Por qué la victoria de Obama es buena para la democracia

El fútbol es un asunto complejo, en el que rara vez existe el acuerdo. La final del último Mundial que enfrentó a Holanda contra España fue una de esas ocasiones extrañas. Todos los analistas neutrales (esto es, todos aquellos que no eran ni holandeses ni españoles) coincidieron en señalar que la victoria de España fue merecida y, más aún, que resultaba beneficiosa para el fútbol en sí. Mientras que los españoles se dedicaron a jugar al fútbol de manera especialmente brillante (lo cual se reduce básicamente a ocupar los espacios con armonía y desplazar la pelota con rapidez y eficacia) los holandeses se limitaron a pegar patadas y esperar agazapados un contraataque fulminante y redentor, traicionando de paso una tradición futbolística brillante que en su día asombró al mundo entero. La tesis era: la victoria de España servirá de ejemplo y hará que otros equipos comprendan que es más fácil ganar jugando bien que tirando de fuerza bruta y resultadismo, lo cual, a su vez, repercutirá en una mejora del espectáculo.

La política también tiene su importancia. La victoria de Obama en las elecciones estadounidenses, asuntos ideológicos aparte, es buena para la política. Hace ya tiempo que la democracia está tomando una deriva peligrosa. Tiene que ver con el poder cada vez mayor que acumulan los partidos políticos y con lo que estos están dispuestos a hacer para llegar al Gobierno. También tiene que ver con una forma determinada de enfocar la política hacia el marketing y el aquí vale todo. En España, gente como Mariano Rajoy o Artur Mas ganaron las elecciones con programas electorales que después se dedicaron a incumplir impunemente. En Estados Unidos, Mitt Romney ha intentado algo parecido.

El amigo republicano prometió bajar los impuestos y crear 12 millones de puestos de trabajo, entre otras cosas maravillosas. Lo mismo podía haber prometido unicornios rosas para todos. Romney se situó fuera de la realidad, hizo promesas inviables en un contexto económico cuanto menos complicado, se contradijo a sí mismo y, en el fondo, basó su campaña electoral en levantar un enorme castillo de naipes incapaz de resistir el menor análisis crítico o la más leve racha de viento.

La estrategia es simple. Se trata de vender esperanzas y humo para después, una vez en el Gobierno, agachar la cabeza y aducir como excusa que la cosa está mucho peor de lo que uno imaginaba, lo que  obliga a tomar decisiones contrarias a los planteamientos iniciales, etcétera, etcétera. Esto en España nos suena de algo.

Esta forma hacer de política casi mesiánica engatusa al elector con la tierra prometida y sustituye las propuestas realistas por eslóganes pegadizos. Yo no quiero que un político me diga que va a crear equis puestos de trabajo; lo que quiero que me diga es cómo va a crear esos puestos de trabajo. No quiero que me diga que va a bajar los impuestos; quiero que me explique cómo los va bajar, cuáles va a bajar, y qué servicios voy a perder como ciudadano a cambio de esa rebaja, si es que voy a perder alguno. Después decidiré lo que hago con mi voto. En resumen: quiero que me traten como a un adulto, no como un gilipollas desinformado. No quiero a un Rajoy que me cuente que la situación económica es muy compleja y acto seguido me suelte un: esto es como si una familia gasta más de lo que ingresa. Por Dios. Esto no es una familia. Esto es un Estado. Esto es un sistema económico y social. Esto son derechos, servicios, cosas muy serias que están en juego y que nos afectan a todos.

Quiero a un político que se ciña a la realidad y no intente engañarme con trucos de mago barato. Ver a Obama en el primer debate contra Romney era casi cómico. Mitt soltó semejante faranduleo y montó semejante circo que pobre Barack, sencillamente, no daba crédito. En lugar de desacreditar a su rival, lo que hizo en los dos siguientes debates, que ganó con relativa facilidad, el hombre parecía estar pensando: ¿de verdad tengo que discutir esto? ¿de verdad tengo que hacer ver a la ciudadanía que este tipo se acaba de caer del planeta del Principito?

