Soñadores

Mijail Talpero ¿cómo vas a decirle a un soñador
que le van a quitar un 15 por ciento de su
sueño? Simplemente se reirá y dirá
¿eso es todo?
(Charles Bukowski)

Los sueños no admiten numeraciones y son ajenos a la estadística. Puntos suspensivos. Bailar y la vida. Lo otro da igual. Quitarnos el sueño, quieren. El de la foto de arriba es Mijail Tal, que jugaba al ajedrez y fue campeón del mundo en el 60. Arrasó a Botvinik, el gran burócrata enfadado, y perdió la revancha al año siguiente. Sonrió (al parecer Tal sonreía siempre) y dijo: tuve suerte de ganar en año bisiesto, porque así pude ser campeón un día más. Esas son formas. Es una cuestión de estilo: Mijal hace mucho que se murió, a los cincuenta y cinco años, siempre arrastrando la mala salud, aviones, países, el cigarrillo y mirando de reojo alfiles y reinas, pero nadie me lo ha olvidado, al viejo Tal, que nació con dos dedos de menos en la mano derecha y aún así tocaba el piano, que siempre atacaba, que inventaba combinaciones y talaba como un leñador las defensas opuestas. Y a veces perdía y a veces ganaba. Siempre una botella cerca, siempre una diagonal en mente, siempre una columna abierta a través de la cual deslizar como una tormenta la torre, contra el rey que temblaba del otro lado de la frontera. El estilo.

Si Cèline nos enseñó todo lo que había que saber de literatura en el prólogo del Guignol’s Band. Si en la maleta de Dovlatov cabía una vida entera. Unos calcetines, un gorro de lana, una chaqueta vieja, un cinturón, unos botines y una camisa blanca. ¿Qué más se necesita cuando todo es viaje? ¿Qué tenía Ismael cuando embarcó hacia la ballena blanca en el Pequod? Sueños. Sueños y nada más. Cabalga por el cuello de un soldado que sueña con cortarle el cuello a sus enemigos, con emboscadas, con luchas, con armas españolas y brindis de diez brazas, le recitaba Mercucio a Romeo de camino al baile en la casa del papá Capuleto: hablo de sueños, que son los hijos de una mente ociosa, engendrados de vanas fantasías, de sustancia tan fina como el aire, más volubles que el viento, susurraba, Mercutio, presagiando tragedias entre dos luces naranjas, media cara en la sombra y las estrellas, vacías, abriendo en el cielo ventanas y huecos.

Pero, ¿cómo vas a decirle a un soñador que le van a quitar un quince por ciento de su sueño? Si los sueños no admiten numeraciones y son ajenos a la estadística. ¿Cómo vas a decirnos que no se puede? ¿Cómo nos harás creer que es imposible?

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