Grandes obras de la literatura universal en un cuarto de hora: El Génesis

Jacob y el ángelEl autor: Dios
No sabemos cuando nació Dios, ni tampoco cuando murió. Los hombres que escribieron este libro sus nombres quedaron anónimos, pero aseguraron que fueron inspirados por Él. Sabemos que Dios tiene una personalidad compleja y poco más. La mayoría de los estudiosos teorizan que el Génesis se redactó durante el I Milenio a.C. y que es un amalgama de historias recogidas de fuentes diversas. Eso explica los diferentes estilos y también que a Dios unas veces le llamen Elohim y otras Yaveh. Esto de los nombres de Dios es largo de explicar. En teoría el nombre de Dios ni siquiera podía pronunciarse. El Génesis, finalmente, es algo así como una biografía de Dios por la que cruzan diferentes personajes que sirven para que la historia vaya avanzando.

La historia
Al principio fue el Verbo. Y así, el Genesis tiene un prólogo, donde se cuenta la creación, el Paraíso, Adán y Eva, la manzana, la serpiente, Caín y Abel. Hay mucha genealogía, hasta llegar a Noé, primer personaje crucial. A Noé Dios le manda construir un arca porque le da que los hombres no son buenos y decide arrasar la tierra entera. Luego viene el diluvio, la pareja de cada especie, el arco iris y la alianza cuando a Dios se le pasa el cabreo. También sale la historia de la torre de Babel, que apenas ocupa un párrafo. Dios en esta época se cabreaba mucho. Tenía altas miras para el hombre: toleraba mal los deslices y los celos se lo comían vivo cuando la humanidad se desviaba del camino trazado adorando a otros ídolos.

Después del diluvio el libro entra en materia y empieza la historia propiamente dicha: el origen y las vicisitudes del pueblo hebreo escenificadas a través de las vidas de los cuatro grandes patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob y José.

Hay momentos magníficos, como cuando Dios negocia con Abraham la destrucción de Sodoma y Gomorra. Dios va caliente y le cuenta sus planes a Abe. Pero como Lot, el sobrino de Abe, vive en Sodoma, el buen patriarca le pide a Dios que se replantee la cosa. Y empieza el regateo. ¿Y no perdonarías la ciudad, dice Abe, si encontraras en ella cincuenta hombres justos? Dios se lo piensa y dice que sí. Y entonces Abe vuelve a la carga, con maestría de negociante de mercadillo: ¿Y si encontraras a treinta hombres justos? Dios accede. Y abe contrataca: pongamos que no hay treinta, que solo hay diez. ¿Perdonarías a la ciudad si encontraras en ella a diez hombres justos? La escena alcanza el clímax cuando Dios, vencido, suelta el farol definitivo: perdonaré a Sodoma si encuentro un solo hombre justo. Entrañable. Por cosas como esta es por lo que puedo afirmar, como Homer Simpson, que Dios es mi personaje de ficción favorito.

Dios, que se contradice mucho, acaba finalmente destruyendo las dos ciudades pecadoras, aunque permite que Lot sobreviva. La historia de Lot, una subtrama minúscula dentro de la narración principal, incluye la visita de dos ángeles, una negociación muy indecente con los sodomitas, una esposa convertida en sal y dos épicas borracheras con finales incestuosos. En resumen: muerte y cachondeo.

Las peripecias de Abraham llegan a su punto álgido con el sacrificio de Isaac. Antecedentes: La esposa de Abraham, Sara, que es medio hermana suya, no puede concebir. Viendo el percal, Sara le pide a Abraham que se acueste con una esclava egipcia que tiene nombre pero no viene al caso para que se pille un heredero aunque solo sea a medias. Así nace Ismael (que en la versión coránica de la historia es el entre comillas sacrificado y dará origen a la sagrada fiesta del cordero del Islam) pero Abe anhela un hijo de su mujer legítima. Dios le dice: no problem, Abe. Y le promete un chaval. Sara, que para entonces tiene ya más años que la orilla del río se cachondea un poco de Dios cuando le oye decir que se va a quedar preñada, pero como el Señor es todopoderoso, finalmente concibe. Al churumbel le ponen Isaac, que significa el que provoca la risa. Luego Dios al cabo del tiempo va y le dice a Abe que le corte el pescuezo a Isaac. Abraham, que era muy buen padre, obedece, pero en el último momento un ángel baja del cielo y detiene su mano. Yo siempre me he preguntado de qué hablaron Abraham e Isaac durante el viaje de vuelta.

