Educación para la Ciudadanía

Velódromo PalmaArenaSe habla mucho de la clase política española. Te sientas delante del telediario, te agarras bien al sillón por lo que pueda pasar y empieza el pasacalles de chanchullos y penas. La gente se me pregunta, indignada: ¿pero qué mierda es esto? Uno, que es andaluz y tocante a corrupciones, robos y juerguecitas, está curado de espanto, empieza ya a buscarle el lado bueno al asunto. ¿Y todo lo que estamos aprendiendo?

¿Es que eso no vale nada?

Desde que empezaron a descorcharse botellas de champán a nivel nacional y descubrimos que detrás de cada géiser de espuma blanca había un empresario regalando jaguars y un político poniendo el cazo, hemos aprendido, dos puntos. Que un presidente autonómico sale barato: por un par de trajes de marca te compras uno. Que el confeti cuesta más que la cocaína. Que si tienes un cargo y buena boca siempre habrá un alma caritativa que te pague las vacaciones librándote del mal trago de facturar con Ryanair y de las estrechuras de la clase turista. Que una empresa con una concesión pública en vigor no puede hacer donaciones de dinero a un partido político, pero que su presidente, a título personal, puede donar tela de pasta con alegría. Que ante la Ley, como ante la vida, no hay que perder ni la esperanza ni la sonrisa: con paciencia y maña siempre es posible encontrar un resquicio para salir adelante pasándotelo todo por los mismísimos.

Eso y también que el que tiene cara de tonto normalmente lo es. Y el que tiene pinta de acarrear fajos morados en bolsas de basura (modelo Marbella) o cajas de zapatos (modelo Gürtel) raro que no lo esté haciendo. En ese sentido tenemos el ojo clínico entrenado y calamos rápido al que nos hunde y al que nos roba, aunque después lo dejemos hacer por aquello de la inevitabilidad y la idiosincrasia y el más vale malo conocido y la pereza de siempre.

Y de arte vamos sobrados.

Construir un aeropuerto sin aviones: eso es imaginación. Declararte en bancarrota, liquidar tu empresa, dejar de pagar las nóminas a tus empleados, mantener un patrimonio millonario en un paraíso fiscal: eso es ser un empresario emprendedor. Encomendarte a la virgen del Rocío para luchar contra el paro: eso es una medida política eficaz. Presupuestar un velódromo en 40 millones de euros y construirlo por 90: eso es repartir la riqueza. Eso es pensar a lo grande y educar de paso al pueblo a base de realismo y verdad.

Todo esto lo hemos ido aprendiendo nosotros a fuerza de ser españoles. Un niño finlandés, pobrecito, poco va a poder saber nunca de traficar con subvenciones o llevar y traer dinero a Suiza con una comisión del diez por ciento vía amnistía. No salen en Finlandia arquitectos como Calatrava, que te hacen una maqueta y proyectos fantasma por 15 millones. Esos chavalillos tan rubios y tan serios y tan blanquitos, que tienen que enfrentarse a la vida inocentes y sin el caudal de sabiduría picaresca que tenemos por aquí, ¿qué va a ser de ellos sin una educación mínima en tejemanejes, cobros en negro, facturas falsas, amaño de papeles oficiales, cobro fraudulento de ayudas públicas, Eurovegas y etcétera? Esas conversaciones telefónicas entre Camps/Ricardo Costa y los chicos de Correa valen por diez masters en Ciencias Económicas en una universidad cara del extranjero. Eso aquí lo tenemos de balde, pura genética, metido en la sangre.

Nos han enseñado que en la jungla de todos los días la conciencia y la ética son un estorbo. Podemos proclamarlo orgullosamente: España mira con optimismo al futuro. Tantas valiosas lecciones no caerán en saco roto.

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