué viejuna me siento ahora mismo. Menos mal que al menos he sabido pasar de casas con vallas y jardín delantero…

    Bukowski, Sinatra, Chet Baker… me gusta tu blog¡

    • Gracias por pasarte por el blog, y gracias por tu opinión.
      Sobre Bukowski, creo que pensamos muy parecido. Yo empecé a leerlo como con quince años, también porque estaba por las estanterías. Lo primero que leí fue La máquina de follar, supongo que por las hormonas a esas edades, pero siempre he pensado qe sus mejores novelas son La Senda del Perdedor y Factotum. Tienen una melancolía propia, y la atmósfera de la Gran literatura. Después sus poemas me acabaron de convencer de que más allá de la imagen del alcohólico salido había un escritor de los grandes. Su capacidad paea escribir a pesar de todo y de todos, como si nada le importara tres pollas, es de una elegancia majestuosa

  2. Pingback: LOS 4 PERDEDORES QUE SÍ QUIERES SER - BUXU NO SE CALLA

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