Isaac es el personaje más anodino del Génesis. Básicamente, su única aportación a la historia es engendrar (verbo bíblico por excelencia) a Jacob, el gran turbio de la historia, y a su hermano gemelo Esaú, un salvaje muy primario. Tanto que le vendió a Jacob los derechos de primogenitura por un guiso de lentejas. A mí me da mucha lástima Isaac, porque muestra todos los síntomas del hombre traumatizado. Cosas que pasan cuando tu padre te planta un cuchillo en el cuello.  Todo el mundo se cachondea de él. Cuando está viejo y ciego su mujer y Jacob le vacilan a base de bien: Isaac le dice a Esaú que se vaya de caza, mate algo y le prepare algo de comer porque tiene intención de bendecirlo y quiere hacerlo con fundamento. Rebeca, que es la esposa, lo escucha y le dice a Jacob, que vaya donde Isaac haciéndose pasar por su hermano para acaparar la bendición. Jacob se disfraza y le chulea la herencia a Esaú, que se cabrea a base de bien, por lo que Jacob tiene que irse por ahí al exilio, dando inicio a la parte más oscura y extraña de la narración.

Huyendo de Esaú, que le quiere arrancar los estos, Jacob se marcha con un tío suyo que se llama Labán y trabaja siete años para él a cambio de la mano de su hija menor, que se llama Raquel. Como Jacob tiene enchufe con Dios, los rebaños que cuida van bien y Labán está contento. Pasan los siete años y Jacob quiere su recompensa. Pero Labán hace trampa, y en vez de darle a Raquel, le da a Lía, la hija mayor. ¿Problema? Ninguno. Jacob se casa con Lía y trabaja otros siete años para trincar a Raquel. Catorce años después, Jacob tiene dos esposas. Lo mejor de todo es que entre ambas se desata una pelea frenética para ver quién le da más hijos a Jacob. Eso incluye dejar que Jake se acueste con las criadas, cuyos hijos cuentan como si hubieran sido paridos por la esposa que ofrece a la sierva. En total, doce churumbeles: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón (de Lía), Dan, Neftalí (de Bilha, sierva de Raquel), Gad, Aser (de Zilpa, sierva de Lía), José y Benjamín (de Raquel) De ahí saldrán luego las doce tribus de Israel. ¡Cachondeo y alegría!

Lo mejor de Jacob es su relación con Dios. Básicamente Dios se la pela por tiempos. Sabe que hay un ser todopoderoso al que adoraban su abuelo y su padre, pero a él  lo único que le interesa de Dios es sacarle los cuartos. Recurre siempre a él por interés. Dios le ofrece tratos: constrúyeme un altar y te doy esto. Rézame y te apaño esto otro. Jacob es como un hijo malcriado. Dios se desvive por él como una adolescente enamorada. En el pasaje más oscuro de toda la historia, Jacob se da de hostias con un ángel. Tal cual. Jacob y el ángel pelean toda la noche y cuando el ángel se quiere ir, Jacob le dice que o lo bendice o no lo suelta. O me das algo o no te vas. Así era Jake: siempre mirando de pillar algo. Luego Dios va y le dice: ahora ya no te llamas Jacob, de aquí en adelante te llamarás Israel, porque has luchado con Dios y has vencido. En teoría todo esto oculta una simbología compleja que tiene que ver con la fe y la perseverancia y los falsos dioses y el pueblo elegido. También estoy seguro de que muchos teólogos preferirían hablar del gato de Schrondinger antes que exponerse a explicar que huevos significa la escena.

Por último está José, hijo de Jacob y Raquel, que es un tío sin maldad y con principios. El resto de hermanos, en consecuencia, conspiran para cargárselo. En el último momento, Rubén, que es el mayor y tiene más cálculos, decide que no está bien asesinar hermanos y que mejor lo tiran a un pozo y cierran la tapa. Literal. Los otros, que son un poquito más cabrones, piensan que ya puestos mejor venderlo a unos mercaderes de esclavos y sacar unos duros. Así que se lo encaloman a unos esclavistas y luego le dicen a Jacob que a José se lo ha comido una fiera.

