Anna K.

trenDe todos los finales que se han escrito, ninguno como el de Anna Karenina. Trampa, diréis: ninguno es como ninguno. Puede ser, pero aquí somos románticos. Anna K. en la estación de tren, imagínatela entre la bruma, espoiler, en esa Rusia decimononónica, envuelta por el palabrerío suave del padrecito Tolstói, esa mujer, echada a perder y triste, que se sube el cuello del abrigo y mira a la lejanía, hacia la oscuridad, esa mujer, espoiler, segundo aviso, abandonada y sola, mi pobre Anna, adúltera y señalada, que tampoco pedía tanto, solo un poquito de música para pasar la vida así más alegre, y calor, también, una sonrisa de las de verdad, de esas que no se van aunque llueva.  ¿Tanto pedía? Y ahora el tren, la locomotora acercándose, empezando a frenar, tercer aviso, espoiler, no importa, se puede leer igual, este libro, sabiendo el final: Anna K. se arroja a la vía, no del todo consciente, no del todo inocente, y aun así sin culpa, se deja matar con desgana, entre la niebla y el humo. El detalle: cuando el tren (hierro, simbología, apocalipsis) le golpea la cabeza Anna K. tiene todavía tiempo de preguntarse, antes de cerrar los ojos y soplar las velas, qué ocurre y por qué, qué hace y por qué. La crueldad: no hay respuesta. La vida putea a Anna con un último aliento de serenidad, un como ver partir el barco desde el puerto con un pañuelo blanco en la mano. ¿Es esto? ¿Esto es?. Se pregunta y luego la oscuridad: el punto y aparte que cambia de párrafo y te siega la vida.

Se pueden decir más cosas de esta novela. Puede uno auscultar la intención: la triple capa que Tolstói superpone a través de las tres parejas protagonistas: la resignación desgraciada (Oblonsky y Dolly), el largo y aburrido sendero que lleva al amor tranquilo (Liovin y Kitty) y los juegos de azar en los que nunca se gana (Vronsky y Anna). Tolstói disecciona, investiga. Contrapone la vida sencilla del campo con las turbias tormentas de la ciudad. La pasión irracional. El amor que no hace daño. No juzga. Mueve a sus criaturas con sutileza y ternura.

Lo podéis leer en cualquier prólogo: está por ahí, gira dentro de la novela, que avanza a través de Anna y de Liovin – Nicolai, el hermano, agonizando asustado, eso que empieza a surgir en la sombra entre las cenizas – se pierde entre religiosidad y moral, desgracias, búsquedas: un algo que le permita uno seguir adelante aguantando la pota. Todo eso está por ahí, girando, entre páginas que fluyen sin baches, una escritura limpia, hombres y mujeres mecidos por las olas de un mar interno que nunca está en calma, un engranaje medido.

Anna K. reflexiona en la estación: Que no encontraré una situación en la cual mi vida no sea un tormento; que todos hemos sido creados para sufrir; que todos sabemos e inventamos medios para engañarnos a nosotros mismos. Y cuando vemos la verdad no sabemos qué hacer. Esa es su desgracia. Entre la Anna resuelta a morir de estas palabras y la Anna que surge risueña y despreocupada, también en una estación de tren, al comienzo de la novela, están contenidas la tragedia y el arma homicida.

¿Y quién tiene la culpa cuando todo se tuerce? ¿Quién de todos los que soñaron no tuvo que despertarse?

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Literatura y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s