Grandes losers de la Historia de España: Julián Sánchez alias el Charro

julian_Sanchez_el_CharroEn estas fechas tan señaladas, este blog cumple dos años y doscientos posts. Y así, sin más preámbulos, y mientras espero la concesión de un más que merecido premio Pulitzer, hoy hablaremos de un loser que no lo fue tanto y que pasó a la historia por llevar a cabo con gallarda maestría aquello que todo español de bien sueña con poder realizar algún día: matar franceses.

Julián Sánchez, alias el Charro, bigotudo y patillón, nació en Santiz, según unos, en Ciudad Rodrigo, según otros, provincia de Salamanca en ambos casos, en 1774, y se murió en un pueblo de Segovia que se llama Etreros en 1832. El hombre se apuntó a militar de jovencito y estuvo unos años dando tumbos por Europa, enrolado en ese ejército español de dios del siglo XVIII, que unas veces se aliaba con los franceses para pelear con los ingleses y otras veces viceversa. Así era la época. Uno podía pelear en la defensa de Tolón junto a los English -donde Julián fue hecho prisionero – y al cabo de año y medio estar en Cádiz – donde fue herido por un proyectil – protegiendo la ciudad de los asaltos de Nelson. Eso era política. Eso eran relaciones exteriores.

En 1801, Julián Sánchez se licenció de soldado y se volvió a Salamanca, a sus cosas del campo y sus fincas. Hijo de labradores con sus buenas parcelas de tierra, se casó y echó sus años tranquilo, trabajando como mayoral, con su caballo arriba y abajo, manejando con arte, dicen, la garrocha, una especie de lanza utilizada en el manejo del ganado.

Así estuvo el hombre hasta la Guerra de la Independencia, cuando Carlos IV y Fernando VII se dedicaron cada uno por su lado a hacer el gilipollas pero bien y Napoleón aprovechó el cachondeo, ágil como era, para invadir España y engrandecer el Imperio. Ahí Julián se alistó de nuevo, ascendiendo de soldado raso a cabo y después a sargento. Al hombre no le iban las convenciones militares. Fue más guerrillero que militar. El alto mando, viendo con que destreza se empleaba en putear franceses, lo dejaba hacer y le permitía llevar su propio caballo, su vestimenta y sus armas: ropa de campo y garrocha. Cuando le nombraron alférez, en 1809, agarró a doce apóstoles y formó su propia partida de atosigar francesitos que, con el tiempo, se acabó convirtiendo en un ejército propio denominado los doscientos de Don Julián.

Fue adscrito a la división al mando del general inglés Wilson, con el grado de coronel y autonomía completa para maniobrar. Metodología personal. Incursiones rápidas y a repartir. Más tarde pasó a engrosar las filas del Duque de Wellington: sus doscientos guerrilleros se multiplicaron y pasaron a formar el Regimiento Ligero de Lanceros de Castilla. Julián fue nombrado Brigadier. Yo creo que a él todo esto de los nombramientos se la traía un poco floja: el hombre iba a lo que iba.

Estuvo presente en Ciudad Rodrigo cuando la plaza fue asediada por las tropas francesas del mariscal Ney. La ciudad, gobernada por el general Herrasti, resistió lo que pudo. Cuando la defensa se hizo imposible, Herrasti ordenó al Charro que abandonara la ciudad, cosa que hizo a su manera. Cogió a los 260 hombres de su cuadrilla que habían sobrevivido al asedio y a las continuas incursiones de hostigamiento y salió al galope rompiendo la línea francesa y matando un poco por el camino.

Su momento más épico tuvo lugar el 15 de Octubre de 1811. Mientras iba con sus lanceros a mirar sus cosas se encontró con el general Reynaud, gobernador de Ciudad Rodrigo. Ahora imagínate a ese francés del Imperio, águila de Napoleón, con sus charreteras, sus botines, sus medallas y toda su tontería, paseando fuera de las murallas pensando en París y en la Gloria, ese Reynaud de mi alma que se encuentra de buenas a primeras con todos esos españoles bigotones que le rodean y le dicen mesié tire usted palante: figúrate el cachondeo por el camino, cuando lo llevaban preso al acuartelamiento inglés, ese francés pobrecito amarrado y los otros con la juerga y la risa. Solo por eso este buen hombre debería tener una estatua en todos los pueblos y ciudades de España.

La Guerra continuó y Julián Sánchez siguió yendo a lo suyo. Participó en la Batalla de los Arapiles y se hartó de pegarle a los gabachos, que nunca consiguieron echarle mano. Con sus guerrilleros campesinos y su bigotón contribuyó a la victoria general y a que en 1814 los estos se fueran arreando para la France. Llegó a ser un verdadero ídolo popular, un top en toda regla que incluso tuvo sus cantares y sus coplas. Una decía: Cuando Don Julián Sánchez monta a caballo se dicen los franceses: ¡viene el diablo!. Cachondeo del bueno.

Después de la Guerra fue nombrado Gobernador militar de Santoña. Su esposa, Cecilia Muriel murió en 1819. Tres años después se casó con otra, Juana Ignacia Velarde de Gandarillas – great name – y fue promovido al cargo de Gobernador militar de la provincia de Santander.

Cuando los Cien Mil Hijos de San Luis se presentaron en España para apoyar al gilipollas de Fernando VII en su lucha contra los liberales, Julián Sánchez volvió a alistarse para hacer lo que mejor se le daba: canear franceses. Pero esta vez perdió la batalla contra sus enemigos íntimos: fue apresado y pasó fatigas.

Se opuso al régimen absolutista y fue encarcelado varias veces por Fernando VII, rey mierda donde los hubiere, que respetó poco la vejez de un hombre que merecía algo mejor. Pero this is Spain. Como tantos y tantos otros que habían luchado en la Guerra mientras el rey le chupaba la polla a Napoléon estaba desterrado en Bayona, recibió en pago penas y penurias. Pasó sus últimos años confinado en Etreros. Allí murieron sus dos hijos, Francisco Luis y Rosa Petronia, y allí la diñó él también, a los cincuenta y ocho años de edad. Este tío, al que el ejército imperial de Napoleón nunca pudo derrotar, tuvo que ser vencido finalmente por la mala hostia y la gilipollería de su propio país. La vida.

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