Las cosas de Jimmy Joyce

joyce_1926
¿Vientre? ¿Cansado?
Descansa. Ha viajado.
¿Con?
Simbad el Marinero y Mimbad el Salinero y Timbad el Timbalero y Himbad el Harinero y Kimbad el Kaminero y Rimbad el Ratonero y Bimbad el Barullero y Vimbad el Verdadero y Pimbad el Panadero y Limbad el Limonero y Guimbad el Guitarrero y Fimbad el Farolero y Jimbad el Jaranero y Cimbad el Cimbalero y Ximbad el Xilofonero.
(James Joyce ; Ulises)

…todo lo que tenía tuvo que ponerlo, era ganar o morir, la gloria o la tumba, años y años de cirugía para abrir en canal el lenguaje, y esas zonas dentro de la cabeza en las que nunca entra la luz, retrato del artista adolescente, dublineses, los muertos, una obra de teatro extrañamente académica, Jimmy sabía que no podía competir con Shak con ese manojillo de flores, Jimmy quería ascender a los cielos, medio ciego y pobre, en Trieste, en París, gafas redondas, sombrero y pose, pose, pose, ¿qué tienes más allá de languidez en las fotos?

muéstralo ahora o cállate para siempre

y J.J. dijo monólogo interior, y ese caballo de carreras que dio la sorpresa, veinte a uno, nadie esperaba que fuera a vencer haciendo polvo tantos boletos de apuestas, fustas, amor, y stephen dedalus también, stephen dedalus que perdió las llaves, malachi mulligan, zorro, malo, y metió largas disgresiones también, metió a las putas de dublín también, y a la policía, carruajes, un par de piernas, al otro lado de la calle, l. bloom, odiseo irlandés, con su riñón poco hecho a la sartén, desayuno continental, molly en la cama, enaguas, el crujido del gozne de la ventana, ¿qué es eso que huele?, carreras escaleras abajo, riñón al carbón, l. bloom, judío, agente de publicidad, piensa un buen copy, piensa en Shak, en el carruaje de camino al entierro del buen paddy d. con la nata de la intelectualidad dublinesa, vieja y echada a perder, perros que ladran y una discusión subida de tono sobre los próceres de la rebelión y la patria, entiéndelo:

tuvo que ponerlo todo.

¿Y era Odiseo, o era Simbad el marino?. Ezra dijo: tenemos que publicarlo. Se puede consultar la bibliografía al margen, internet es grande, para ver así por encima los problemas que me pasó Jimmy Joyce para ponerle una portada y un índice y tinta y letras de molde a su caligrafía rumbosa. Primero por capítulos sueltos, poco a poco se fue abriendo paso, mi Ulises, por los Estados Unidos, la vieja Europa, entre autos judiciales, secuestros, denuncias por obscenidad. Todas esas cabecitas bien puestas, pensando derecho. Fíjate: no querían eso en las librerías. Porque allí había hombres que de buenas a primeras se ponían a cagar entre pensamientos profundos. Y había también menstruaciones, insultos, sexo, pajas, su poquito de depravación. Dice la wikipedia, al respeto: La historia de la publicación de Ulises es controvertida y oscura. Y continúa: Desde 1922, ha habido al menos dieciocho ediciones, y variaciones en las diferentes impresiones de cada edición. Y así, Jimmy Joyce se me fue dejando los ojos en cada correción. Galeradas y venga a pulir las frases. Se cuenta: que podía pasar una noche en vela intentando descifrar el orden adecuado de las palabras de una simple oración. Sujeto, predicado. Adverbio, adjetivo, al principio fue el verbo. Y ahí más allá una coma.

Se pergeñaron esquemas, después, para alumbrar un poquito en la sima de posibles significados. Paralelismos homéricos. Quién es Ulises, quién es Telémaco, quién es Penélope. Quién Circe. Quién Polifemo. En qué bahía dublinesa estaba Caribdis. En qué avenida Escila. Joyce mismamente trazó su propio mapa. Se lo envió a un amiguete en Italia, con la advertencia: Si lo revelara todo inmediatamente perdería mi inmortalidad. He metido tantos enigmas y rompecabezas que tendrá atareados a los profesores durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir, y ése es el único modo de asegurarse la inmortalidad.

En resumen: Jimmy Joyce quería joderte. Quería tu boca abierta, sí, pero también perderte por un bosque que le pertenecía en exclusiva. Ahí perdió un poco la guerra. La guerra Joyce la libraba con Shakespeare. Por la primacía de las letras inglesas. Porque Jimmy quería ser Shak. Quería dar a luz a nuevas palabras, retorcer el lenguaje, inventar el inglés otra vez. Morir a fuerza de juegos lingüísticos, despellejar filólogos, asarlos a fuego lento. Se dice, alguien se habrá pasado una vida entera contando – ¿con subvención? – que el léxico del Ulises supera las 30.000 palabras. Muchas son nuevas, imberbes, sietemesinas. J.J. las iba masticando para regurgitarlas después, brillantes, calientes, también el buitre vomitaba el hígado de Prometeo para dar de comer a sus pollos. Por el camino perdió la emoción. Jimmy Joyce nos deslumbra. Hay frases en el Ulises que pueden ponerse en un marco. En una lápida, incluso. Sentenciosas. Cicerónicas. Líneas y líneas de un collar de perlas engarzado sin comas, sin un respiro, pulidas, hermosas, insustanciales en apariencia, pero que revelan la armazón poderosa del libro. Lo que no hay es ese temblor que provoca Shak. Porque Joyce se elevó tanto en su cielo propio que perdió de vista a los hombres.

La condena de los modernistas: glorifican la psique, arrinconan el corazón. Es difícil llorar por Bloom. Y sin embargo, qué fácil resulta morirse un poco cuando Desdémona muere.

Hay otras cosas en Ulises. Lo suyo es leerlo despacio, subiendo las cuestas, sorteando las trampas, sin referencias. Y no es tan duro como su fama. Marearse en los brazos de Joyce es una de las mejores cosas que puedes hacer si estás vivo todavía. A diferencia de lo que ocurre con los libros malos, en los que los diálogos son una bendición, señal de que el andamiaje no sirve, en el Ulises las disgresiones, pensamientos y magdalenas de Proust que enlanzan una sensación con un recuerdo y una mancha en la sábanas con una tormenta, coma, se parecen un poco a caminar en verano por esa zona de la playa que todavía no es mar, acolchada y húmeda porque ahí es donde se asfixian las

olas, en el barrio malo a medianoche los fantasmas se reúnen para juzgar a bloom, hijos muertos, hijos pródigos, la esposa, asuntos pecuniarios y demás, stephen y leopold en la taberna final son la humanidad entera, a su modo, desarmados y tristes, los dos perdieron la llave de casa, un 16 de junio de 1904 en Dublín, desde el amanecer a la noche, desde Troya hasta la cama de Penélope, esa Molly Bloom tan de carne que termina su monólogo final sin ortografía y entre visiones de amantes perdidos con Odiseo de vuelta en el lecho de Ítaca, mujer nunca muerta que se duerme con seis palabras:

y sí dije sí quiero Sí.

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