Palabras

Yo antes trabajaba. Este verano, por ejemplo, entrevisté a José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia Española. A mitad de la entrevista la grabadora se quedó sin pilas, así que en lugar de asentir mecánicamente con la cabeza a la espera de la siguiente pregunta como mandan los cánones periodísticos, no me quedó más remedio que prestar atención. Fue una suerte. Pascual, lingüista de profesión, dirige desde hace años el proyecto del Nuevo Diccionario Histórico de la Lengua y hablaba, como no podía ser de otra manera, de las palabras y su curiosa naturaleza.

Las palabras, explicaba, funcionan como organismos vivos: nacen, se reproducen y mueren. Por el camino, evolucionan y se pelean. En algún momento del siglo XVI la palabra certeza desembarcó en España procedente de Italia y le pegó una paliza a la palabra certidumbre, dejándola casi agonizante y fuera de circulación. Certidumbre está ahí, se puede buscar en el diccionario, tiene el mismo significado que su enemiga, pero la pobre mía nunca ha vuelto a conocer los tiempos del uso salvaje y la gloria. Idéntica batalla tuvo lugar entre los respectivos antónimos, pero aquí ganó la palabra indígena, incertidumbre, que gracias a su sonoridad rotunda consiguió derrotar a la italiana incerteza, también asimilada y admitida en el diccionario, pero que sencillamente no estuvo a la altura. Es solo un ejemplo: estas cosas ocurren continuamente.

La propia vida y los usos han ido haciendo que otras palabras evolucionen hacia un nuevo significado. Tal y como sucede con las personas, a las palabras el tiempo les va dando una cara nueva. Eso le pasó a pensativo, un adjetivo poco conflictivo a primera vista. Cuando leemos que don Quijote estaba pensativo damos por hecho que el buen caballero andaba dándole vueltas a alguna idea rara. Pero no: pensativo, en aquella época, significaba triste. Y don Quijote lo que tenía era pena.

Todo esto lo fui yo aprendiendo a raíz de aquella entrevista sin grabadora.

Ahora vayamos un paso más allá. ¿Qué ocurre cuándo las palabras mudan de piel no por la voluntad soberana de los hablantes sino por el capricho de la propaganda política, la manipulación y la mala sombra? Cuando Montoro, por ejemplo, va y dice que los presupuestos que el Gobierno de España ha aprobado para el año 2013 son los más sociales de la democracia, a mí me da mucha lástima de la palabra social y de la palabra democracia, porque tengo la sensación de que ese hombrecillo de voz meliflua y gafas de colorines está haciendo cosas sucias con ellas: está violando su significado sin venir a cuento y por las malas, y las pobres sufren, como animalillos sin culpa que son.

A veces los grandes hombres alcanzan tal nivel de absurdo a la hora de hacer malabarismos con el lenguaje que resultan cómicos. Se hacen verdaderas virguerías para poner en pie construcciones semánticas que permitan al orador coger el desvío adecuado para alcanzar el final de la oración sin pronunciar la palabra prohibida. Cosas como crecimiento negativo, desaceleración económica o línea de crédito con condiciones excepcionalmente favorables son algunos de los últimos hits convertidos en clásicos.

Otras veces da menos risa. Palabras tan serias como terrorismo se convierten en sustantivos de quita y pon que lo mismo sirven para denominar a un pastor cabreado de las montañas de Pakistán que a un chavalillo que se pone una camiseta verde y se va con una pancarta a manifestarse delante de la puerta de una Consejería de Educación.

A mí me da pena. Las palabras están hechas de aire y de música, y las pobres no tienen culpa de nada.

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