Grandes obras de la Literatura Universal en un cuarto de hora: Hambre

El autor: Knut Hamsun
Knut Hamsun era noruego. Lo cual equivale a escribir desde la muerte literaria. I mean: se escribe desde una línea de salida que empieza allí donde lo dejó el último que te precedió. Son los que hubo antes quienes te trajeron aquí, te pusieron delante del folio en blanco y te dieron una palmada en la espalda. Te dijeron: escribe. Te transportaron a través de sus huellas: no te quedó otro remedio que pisar donde ellos habían pisado primero. Desde el momento en que te sientas a escuchar la música que te corre por dentro, te ves abocado a luchar en una guerra en la que debes atenerte a las reglas que los fantasmas dictaron. Si eres español peleas contra el Quijote, contra los sueños de Quevedo, contra el muerto sin rostro que escribió el Lazarillo. Si eres francés tendrás que enzarzarte con Stendy y Balzac. Si eres inglés. Si eres estadounidense. Si eres ruso. Si eres alemán. Ahí tienes a Dickens, a Dostoievski, a Tolstoi, a Faulkner, a Shak, a Kafka, a DH Lawrence, a Joyce y a Hem, a Scott, a Melville, a Conrad, al tocahuevos de Goethe y a Pushkin. Todos los buenos muchachos que van a partirte la cara para defender su altar y su rinconcito en la gloria porque no están dispuestos a dejarte pasar. Si eres noruego, ¿contra quién te peleas? ¿Quién te impide la entrada y que es lo que hay más allá de la puerta? Seguramente Noruega tiene una rica tradición literaria, pero a nadie le importa una mierda. Si eres noruego no peleas contra tu propia tradición, peleas contra el silencio y el olvido absoluto. Estás solo, en resumen, y eso tiene su parte buena y su parte mala. La buena es que podrás volar tan alto como te dejen tus alas. La mala: que nadie sabrá nunca de ti a no ser que seas un elegido llamado a encontrar un camino virgen por el que caminen después otros pueblos, otras lenguas, hombres ajenos y tradiciones extrañas. Knut Hamsun hizo algo así: abrió un sendero en la oscuridad, trascendió su pequeño infinito y escapó de su idioma para sentarse entre los gigantes. Lo hizo con Hambre, una novela escrita en 1890 que parece escrita anteayer. Luego a la vejez se hizo nazi y quiso compadrear con Hitler y pronunció discursos muy gilipollas sobre la pureza de Europa, la raza y el mundo ideal de la niñez perdida. Lo pagó con el olvido del que había conseguido escapar décadas antes gracias a su genio con las palabras. Nació en 1859 y murió en 1952. Así son las cosas.

La historia
Hambre es la historia de un escritor pobre. Un hombre sin nombre que deambula por las calles de Christiania – aka Oslo – entre alucinaciones, desesperación y miseria. El chico habita en una pensión prematuramente vieja y entristecida, pasea por plazas de nombre evocador, con un lápiz carcomido escribe en resmas de papel amarillas ensayos de filosofía que intenta colar en el diario local a cambio de unas monedas para pasar la semana. No quiere ningún trabajo que no sea escribir. Tampoco quiere tu compasión. Es un hombre orgulloso que agoniza por voluntad propia: un héroe que arde a lo bonzo.

La novela se divide en cuatro partes. La acción se limita a: paseos, charla, evocaciones, un banco en el parque, escritura, un enamoramiento fugaz, un currusco de pan, encuentros con gente extraña, un puñado de monedas que suenan en el bolsillo al andar, un beso robado a la oscuridad debajo de una farola. El hombre divaga, el hombre describe minuciosamente los efectos del hambre. La mente se engurruñe, se dobla sobre sí misma. El estómago se engurruñe, se dobla sobre sí mismo. Se desata el miedo, la fiebre, la paranoia. La debilidad. La angustia.

Un hombre solo ocupa todo el espacio de la narración. La miseria se convierte en suspense: ¿hasta dónde se puede aguantar? El hombre sin nombre avanza a través del hambre hasta el borde mismo de la consunción, la locura y la muerte, consiguiendo escapar, de burla o de suerte, en la última página de cada capítulo. Pero el narrador nos ahorra sus breves estancias en la gloria y vuelve con saña a contar sus dolores. Para los que nacen desgraciados la felicidad es un accidente. El hambre se aplaca pero nunca se sacia. La muerte se esquiva, pero el hombre sin nombre no deja de verla cada vez que dobla una esquina, se detiene a coger aire y mira hacia atrás.

El hombre empeña su abrigo para conseguir unas monedas con las que comer. Unos pasos más allá se cruza con un vagabundo y le entrega todo el dinero. No lo hace por solidaridad ni bondad. Lo hace porque se ha vuelto loco. Su voz también está loca. Nunca llegaremos a saber cuánto de lo que cuenta es real y cuánto se debe a los desvaríos el hambre. El hombre pide en el mercado unos huesos para su perro. El hombre no tiene perro. El hombre roe los huesos en un ricón. Se esmera en arrancar los jirones de carne cruda. Vomita. El hombre acude a la tienda sin dinero para conseguir una vela con la que seguir escribiendo pero el tendero se equivoca y le da cambio de cinco coronas: nuestro hombre camina culpable con sus monedas en la mano y entra en un restaurante y pide un filete, come por primera vez en días y vomita. Pide leche, bebe la leche y vomita. El hombre deambula por la ciudad. El hombre empeña los botones de su gabardina. El hombre hace cuentas, sueña con palacios, gasta su dinero en papel y en sellos para escribir y enviar sus artículos, galopa a través de su pensamiento, galopa sobre su fiebre, su dolor y su vómito.

Mi muchacho pelea convertido en un manojo de penas. No sabe contra qué, ni por qué, pero pelea. La ciudad: metáfora del mundo nuevo en el que los hombres no tienen nombre y caminan perdidos y solos. El hambre: espejo de los dobleces del espíritu humano. Se aplaca pero nunca se sacia, se esquiva pero nunca se deja atrás.

En el atardecer del siglo XIX, Hamsun escribió la primera novela urbana del siglo XX. Por esa puerta entreabierta llegaron después Henry Miller, John Fante, Charles Bukowski; todos los que escribieron en primera persona historias de hombres que no encajaban, ni malos ni buenos, que navegaron en medio de tormentas asolados por el alcohol, asolados por el hambre, devastados por los sueños; estoicos a su manera, melancólicos, tristes. Asustados. Héroes modernos que no salvaron el mundo. Perdedores. Habitantes de un mundo árido que resguardaron su alma del frío y de la lluvia en un cuarto con los cristales empañados y vivieron a media luz. Que de vez en cuando rieron y supieron que eso bastaba para ganar.

El hombre sin nombre de Hambre encuentra todas las puertas cerradas. El hombre sin nombre de Hambre mastica astillas de madera, mastica pedazos de tela que arranca de los bolsillos de su gabán, se muerde las manos, bebe las gotas de sangre que brotan de sus heridas. De vez en cuando sonríe. El final, en el puerto, es hermoso.

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