La mala vida del arte

neruda340obPor alguna razón, simios como somos, tendemos a buscar modelos de perfección. Así, en el arte, equivocamos el tiro, porque las grandes creaciones suelen esconder las ruindades de quienes las llevaron a cabo: locos, depravados, cabronazos y gente así. El cine esconde dictadores en potencia detrás de la figura de directores contrastados, que disfrutaban de su poder puteando a cualquiera que se atreviera a rodar a su lado. Kubrick, sin ir más lejos, debió de ser un gilipollas de cuidado. La literatura, oficio más dado a la soledad y la introversión, suele estar habitada por gente más o menos loca, más o menos hija de puta y más o menos desequilibrada.

Creemos que Pablo Neruda, que escribió aquellas cosas tan bonitas de la primavera y los cerezos y los poemas de amor y la canción desesperada, mariposa de ensueño te pareces a mi alma, tuvo que ser obligatoriamente un buen tío, cuando en realidad era un cabronazo muy suyo al que le gustaba ir folleteando por ahí sin compromisos, lo que en principio no está mal, doctores tiene la Iglesia, si tu legítima te deja. Pero resulta que Pablo tuvo una hija con una holandesa y la niña nació con una malformación. ¿Problema? Nah. Pablo mandó a la hija y a la madre a la puta mierda y siguió con su vida y sus cosas. Ni siquiera la mencionó en sus memorias, Confieso que he vivido, en las que, obviamente, Pablo queda siempre guay; tocante a bondad, solo un pasito por debajo de Jesucristo.

Poco mezquino Neruda. Como Alberti, que regresó como un héroe del exilio romano en la Transición. Pelo blanco, hechuras de poeta mayor. Y sin embargo, fue un poco cabrón también, el Alberti, en la guerra. Le gustaba mandar a los otros a morir en nombre de grandes ideas, pero por si acaso, era siempre el primero en salir corriendo: quería escribir sus memorias. El pobre Miguel Hernández, que hablando de poesía, le mea unas cuantas veces a Alberti y a sus tonterías de marinerito, tuvo que ver como el gran hombre se montaba en una avioneta camino de Roma cuando la cosa se empezó a poner fea y los moros de Franco subían Aranjuez arriba. Y es verdad hay que verse ahí y que a nadie se le puede pedir que sea un mártir, pero también es verdad que visto lo visto, aquella pose de héroe redentor que siempre se trajo le sobraba muy mucho. El pobre Miguel, que fue un poeta de verdad, venía todas las noches manchado del barro del frente y nunca rehusó coger la escopeta y no tuvo aires, pastor de cabras como era, ni fue fatuo ni cosas de esas, y se tuvo que morir tuberculoso en la cárcel mientras el otro recogía décadas después los laureles de su poco valor. A Rafael le jodía un poquito que durante la Guerra la gente quisiera a Miguelito y le llamase poeta del pueblo,  mientras que a él le vacilaban y le tachaban de señorito, porque el pueblo llano, muerto de hambre y todo, siempre ha tenido ojo para estas cosas. Así que Alberti preparó la evacuación y dejó a Miguel fuera de la lista por puras manías de cabrón rencoroso. Y con los fascistas a las puertas, Hernández acudió a la Alianza de Escritores Intelectuales y se encontró a Alberti y a la plana mayor celebrando una fiesta en honor a la mujer antifascista mientras el pueblo reventaba por las trincheras. Años después de todo eso, Juan Ramón Jiménez escribió: “…los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández...”. No es de extrañar que Miguel se soliviantara, después de tres años, y en mitad del guateque le dijera, pura poesía, a Rafael Alberti y amigos, llanamente: Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta.

Gente rara, mala incluso, si quieres, los literatos.

Cèline y Pound tiraron por la vía del nazismo y el fascismo, respectivamente, cuando llegó la II Guerra Mundial. Uno azuzado por el antisemitismo. El otro por una concepción de la historia y la economía muy particular y un instinto político bastante gilipollas que creyó adivinar en el Duce Mussolini a un nuevo Thomas Jefferson. Este tipo de gilipollería política no es infrecuente. Un tío aparentemente inteligente como Curzio Malaparte no dudó en abrazar el fascismo en su juventud y glorificar a Benito. Luego se le pasó y acabó encarcelado por el Duce y luego produjo sus obras mayores, que se vieron favorecidas por el descreimiento y el dolor que había acumulado durante los años de la guerra. Volviendo a Pound, tipo curioso, es de notar que incluso sus amigos, que lo admiraban por sus capacidades poéticas, no pudieron dejar de notar que era un auténtico soplapollas. Otro que se arrimó a las tesis arias de Hilter fue Knut Hamsun, aunque hay que reconocer que el hombre estaba ya octogenario y senil cuando decidió dar rienda suelta a sus instintos nazis y dejar salir toda la tontería que llevaba dentro.

Gente rara, gente rara.

Cambiando de tercio, ahí está Norman Mailer, que apuñaló a su mujer. O Burroughs, que directamente le pegó un tiro en México jugando a Guillermo Tell. No es coña: le puso una manzana en la cabeza y disparó. Fíjate si era listo que luego de viejo consentía en posar para los medios pistola en ristre. Incluso se hizo cienciólogo –aunque lo dejó rápidamente – lo que le equipara a otras luminarias intelectuales como Tom Cruise o John Travolta.

Rimbaud jovencito le escribió una carta a Verlaine, que por entonces era un poeta consagrado. Verlaine se deslumbró con los poemas de Arthur, lo metió en su casa, con su mujer y sus hijos, se liaron y luego fue y también le pegó un tiro, aunque Rimbaud escapó vivo. Lo bastante como para emigrar a África y dedicarse a la compra y venta de esclavos.

Cernuda, que escribió un largo poema sobre la relación de R. y V. era un hombre amargado que amargaba la vida a todos los que se encontraban a su alrededor y que solo cuando sus amantes le visitaban cambiaba de humor. Vallejo era otro tío coñazo. Borges era un fascista relamido y asexuado. Lorca se enfurruñaba como un niño pequeño en cuanto dejaba de ser el centro de atención. Y tantos y tantos otros. Como François Villon, ladrón y probablemente asesino, que fue condenado a la horca, que salvó el pescuezo a última hora a cambio del destierro y desapareció para siempre. Tantos y tantos.

Gente rara, gente rara. Nada de esto invalida sus obras, que se sostienen, o se derrumban, por sí mismas, según el caso. Pero hay siempre esa especie de tensión, la sensación de que la creación, cuando se acomete verdaderamente y sin subterfugios, coloca al hombre frente a una cosa oscura, un reflejo que uno contempla y que deja secuelas en los ojos y en la cabeza. No existen vidas ejemplares en el arte. Gilipollas los unos, malos y cabrones los otros, yo les agradezco a todos ellos que en algún momento se asomaran a echar un vistazo a lo que llevaban adentro y sacaran un poco para nosotros. Y que algunos fueran capaces de rozar la belleza y arrancar un puñado. Al fin y al cabo, la existencia es un cachondeo. Y como dijo André Gidé: los buenos sentimientos no hacen literatura.

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