José es llevado a Egipto, pero como el chaval tiene luces pronto es vendido a Putifar, alto cargo del faraón. A Dios le cae bien José, y hace que tenga éxito en todos sus trabajos, con lo que Putifar está más que contento con el muchacho, que pronto empieza a vivir bien en la casa de su amo, hasta que un día la mujer de Puti se lo intenta camelar. José pasa y ella, con todo su duelo, coge y  le dice a Puti que José la ha querido violar. El pobre mío termina en la cárcel, donde se dedica a interpretar sueños.

Un día que el faraón tiene una pesadilla chunga recurren al pequeño hebreo para que le saque los simbolismos al sueño. El faraón queda tan contento y nombra a José como si dijéramos primer ministro de Egipto. El sueño del fara iba de siete años de abundancia y siete de hambre. José se dedica a acumular grano, con tiento y con vista, y cuando llegan las penurias le compra las tierras a todos los egipcios a cambio de grano.

A todo esto, Jacob,  manda a los chicos a Egipto a por grano. ¿Y quién manda en Egipto? José. José reconoce a los hermanos pero los hermanos no lo reconocen a él. Los putea un poquito, en venganza, les hace pasar un mal rato, lo justo, aunque mayormente los trata bien y finalmente les revela su identidad. Era un tío legal, José. La historia termina con Jacob ya anciano trasladándose a vivir a Egipto con toda la familia bajo la protección de José. Luego ya se mueren todos de viejos sin más percances.

Lo mejor del libro es la evolución del personaje principal, que es Dios. Al principio, en el Paraíso, Dios se pasea tranquilamente y compadrea con Adán y Eva. Pero después de la expulsión se vuelve esquivo y ya vuelve a mostrarse in person. Esto demuestra inteligencia narrativa por parte del autor, cuya intención es escenificar el progresivo distanciamiento de Dios y los hombres a medida que los hombres se van volviendo más y más malos. Con Noé y Abraham Dios charla mucho. Isaac, como hemos dicho, es un poco intrascendente y ni siquiera Dios le hace mucho caso. Con Jacob habla menos y casi siempre delega las comunicaciones en ángeles enviados ex profeso. Con José directamente recurre a visiones y sueños.

En resumen: el Génesis es un libro entretenido siempre y cuando uno se lo tome como una historia escrita hace miles de años por unos tíos que intentaban explicarse qué hacían en mitad del desierto pastoreando cabras y se preguntaban así muy ingenuos si no sería posible que con el tiempo las cosas les fuesen una mijita mejor. El lenguaje es hermoso y la narración es ágil e inteligente. La moraleja es que hay que confiar en Dios y seguirle la corriente para medrar. Lo más sano es saltarse la moraleja: liarse a moralizar o, peor aún, pretender imponer normas de conducta en base a las peripecias de unos señores que vivieron en la edad de bronce es una tontería.

Hay mucho diálogo y mucha acción. Hay asesinatos, venganza, redenciones, gente de moral distraída, sexo y violencia. En ese sentido es mucho más divertido que cualquier película de Star Wars. El leitmotiv de la historia son los pactos que Dios va estableciendo con los hombres. El Dios del Génesis es un Dios joven y confundido que solo quiere que los hombres le hagan un poquito de caso. Es un poco negociante y a veces también un poco pardillo. En su afán por agradar resulta incluso enternecedor. Es después, a partir del Éxodo, cuando se vuelve engreído y empieza a mandar con muy mala leche.

El Génesis, con sus personajes oscuros y su fraseo poderoso, resuena a lo largo de la obra de gente como Dylan Thomas, William Faulkner o Herman Melville. Algo le debe la literatura a la escritura misteriosa y extraña del primer libro de la Biblia, que también tiene su importancia en la medida en que a partir de sus cincuenta páginas escasas empezaron a gestarse las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Y conflictos como el de Oriente Medio tienen todavía, aunque parezca absurdo, mucho que ver con las historias que contiene este libro que alguien un día decidió sacralizar y que aún se esgrime como un contrato de propiedad sobre la tierra prometida.

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