Asuntos vaticaneros

conclave-capilla-sixtina-472x315Entonces,  una vez elegido Papa y antes de salir al balcón, su recién estrenada Santidad debía sentarse en un sillón preparado al efecto, con un agujero ad hoc por la parte del culo a través del que, la tradición manda, el más joven de los cardenales participantes en la elección introducía una mano nada inocente para palpar los testículos del nuevo vicario de Cristo. Si tentaba huevos exclamaba: “Duos testiculos habet e bene pendentes”. A lo que la multitud cardenalicia respondía enardecida: “Laus Deo“. La traducción es innecesaria.

Esto, aunque no lo parezca, es mentira.

Se trata de uno más entre los muchos mitos que rodean al oscuro proceso de elección de un nuevo papa. El bulo tiene su origen en la nunca suficientemente bien ponderada historia de la papisa Juana, una mujer del siglo IX que, leyenda dixit, procedía de Inglaterra y se hizo pasar por hombre para poder estudiar y alcanzar los conocimientos que la época vetaba a su sexo. La muchacha, que era lista, se plantó en Roma y fue escalando puestos en la jerarquía eclesiástica hasta convertirse en secretario/a de León IV. De ahí al papado, al que accedió en torno al año 855, todo fue abrir y cerrar los ojos como en los flashforwards de las películas.

Una vez envestida Papa cometió el error de dejarse preñar por un criado, con la mala fortuna de que el parto le vino en mitad de una procesión, en plena calle romana, y a la vista del paso y del triduo y los cirios. Acto seguido fue lapidada. El detalle del parto no deja lugar a dudas sobre la veracidad del asunto.

Parece mentira y, efectivamente, es mentira.

La prueba más obvia, hay muchas, es que solo existen dos escritos que recogen el hecho, uno de Jean de Mailly y uno de Martin de Opava, ambos del siglo XIII, cuatrocientos años después de la gloriosa procesión juanesca. Porque seamos serios: un Papa pariendo no es algo que se vea todos los días. El hecho de que pasara desapercibido en todas las crónicas de la época se debe única y exclusivamente a que nunca ocurrió de verdad.

De la falsa Juana viene la falsa silla y de la falsa silla la falsa tocada de huevos. El Vaticano, con sus esquinas y su cúpula de Miguel Ángel, su columnata y sus curas y sus ventanas y su lustre dorado, es la expresión primera y última del poder terrenal de la Iglesia y tiene, para qué negarlo, un no sé qué de siniestro. Si hay un infierno, no puede estar en otra parte que debajo de Roma, y de este abismo salen todos los pecados, escribió Martin Lutero en pleno arrebato post turisteo. Todo muy El Padrino III: ese arzobispo que sube por la escalera mientras un sicario de Michael Corleone le dispara por la espalda y ese banquero que amanece colgado de un puente mientras a su alrededor llueven billetes y suenan de fondo violines. Los bancos, las inmobiliarias, la curia. Todo turbio y oscuro.

La historia de ese país que en realidad es una ciudad y que antes fue un reino está llena, y aquí no hay mentiras que valgan, de traiciones, herejías, verdades a medias y papas que hicieron la guerra, engendraron hijos, contrataron los servicios de putas y putos y sicarios, traficaron con el paraíso y la salvación de las almas, promovieron el arte, chanchullearon y murieron y algunos, muy pocos y casi todos en los albores del cristianismo por aquello del martirio, llegaron a santos.

Eso hace que respecto a mitología e historias calientes, Roma y los papas sean una mina. Súmale el viejo poder casi extinto y tienes lo que tienes: una horda de corresponsales en Roma, ahora mismito, pendientes de una chimenea, junto a unos cuantos de miles de fieles que aguantan de pie las estrechuras en San Pedro, a pesar de la lluvia y a la espera de que aparezca en el cielo un rastro blanco de humo, señal de que el Espíritu Santo ha deslizado un nombre a la oreja de un ciento de señores mayores, ancianos la mayoría, que rellenan a mano – se exige letra pulcra y legible – unas cuantas papeletas que después depositan previo rezo en un plato y desde el plato en una urna, por aquello de no esconder nada en las amplias mangas de las sotanas.

El cónclave, del latín con clavos, tiene su origen, como tantas cosas grandiosas en la Edad Media, esa época infravalorada. El mejor cónclave de la Historia tuvo lugar en Viterbo. Empezó a celebrarse en 1268, después de la muerte de Clemente IV, uno de tantos papas insustanciales, y tres años después los cardenales seguían sin ponerse de acuerdo. El buen pueblo viterbeño, que ya estaba un poco hasta la misma polla de tener allí a tanto prelado comiendo y bebiendo a costa de las despensas de la ciudad, comenzó a mosquearse. Entonces, Alberto de Montebono, a la sazón señor de Viterbo, tomó una decisión que todos deberíamos aplaudir hasta el fin de los tiempos: encerró literalmente a los cardenales en el palacio episcopal y les impuso una estricta dieta a base de pan y agua, que introducía diariamente en pequeñas dosis por un agujero practicado en el techo. Después de aquello, el cónclave se aceleró notablemente y el obispo de Piacenza, Tedaldo Visconti, fue entronizado ipso facto como Gregorio X.

La puerta es la clave. No hay nada como que a uno le cierren una puerta en la boca para azuzar el deseo de mirar por la cerradura. La Santa Madre lo sabe desde hace tiempo y siempre ha aprovechado la pulsión fetichista de los hombres de bien: Cristos sangrantes, santos asaetados y un fresco en cada capilla para que los fieles puedan ver sin censura a algún mártir con los ojos en un plato o la cabeza abierta por la mitad.  Y una zona de sombra a la que no se puede acceder. Enseñar con una mano y esconder con la otra. En los templos antiguos del Levítico siempre había una zona vedada al pueblo expectante. En eso consiste el negocio. La sangre, el cuerpo. Y detrás de cada objeto deslizar una simbología, un presunto mandato de dios y un versículo bíblico.

A lo largo de lo que queda de día, y mañana, y el viernes si es menester, la chimenea de San Pedro estará vigilada por cientos de miles de ojos. Incluso twitter, tan moderno él, anda revolucionado con el cónclave, ni que sea para hacer chistes sobre palomas. Se rellenan quinielas, se apuesta dinero. Lutero se lo habría pasado en grande. Se escriben largos reportajes que giran en torno a posibles alianzas: estrategia de altos vuelos, diplomacia. Es el misterio, el fetiche. Las ropas, la liturgia, el incienso, el anillo del pescador, el ritual asentado en la tradición que se sigue al pie de la letra y el Juicio Final de Miguel Ángel pintando en la pared del fondo. El Papa en realidad nos la pela. Quita los encajes y el atrezzo y te quedan viejos y burocracia. Es la imaginación la que vuela.

La puerta cerrada nos pone a inventar, y nos traiciona el deseo de grandeza. Queremos que nos cuenten historias salvajes, de best seller hacia arriba, y siempre estamos dispuestos a creer cualquier disparate, cuanto más grandioso mejor, porque nos consuela pensar que somos mucho más interesantes de lo que somos en realidad. No solo queremos convencernos de que es verdad que un cardenal salido le va a tocar la huevada al Papa antes de sacarlo al balcón; encima queremos verlo. No hay grandeza, solo misterio. La puerta cerrada, eso es lo que nos mata.

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