Generación Perdida

Estaba Hemingway, que se fue la Guerra, condujo una ambulancia en Italia, descubrió a las mujeres morenas, marchó a París, y en la mesa de un café del Quartier Latin escribió el mejor primer párrafo que se ha escrito nunca y luego terminó la novela, la llamó Adiós a las Armas, descubrió el vino, entró en  España, subió y bajó la Gran Vía enviando crónicas telefónicas, gritando por encima del ruido de las bombas y los aviones, descubrió las corridas de toros y comprendió que el arte necesita a la muerte, viajó en vagones de tercera, cruzó hacia África, donde nunca logró traspasar del todo la frontera de un conocimiento difuso diluido en la bruma colonialista y clasista de un cazador de Michigan, descubrió las grandes montañas, levantó el polvo de unos viejos versos de Shakespeare para disfrazar de tragedia un cuento triste sobre un hombre llamado Harry Macomber que entre ginebra y mosquitos disparó a un león por primera vez y no tuvo miedo, Hem, que fue un poco todos nosotros y no fue nadie, que embarcó hacia Cuba para descubrir que ya atardecía, que el mar era hermoso y que él era viejo, que todo se había perdido, que no volvería a amanecer otra vez: Hem, que regresó tarde a casa, se desató los cordones de los zapatos y se pegó un tiro con una escopeta.

Estaba John Dos Passos, con su apellido de portugués de Madeira. Dos Passos que también fue a la Guerra. Que quería redimir los pecados del mundo y abrazar a todos los pobres. John el de los emigrados de vuelta en Europa y John el americano de regreso en un buque rumbo a Nueva York. Puede que la fiebre, o el miedo, o esa melancolía amarga que dicen que arrastran los que consiguen sobrevivir: cuando John Dos Passos contempló Nueva York desde la ribera del Hudson concibió un libro llamado Mannhatan Transfer en el que, como las líneas paralelas de la carretera, se deslizaban hacia el infinito las avenidas, los parques, el tráfico, los desheredados, los tuberculosos, los bares, el alcohol de bañera, la Ley Seca, los trapicheos, los hombres de la bolsa, los policías, las gaviotas, la nieve, las sombras que surgían en el muelle después de atravesar el océano para morir chapurreando idiomas extraños y también una mujer llamada Ellen de la que todo el mundo se enamoraba y que nunca se enamoró de nadie. Dos Passos el proletario, que quería destruir el capitalismo y regresó de la Unión Soviética con dolor de barriga. Dos Passos ya viejo,  convertido en un republicano ultraderechista.

Estaba Scott Fitgerald del brazo del Zelda. Borracho en París. Borracho en Italia. Borracho en América. Rubio y brillante. Un muchacho jovial. Sonriente en las fotos. Que se alistó para ir a la Guerra. Que vio cómo la Guerra terminaba sin él. Que no tuvo ocasión de morir en las verdes praderas de Francia. Regresar convertido en un héroe. Scott del brazo de Zelda. A la que diagnosticaron esquizofrenia en 1932. Borracha en París. Borracha en Italia. Borracha en Chicago. Pastillas, centros psiquiátricos. El precio de tocar las estrellas. Los locos años veinte. Y tanta luz. Scott firmando guiones baratos en Hollywood. ¿Sabes aquel muchacho que escribió El Gran Gatsby? ¿Sabes el tipo de Suave es la noche? ¿Sabes el rubio aquel que enviaba relatos que hacían correrse de gusto al editor del New Yorker? Me parece que ahora pergeña la nueva de Heidi Lamarr. Después, el corazón. El primer infarto. El segundo. La muerte, en 1940, tres días antes de nochebuena.  Zelda, arrasada por el fuego, ocho años después. Quién sabe si entre el incendio, los gritos y el humo, quién sabe si recordó por última vez las noches de baile y de juerga en París.

Estaba Ezra Pound, con su pelo revuelto. Su bigotito de artista. De cháchara en el café con James Joyce, fundando revistas, doblando la esquina en la retaguardia. Traduciendo a los viejos poetas chinos. Traduciendo a los griegos. Quería que sus poemas sonaran como los cascos de un caballo en medio de una batalla. Ezra, de bares con Tristan Tzara y Léger, de colegueo con Yeats y con Hem y Duchamp. Quería que su poesía sonara como la humanidad entera riendo al unísono. Ezra, que escapó de la Guerra y en Italia se hizo amigo de Mussolini. Su voz, quizá como un trueno, quizá como un Salmo. Que después de la derrota fue llevado a Estados Unidos, juzgado traidor, declarado loco, encerrado doce años en Saint Elisabeth: doce años de tregua puliendo los Cantos, leyendo a Confuncio y a Homero. El otoño. De vuelta en Italia. El amor. Triste y viejo. Con su pelo revuelto. Su bigotito de artista.

Estaba Faulkner, que aprendió a pilotar aviones, que fue rechazado en el ejército por su corta estatura y cruzó la frontera hacia Canadá, donde le dejaron jugar y le dieron un caza y le dijeron cruza el Atlántico y vete a morir y a matar pero para entonces el Káiser se había rendido y la Guerra había terminado, así que William volvió al Sur que lo había engendrado, invicto y aun así derrotado, ileso y herido, y se dedicó a cincelar al amanecer palabras duras que sonaban dulces, música como nadie había escuchado jamás, y se dejó crecer un bigote y se dejó encanecer el pelo, borracho en Mississippi, borracho en Los Ángeles, muriendo un poco todos los días para que los hombres y las mujeres que habían vivido y muerto antes que él pudieran levantar la voz desde el polvo para hablar de derrotas y cicatrices y cantar canciones acerca de un mundo que murió de viejo; voces como el Gran Río: arrastrando las cenizas, inundando ruinas; ruido y furia, decadencia adormecida: Quentin Compson inquiriendo a la señorita Rosa quién fue Thomas Sutpen Quentin Compson mirando el reloj mirando las aguas recordando mañana y mañana y mañana

y todos nuestros ayeres han alumbrado a los necios el camino a la polvorienta muerte

Buenos muchachos luchando en la Guerra.

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