Grandes obras de la Literatura Universal en un cuarto de hora: El otoño en Pekín

el otoño en pekínEl autor: Boris Vian
Boris Vian se murió con 39 años. Eso marca. Un cadáver joven no necesita maquillaje en el velatorio, si acaso repeinarlo un poco, y  otorga al hombre que fue prestancia y aroma epopéyico. Que es una palabra que a lo mejor ni existe. Los artistas, cuando se mueren de golpe y en plenitudes, se quedan a medias. Y nosotros, que todavía estamos vivos, los juzgamos no por aquello que hicieron sino por lo que pudieron haber hecho en base a lo que les vimos hacer. Como los mártires del rock, los muertos tempranos del arte azuzan imaginaciones calenturientas. Boris Vian, francesito de pelo gominoso, trompetista, periodista, músico, ingeniero, dramaturgo, poeta y novelista, vivió lo justo para echarle un par de polvos a la literatura francesa y quitarle un poco las telarañas. Nació en 1920 y la dobló en el 59. Fue a morirse en un cine, durante el estreno de la adaptación de una de sus obras, Escupiré sobre vuestra tumba, una historia de sexo y venganza escabrosa de la que había vendido los derechos para tirar días y a la que la productora le fue cortando las alas. Quien sabe lo que vio el hombre allí dentro. De su trompeteo jazzero, su ingeniería y su ingente producción creativa nos quedan sobre todo tres novelas: El otoño en Pekín, La hierba roja y La espuma de los días. Literatura nouvelle vague, libre y siempre abrupta: las historias de Vian terminan en muertes ruidosas.

L’histoire
El otoño en Pekín, ni que decirlo, no transcurre en Pekín ni en otoño. A Boris le gustaba juguetear con los títulos. La cosa va de un grupo pintoresco de seres que se dan cita en un desierto muy raro para enamorarse, follar y morirse, con la excusa de construir una vía de tren que no llegará a ninguna parte. Nuestro hombre B. lo pintarrajea todo con muchos colores, diálogos, exclamaciones, escenas teatrales y montaje de videoclip. Así va levantando poco a poco un mundo escénico único. Vianesco: no del todo onírico, no del todo simbólico, no del todo real. En la tramoya del Otoño uno puede encontrar sillas rabiosas que muerden a la gente, aviones de juguete que siegan cabezas, ermitaños fogosos, curas cachondos y sombras heladas que empiezan donde se termina la luz y extravían a los caminantes que se adentran en ellas para dejarse ir con elegancia y melancolía.

Personajes que se van cruzando: Ana y Ángel, amigos, chavales en edad, aunque el nombre primero engañe, enamorados o casi, de la misma muchacha alegre. Amadís Dudu, burócrata de la compañía ferroviaria, que llega al desierto después de equivocarse de autobús y decide aprovechar el viaje. El  doctor Mascamangas, camisa amarilla, con su ayudante medio lelo y su coche. El abad Petitjean, borracho y jovial, salido y alegre, vigilando a su ermitaño sin demasiado interés. Los arqueólogos: Atanágoras, la muchacha Cobre, Martin Lardier. El tabernero. Los obreros. Los chicos de los obreros. Los policías. El capitán del barco. Y en algún lugar de la ciudad, los miembros del Consejo de Administración con su bedel pajillero. Aún así, todo esto no importa. Como tampoco importa la historia. Porque el Otoño es, sobre todo, una atmósfera, un ritmo interno y una confesión amarga disfrazada de chiste.

L’historie es una excusa para deslizar una angustia vital: que nada tiene demasiado sentido y todo termina mal. Existencialismo, en una palabra, más allá de la juerga y las risas. Risas hay muchas, por cierto, y juerga también: Vian es ópera bufa y el cachondeo está asegurado. Boris es ambicioso y en los diálogos acumula los golpes haciendo de la poca vergüenza bandera. Se ha dicho que El otoño en Pekín es una crónica del fracaso del Mayo del 68 escrita veinte años antes. Quién sabe. También es una elegía por la juventud que se marcha, el canto de cisne de una generación que fue feliz y tuvo que ver como la II Guerra Mundial terminaba con todo.

En el acto final las paredes se derrumban, cae el telón y solo queda la muerte. Los personajes terminan hastiados de tanto vivir, y tan deprisa. Respirar todos los días te consume. La juventud se pudre. Y se acaba el verano. Vienen de repente y seguidos, los golpes.  Las gracias dejan paso a diálogos filosóficos. Se va la luz, y hay que prender las velas. Solo los viejos, demasiado correosos para ser desgatados por el óxido de la pasión, consiguen sobrevivir. Los viejos y Ana, que en su corazón es más anciano que nadie. Contrapuntos: siempre hay un peligro detrás de cada esquina. En la espesura los lobos acechan. El amor, cuando se racionaliza, sabe a cenizas. Novela del absurdo, si se quiere, el Otoño es una pequeña joya, aparentemente liviana, que posee sin embargo el eco longevo y la profundidad de los clásicos.

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