¿Quién salvará al periodismo?

Esta tarde he estado esturreando estiércol. De pollo. Que huele a bicho muerto, como según que medios de comunicación españoles. Y mientras iba acarreando espuertas de mierda de pájaro fermentada y las extendía por la tierra pensaba en el periodismo y los periodistas. El periodismo está mal. Yo también. Pero yo tengo arreglo. El periodismo igual no.

Pensaba en el lento suicidio de un medio como El País, que fue el periódico y ahora será solamente un periódico más, gracias a unos directivos que han elegido sacrificar la calidad y el trabajo de 149 profesionales para asegurar sus sueldos y sus cosas de millonarios.  Pensaba en esos 149 que se irán a la calle, con todos los nombres y los apellidos que se esconden siempre detrás de las cifras. Pensaba en RTVE, que hasta hace unos meses hacía telediarios y ahora se dedica a la propaganda chusquera. En los que llegan, en los que se van y en los que se quedan. En actitudes y opciones. El orgullo, la servidumbre, la dignidad o el miedo tienen fronteras muy tenues, y a menudo dependen de en qué lugar te encuentras cuando se traza la línea y de cuánto estás dispuesto a sacrificar para seguir mirándote al espejo por las mañanas.

Pensaba. ¿Quién salvará al periodismo? No Cebrián, ni Pedro Jota. No los ERES, ni los consejeros delegados. No los directivos, ni los capataces. Son ellos quienes lo tienen metido pie y medio en la tumba. Demasiado politiqueo, demasiada incompetencia. Las circunstancias, la crisis. La culpa. Medios de comunicación que parecían intocables se hunden. Y pienso: da igual, que se mueran, habrá otros. Tampoco la linotipia duró para siempre. Pero el periodismo nos hace falta. Al periodismo necesitamos salvarlo.

Yo estoy en edad de creer que todavía tiene salvación. Que no renunciaremos, a pesar de los pesares. Que somos lo suficientemente ingenuos para que todavía nos importe un poquito. Hemos soportado asignaturas absurdas, becas y sueldos indignos, y aquí seguimos: eso quiere decir algo. Míranos mascando chicle en el banquillo. Míranos calentando en la banda.  Cuando saltemos al campo aún no se habrá decidido el partido. El futuro está ahí. Algo diremos.

Nadie dijo nunca que fuera a ser fácil. Esta tarde he estado esturreando estiércol y ahora si doblo el codo me suben espasmos por todo el brazo, pero dentro de unos meses no me acordaré del dolor, ni del pestazo, y en la tierra echarán raíces las patatas, las habas, los pimientos, los tomates y las calabazas, con su primavera y su verano y sus flores. Eso debería significar algo. Creo.

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