La mano en el fuego

Porsena_MucioCada vez que un político, empresario, hombre de bien o similar dice eso tan grandilocuente de pongo la mano en el fuego por (y aquí podéis elegir político, empresario, hombre de bien, chanchullo o causa) lo siguiente que habría que preguntarle es: disculpe usted, ¿la mano de quién?

Historia:

Tarquinio el Soberbio fue el último rey de Roma. Se le puede calificar de buen militar: extendió el domino romano sobre la región del Lacio, conquistó Pomecia, Túsculo y Gabios, situó a Roma como potencia regional en la península itálica y, según Tito Livio, planeó encabezar una alianza de ciudades latinas. Fue también un gobernante despótico y chungo.

En el año 509 a. C. su hijo Sexto violó a una joven patricia llamada Lucrecia. La chica se suicidó. Se desataron nudos, se ajustaron conexiones. Los nobles iniciaron una revuelta en palacio. La monarquía contuvo el aliento. El rey se encontraba ausente, guerreando en el sitio de Arde. Con Tarquinio fuera de Roma, el ejército tomó partido y se puso de parte del bando rebelde. La monarquía boqueó buscando aire y se asfixió. Nació la República.

Tarquinio se refugió en Etruria, cuna de reyes romanos, azuzó a los etruscos y declaró la guerra a Roma. Fue derrotado en la batalla de la selva Arsia. El viejo T. marchó a Clusio y convenció a su rey, Larte Porsena, de que atacar Roma era una buena idea. Porsena sitió la ciudad y ahora viene la parte de la mano y del fuego y de la leyenda, el mito y la frase hecha. Un joven romano llamado Cayo Mucio, viendo que el sitio se prolongaba, el pan empezaba a escasear y el hambre estragaba, se presentó voluntario para infiltrarse en el campamento de los clusios y asesinar a Porsena. Y ahí tenéis al muchacho Mucio. Que abandona Roma, deja atrás las murallas, cruza a nado el río, se disfraza de soldado etrusco, envuelto en la noche, sigiloso, llega hasta el umbral de una tienda de campaña lujosa y entra cuchillo en mano: a sus pies duerme un hombre espléndidamente ataviado.

Apuñala, asesina y advierte el error: el muerto no es Porsena. El muerto es un otro cualquiera: tal vez escriba, tal vez miembro de la nobleza de Etruria. Detienen a Mucio, lo llevan ante el auténtico rey. Larte Porsena sonríe. Larte Porsena da órdenes: que torturen al chico, que lo hagan hablar. Mucio se adelanta y pronuncia un discurso sabemos que embellecido por los que contaron la escena después: desprecia la muerte, acepta la tortura y asegura a Porsena que detrás de él vendrá otro, y detrás otro. Y siempre habrá un puñal preparado para segar la garganta del rey. Termina su alegato y para atestiguar que sus palabras son ciertas, que los conjurados vengarán su muerte y que no tiene miedo de Porsena y sus hombres, coloca su mano derecha sobre las llamas de un altar encendido. La piel arde, la carne se consume, pero Cayo Mucio permanece inmutable. Ni gritos ni gestos. Porsena, con susto y admiración, decide perdonar la vida al muchacho y levantar el campamento en vista de la prueba de valor que acaba de ver con sus ojos. Si todos son como este, podemos suponer que se excusó ante Tarquinio, ¿cómo voy a rendir la ciudad?

Después de aquello el viejo zorro T. huyó a Túsculo y siguió con lo suyo: rebelar territorios. Roma hizo lo propio: putear a Tarquinio aplastando revueltas. Finalmente, derrotado para siempre, Tarquinio marchó a Cumas, donde murió, es de imaginar que resentido y quejoso, hacia el año 495.

Mucio fue recibido en Roma con honores. Adoptó el sobrenombre de Escévola, el manco, obtuvo cargos públicos y cargó hasta su muerte el peso de la gloria y la fama. Vivió después en los libros y en las canciones. Se convirtió en símbolo del republicanismo. Su figura quedó asociada para siempre con un ideal: el pueblo que resiste ante el poder despótico y pelea por su libertad.

Pongo la mano en el fuego, nos dicen.

¿La mano de quién?

Piensa en Mucio.

Piensa en ello.

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