Luis Bárcenas, ese hombre

BarcenasPeinetaUn señor maduro con pintas de mafiosillo sopranero, aficionado al esquí extremo y natural de Huelva, tiene al Partido Popular y por extensión al Gobierno de España cogidos por los mismos estos, jugando con las blancas una partida de ajedrez de baja estofa cuyos movimientos son seguidos por los ciudadanos en la prensa todos los días desde hace cosa de meses. Cuando El Mundo publicó que dicho señor tenía 22 millones ocultos en una cuenta de Suiza parecía inevitable una explicación por parte del presidente del país, teniendo en cuenta que el dicho señor aficionado al estraperlo de divisas había sido durante unos cuantos años tesorero del partido político que el presidente de la nación encabezaba, dirigía, encabeza y dirige. No ocurrió nada. Cuando poco después, El País sacó a la luz unos papeles que detallaban una contabilidad en negro muy bien llevada y traída según la cual el ya citado señor maduro con pintas de galán ajado de telenovela barata repartía entre los altos cargos del nombrado Partido Popular cantidades de dinero por el mero hecho de ser  y poner la mano, la explicación se hacía más necesaria que nunca, especialmente porque el reparto, ejecutado a través del antiguo método del sobre sin lacrar, se hacía con billetes procedentes de donaciones extraoficiales que lindaban el tráfico de influencias. El presidente de dicho país, llamado España, señor Mariano Rajoy Brey, también aparecía como destinatario de unas cuantas cantidades a lo largo de unos cuantos años, todo con tinta negra y letra apretada. No ocurrió nada, a pesar de ciertas protestas ciudadanas y de que la oposición balbució que la situación del jefe del Ejecutivo era inviable y solo se podía salvar con vergüenza torera y una dimisión por todo lo alto. Repetimos: no ocurrió nada. El ya triplemente mentado partido político se aferró a un argumentario de primero de jardín de infancia para sostener que a) los papeles eran apócrifos y b) la honradez de aquellos a quienes el dedo inclemente de la delación contable señalaba estaba fuera de toda duda porque sí porque yo lo valgo. Que entre tantas palabras disponibles se eligiera precisamente el adjetivo apócrifo, tan bíblico y tan siglo diecinueve, resultaba cuanto menos curioso. El hombre conocido como Mariano Rajoy apareció en escena impulsado por la presión popular para ofrecer una comparecencia que los periodistas pudieron seguir a través de una pantalla de plasma. M.R. apostó por la innovación y fue un paso más allá en la virtualidad de la relación entre los medios de comunicación y los políticos españoles: 1) no hay preguntas y 2) no hay presencia material tangible. Eran síntomas. Se acercaba el debate sobre el Estado de la Nación, una cosa que de toda la vida se había hecho antes de verano pero que el Gobierno decidió trasladar a febrero. Insistimos: en su afán por la innovación, el Ejecutivo desafía al espacio tiempo si es preciso. Si el año pasado directamente no hubo Debate sobre el Estate of Nation y los presupuestos generales se retrasaron unos cuantos meses solo para que no interfirieran con las elecciones andaluzas, en una decisión que algunos calificaron de interesada y que a posteriori, viendo el resultado de dichas elecciones, resultó únicamente gilipollas, coma, si las sesiones de control se celebran un miércoles sí y cuatro no y si lo único que se mantiene en fecha y orden son los Consejos de Ministros del viernes por aquello de que la vicepresidenta llore de cuando en cuando y se luzca y no se pierdan las antiguas y sanas costumbres, pregunto: ¿qué le importan a este Gobierno las fechas? Para algo está la mayoría absoluta. El caso es que Rajoy salió ileso de un Debate sobre el E de la N sin pronunciar ni una sola vez la palabra Bárcenas, que es el señor maduro con pinta de mafioso sopranero aficionado al esquí extremo y a enseñar el dedo corazón en los aeropuertos del que hablábamos al principio. El jefe de la oposición, señor Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE, ex vicepresidente del Gobierno de España, ex ministro de varias cosas y ex prácticamente cualquier cargo público que puedas nombrar en los últimos treinta años, no se lo puso difícil. La cosa carburaba. Pero la alegría dura muy poco en la casa del pobre y al día siguiente los periódicos volvieron a la carga publicando nuevas informaciones sobre el asunto del señor maduro que se peina el pelo hacia atrás con gomina y luce sin complejos patillas canosas. Al parecer había un notario de por medio. Agárrate. Dicho notario tendría supuestamente una lista con nombres e instrucciones precisas. Las instrucciones eran publicar la lista si el señor canoso/cliente notarial/míster Bárcenas era enviado por error al talego. Entrábamos dentro del resbaladizo terreno de las hipótesis de tertuliano. El notario existía. Ergo. Que te agarres. Los hombres y mujeres del Partido Popular comparecían un día tras otro en los medios de comunicación haciéndose mucho lío para explicar la situación contractual del señor B. con el partido al que pertenecen todos los miembros del Gobierno de España. Unos aseguraban que había sido despedido en 2009. Otros afirmaban que había sido dado de baja tras su imputación en la trama Gürtel y demás bussines. Hubo quién señaló que no sabía nada. Hubo varios no me consta. El presidente del Gobierno, de visita en Alemania, llegó a manifestar que todo era mentira, salvo algunas cosas. Pero el zambombazo y la traca fueron cosa de María Dolores de Cospedal que, en comparecencia de cuerpo presente, apuntilló, haciendo referencia a la indemnización que Luis B. cobró tras abandonar el partido, y cito palabras textuales: La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación, simulación de lo que hubiera sido en diferido en partes de lo que antes era una retribución. En España el que se aburre es porque quiere. Hoy mismo Luis Bárcenas ha demandado al Partido Popular por despido improcedente. No hay que descartar que en los próximos días pida la prestación por desempleo. O una subvención europea para montar un negocio fino. Al fin y al cabo las grandes mentes están en ebullición constante y Luis, el hombre, se va difuminando poco a poco para dejar paso a Bárcenas, el mito. La leyenda. Arte le sobra: Luis de España, santo y seña de los vividores, carne de libro de historia. Aunque el juez le haya retirado el pasaporte yo estoy convencido de que un día de estos desaparecerá de repente y nunca jamás volveremos a saber de él. Se inventarán teorías, mitad romanticismo mitad conspiración. Y habrá quien asegure haberse cruzado con un señor mayor y canoso, que caminaba de medio lado agarrado a dos mulatas en una playa de arena blanca por esos Caribes de dios, por esos Brasiles, por esas Jamaicas, fumando un puro al solecito en una tumbona bebiéndose con pajita una piña colada. Un anciano rijoso con pintas de pandillero, bañador sobaquero y el pelo grasiento, peinado hacia atrás, patillas de bandolero y vocecita temblona que recuerda en su exilio dorado como en sus tiempos de gloria mató de miedo a un Gobierno entero. Porque no nos engañemos: Luis no es un hombre corriente. Como el halcón maltés, está hecho del material con el que se fabrican los sueños.

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