La victoria de Obama es buena para la política, de igual manera que la victoria de España en el mundial fue buena para el fútbol. Que un tipo gane unas elecciones planteando iniciativas realistas sirve para que otros políticos entiendan que son gestores públicos, no vendedores de coches usados, y que no pueden ir por ahí engatusando ciudadanos con el timo del tocomocho. Que esto suceda en Estados Unidos, un país al que Europa mira por encima del hombro como si estuviera habitado únicamente por paletos descerebrados que van pegando tiros por las esquinas, demuestra una vez más que, a la hora de la verdad, los países con una larga tradición democrática, y Estados Unidos lo es, se toman estas cosas en serio y, en un momento económico delicado, apuestan por un político con un discurso coherente dejando de lado a otro que solo se sostiene con eslóganes, pegatinas y mucho confeti.

Y aunque el sistema electoral estadounidense es raro de cojones y la victoria parezca mucho más abultada de lo que realmente es (en votos contantes y sonantes, apenas dos millones de diferencia) es bueno que la democracia vuelva a convertirse en un asunto serio: ciudadanos que deciden en base a propuestas realistas y racionales. En lugar de luces de colorines y programas de magia potagia.

[Otro día hablamos de Obama, un presidente con sus luces y sus sombras, como todos, que ha resultado bastante competente a la hora de lidiar con la crisis económica y ha demostrado ser un político eficiente más allá de la sonrisa y la oratoria brillante. Que ha defraudado y también ha incumplido promesas, como el cierre de Guántanamo. Que está muy lejos de merecer el Nobel de la Paz, aunque haya caminado con pies de plomo en política exterior, sobre todo en Irán, Oriente Medio y el Magreb. Que ha gestionado situaciones complejas como las guerras en Afganistán y en Irak y la muerte de Osaman Bin Laden. Que no es el redentor que muchos quisieron ver hace cuatro años, pero tampoco un político fake. En Estados Unidos, durante la segunda legislatura los presidentes suelen intentar hacer algo grande que les permita figurar en los libros de historia. En España suelen volverse locos. Veremos qué ocurre con Barack Obama.]

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2 respuestas a Por qué la victoria de Obama es buena para la democracia

  1. Estaba leyendo tu análisis de las elecciones americanas mientras asentía con la cabeza, aunque con un ‘pero’ que pensaba explicar en mi comentario…

    Hasta que leí el último párrafo y me di cuenta de que tú también tenías en cuenta esa precisión: Barack Obama también es un político en toda la extensión de la palabra, quizá de los mejores, con sus eslóganes, pegatinas y mucho, muchísimo confeti. Y sobre todo, con sus incumplimientos electorales después de cuatro años decepcionantes en muchos aspectos clave del ya olvidado “Yes, we can”.

  2. No se trata de defender a Obama, un hombre que ha incumplido muchas de sus promesas, entre las que destaca el cierre de Guantánamo, y que generó unas expectativas imposibles de satisfacer. A estas alturas, ya deberíamos saber que ningún hombre va a arreglar el mundo por muy presidente de Estados Unidos que sea. Aún así creo que, viendo su mandato en conjunto, ha sido un presidente bastante competente (aunque es verdad que George W. Bush no dejó el listón muy alto). Obama es un político puro, para lo bueno y para lo malo, que en esta campaña ha dejado de lado los fastos de 2008 y se ha mostrado mucho más contenido y realista: no ha tratado a los votantes como a estúpidos que ignoran que el país atraviesa una solución difícil que no se va a solucionar de la noche a la mañana. Muchos incluso se extrañaron de lo “tibio” que estuvo en los debates.

    Romney es un cínico. Su campaña ha sido un esperpento. La mayoría de sus propuestas eran inviables. ¿Cuál era el plan? ¿Llegar a la Casa Blanca y decir luego que la “realidad” no le dejaba aplicar sus ideas? Que haya perdido es una gran noticia, no solo porque es un ultra con todo el aparato neocon detrás, sino porque su victoria hubiera sentado un precedente peligroso: olvídate de propuestas concretas y dedícate a hacer demagogia y prometer unicornios.

    El resultado demuestra que entre un presidente desgastado por cuatro años de mandato difíciles pero con un discurso todavía coherente y un vendedor de humo sin un proyecto solido, la gente elige al primero. Así se le cierra la puerta a los populistas. Si quieres ganar unas elecciones, trata a los electores como personas adultas, presenta un proyecto sólido y explícalo. No bastan los anuncios y los fuegos artificiales (aunque eso también forme parte del juego)

    Me queda la duda de qué hubiera pasado si los republicanos hubieran presentado a un candidato de verdad en lugar de a un indocumentado como Romney. ¿Habría resistido Obama?

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