Ángeles caídos

M’amour, m’amour,
¿qué es lo que amo
y dónde estás?
Que perdí mi centro
peleando con el mundo.
Los sueños entrechocan
y se trizan,
y yo que quise hacer un paradiso terrestre.
(Ezra Pound)

Pienso en Pound, que quería contar la historia de la humanidad desde el primer hombre. Lo veo en París, arrogante y joven, jugando a los poetas con Eliot, desdoblando sobre una mesa de café la versión beta de La tierra baldía, apuntando y diciendo: recorta aquí. Indiferente al trapicheo cansino del mundo y la Guerra. Acaparando la literatura entera. Un chavalillo que vino de Idaho con los pelos revueltos para acometer una obra monumental, los Cantares, que elaboró a lo largo de cincuenta años, cogiendo de aquí y de allá, con la intención de meterlo todo adentro: política, economía, desahogos personales, siglos y siglos, preguntas. Un proyecto que desbordaba pretensiones, repleto de idiomas y citas reelaboradas, texto e hipertexto. Testimonio de una época en la que la poesía y los hombres tenían ambición. Un monumento al fracaso de extraña belleza.

Fue la literatura y el canon de su época. Promovió y publicó a Joyce, a Hemingway, a T.S., a W.C.Williams, a e.e. cummings, a D.H. Lawrence. Se autodenominó corresponsal en Europa de la revista Poetry de Chicago. Metió mano a unos poemas de Yeats que Yeats le había encargado publicar, y cuando Yeats se enteró le quiso arrancar la cabeza. Pero años después, vía epistolar, el viejo irlandés tuvo que confesar que Pound había mejorado los poemas. Eso le dio alas al chico Ezra, que perdió el miedo y supo que cualquier texto era potencial materia de copia y pega, reload y tijeretazo. Rechazó la teoría que otros vertían en revistas recién fundadas: yambo, troqueo, anacrusa, anapesto. En prefacios oscuros inventó movimientos poéticos sin manifiesto: imagismo y vorticismo y vértigo. Dejó versos precisos que emborrachaban la vista, como aquella línea que abre la última estrofa del Canto XI: En la penumbra, el oro recoge la luz que atesora.

Lo veo recorriendo las calles de Londres, nervioso y fugaz. Quería llamar la atención a toda costa. En una cena se comió dos tulipanes porque los comensales atendían al discurso de otro (creo que era Yeats). Llegó del pueblo sin padrino ni nombre y encontró un camino y medró. Abrazó y puteó y tuvo pocos escrúpulos como traductor. No importaba la exactitud de la línea, sino la intención, o lo que Pound creía la intención. Así, se pasó un poco por el forro a Cavalcanti, a Confuncio y a Homero, los tradujo como le dio la gana, sin conocer demasiado el idioma, creando una cosa nueva, muy poco académica, que no obstante respiraba.

Y a medida que la II Guerra Mundial se acercaba, inventó teorías económicas que expuso sin demasiado criterio siguiendo el antiguo método oriental de los ideogramas. Se reunió en Italia con Mussolini y lo intentó convencer de que las emisiones de bonos eran el mal. Y voló a Estados Unidos para aconsejar a Roosevelt que no peleara. Ez quería convencerlos a todos. Franklin D. ni siquiera cogió el teléfono. Así que Pound volvió a Italia y rogó al Duce que le diera un programa en la radio para despotricar de la usura y desmovilizar a las tropas aliadas y glorificar la nación italiana. Se lo dieron, porque era cansino, después de dos años, y durante un tiempo Ezra vivió de aquello, hasta que Italia fue derrotada, invadida y rendida, y tuvo que escapar a Suiza, caminando y en tren. Siempre dijo que la posesión era un forma de esclavitud. Todo lo que tenía cabía en dos maletas.  Por alguna razón volvió a Italia, y allí fue detenido y puesto a disposición de los vencedores.

Lo llevaron al campo de Pisa y lo encerraron en una jaula de acero bajo la lluvia. Lo veo leyendo a Confucio, encogido como un perro que se echa a dormir en el suelo. Viejo traidor. Allí, bajo el cielo sucio, concibió los Cantares Pisanos, corpus humano de los Cantares, alero de la catedral que refugia a todos los que alguna vez han perdido. Ahí el chavalillo de pelo revuelto y bigote de artista, ya viejo y barbado, aprende la sensación de la indefensión y entiende, quizás, que para contar la historia de la humanidad hay que perder primero, porque la condición humana es derrota rozando la luz con los dedos. La derrota absoluta cuando comprendes que un soldado cualquiera, un poco mal informado, te puede pegar un tiro y arrojarte después a las zarzas.

Humilla tu vanidad, escribe.

Doce años encerrado en el manicomio de Santa Isabel. Esquivó la pena de muerte por la intercesión de su arte. Tuvo que añorar París y una manta, Venecia y una puesta de sol. Siguió adelante con los Cantares. Los carceleros recuerdan que era un buen preso. Lo único: a veces recitaba a gritos con tono de Salmo.

Regresó a Italia una vez liberado, anciano y canoso, para afrontar el destierro y la muerte. Pier Paolo Passolini lo entrevistó para la RAI en los años sesenta. ¿Se siente usted inspirador de las nuevas vanguardias poéticas? En el blanco y negro tenue de la grabación se le ve ausente. Y mira al vacío como si entreleyera una sombra en el aire. Su voz cruje y ya no resuena llenando el espacio. A veces habla de sí mismo en tercera persona: il vecchio Ez, se nombra, ¿quiere usted decir que il vecchio Ez…? Pier Paolo consulta sus apuntes, echa mano de un libro, recita los Cantares de Pisa. Pound escucha las palabras que escribió tiempo atrás y agacha la cabeza. Se frota las manos como si a través del aire aséptico de la habitación pudiera sentir otra vez el frío y el olor de la tierra mojada. 

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