Charles Bukowski: una aproximación

No desvistas mi amor:
podrías encontrar un maniquí.
No desvistas el maniquí:
podrías encontrar mi amor.
(Charles Bukowski; Atrapado)

Empezó por una equivocación. Y después viene un punto y aparte. Así arranca Cartero, la primera novela escrita por Charles Bukowski. Muchos años después, él mismo describía el proceso creativo: 21 días de beber y escribir por la noche y dormir y corregir por el día. Después de publicar sus primeros libros de poemas a través de la editorial Black Sparrow Press, creada ex profeso para ello, su editor y bussinessman John Martin le propuso escribir una novela. Martin recuerda que en principio no albergaba muchas esperanzas. La novela exige disciplina. El alcoholismo también. Nada hacía indicar que Bukowski tuviera tiempo para las dos cosas. Al contrario de lo que su imagen pública –la máscara que el hombre tímido y asustado construyó para encarar una realidad que lo sobrepasaba- dejaba entrever, Bukowski era un tipo metódico. En algún momento de su vida confesó que le aterraba la posibilidad de quedarse sin dinero y verse en la calle, vagabundeando sin un techo bajo el que dormir. En uno de sus poemas escribió algo parecido a esto: mientras tengas las cuatro paredes no pueden hacerte nada.

Cartero fue la primera de seis novelas. Contaba los más de doce años que Bukowski pasó trabajando para el Departamento Postal de los Estados Unidos, primero como cartero regular y después como oficinista, clasificando cartas y envíos. Un currelo mecánico y lúgubre que el hombre consiguió soportar a fuerza de indiferencia y de alcohol. El libro andaba por mi casa, de estantería en estantería y de habitación en habitación a medida que jarrones, retratos de comunión y goteras iban imponiendo órdenes y decoraciones nuevas, y un día lo leí por casualidad.  Tenía catorce o quince años y me gustó su lenguaje sencillo y honesto. Hablaba de cosas que yo podía entender, o creía poder entender, y lo hacía con poso y verdad. Henry Chinaski –alter ego y protagonista de toda la obra autobiográfica de Bukowski- se cagaba en muchas cosas, apostaba en las carreras de caballos, bebía y malvivía y no le echaba a nadie la culpa. Su patada en los huevos al american way of life no era una cuestión personal, era una descripción al natural de la verdad de las cosas. Los hombres y las mujeres eran dibujados con profesionalidad y finura. Había chistes, diálogos malhablados, sexo, fuerza, carisma y un talento autodidacta para la narración y la elipsis. Un muchacho no podía sino pensar: así que esto es la  literatura… Y después enamorarse.

Bukowski tiene trampa. Si vas solo a los culos y las tetas y las potas te quedas en la superficie y te pierdes al escritor que hay debajo. Si no intentas alguna vez  escribir como Bukowski no podrás comprobar que no se puede escribir como Bukowski, porque su escritura, aparentemente simplona, es en realidad una escultura hiperrealista, cincelada con una sintaxis estricta y un ritmo preciso. Y, por supuesto, si te ciñes a las novelas y dejas de lado los poemas, te perderás al genio que escribió cosas como ésta, o ésta, o ésta, o ésta otra, o ésta, o ésta de más acá. Y también ésta.

Tenía un pájaro azul debajo del corazón y por la noche lo dejaba cantar.

Era un romántico que hablaba de tú a los escritores que lo precedieron. Un muchacho que admiró a Hemingway y se desengañó cuando descubrió que detrás de la actitud había pose y moralina (se desquitó dándole una paliza sobre el ring en un relato adorablemente infantil y genial) Admiraba a John Fante y a Knut Hamsun, aseguraba que Céline había sido el mejor escritor de todos los tiempos, respetaba a Faulkner por sus heroicidades con la bebida aunque acusaba de impostación a su prosa y a su universo sureño. Hablaba maravillas de Dostoievski y nos hizo reír con sus prejuicios y sus desprecios: decía que Camus era un hombre que escribía sobre el sufrimiento del mundo después de haberse comido un buen plato de cordero y que era, por tanto, incapaz de gritar cuando se quemaba. Que Tolstoi carecía de sentido del humor, que Thomas Mann confundía el aburrimiento con el arte y que en Rusia no quedó un solo escritor decente tras la Revolución. Confesó haber juzgado mal a Shakespeare, y sentía una pulsión casi adolescente por D.H. Lawrence, e.e. cummings y Li Po, el poeta chino borracho de la dinastía Tang que escribía poemas sobre hojas de morera que luego dejaba navegar río abajo. Decía que Lorca no sería tan famoso si unos fascistas no le hubieran pegado dos tiros para arrojarlo en una cuneta y que Poeta en Nueva York era un libro pretencioso y vacío, aunque a veces, mientras se afeitaba frente al espejo no pudiera evitar recordar aquel verso que dice: agonía, siempre agonía. Consideraba interesante la obra de César Vallejo, y también su afán de morir de hambre y solo en París. Idolatraba a Ezra Pound y a Robinson Jeffers, y sostenía que el mejor título que  se le había ocurrido jamás era éste: Confesiones de un hombre lo bastante loco como para vivir con las bestias.

Bukowski nos llevaba de la mano a través de la gran historia viva de la literatura y nos hacía creer en el sueño de que los escritores muertos hablaban con una voz poderosa desde un lugar en el que siempre era verano. En uno de sus últimos poemas utilizó el béisbol como excusa para confeccionar una alineación memorable: Hemingway, Céline, Hamsun, Pound, Dostoievski, Jeffers, Salinger, Nietzsche, Kierkegaard y Sartre. El poema terminaba así: cuando este equipo salte al campo, será el fin, caballeros. Vamos a patear unos cuantos culos, muy probablemente el tuyo. (1)

Compuso líneas que aunaban belleza y peligro, como en aquel poema que empieza: bajo la lluvia blanca espero cuchillos como tu lengua.(2) Otras son áridas y contienen el lirismo violento de un buen epitafio: los muertos no necesitan / aspirinas o / penas, / supongo / pero parece / que necesitan la lluvia / tampoco zapatos / pero sí un lugar / sobre el que caminar / tampoco cigarrillos, / nos dicen, / pero sí un lugar / en el que arder. (3)

Siempre se le acusó de ser un escritor previsible. Eso es verdad hasta cierto punto. Es decir: es mentira. Sus novelas y relatos giran sobre ejes muy definidos: la bebida, las mujeres, el desgarro social y la muerte. Sus poemas también. Pero mientras su prosa nació y murió seca y abrupta (le gustaba contar que en su juventud aporreaba tan fuerte la máquina de escribir que las palabras taladraban el folio) destiló su poesía con tiempo y paciencia desde el lirismo romántico de los primeros años hasta la desnudez casi aforística de los poemas del anciano que se sabe afortunado de haber vivido más años de los que jamás esperó (murió a los 73, en 1994, leucemia) A medida que fue hurgando más y más en el secreto perfeccionó el estilo hasta la maestría: empezaba indiferente, casi con un murmullo, y terminaba con un puñetazo en la boca.

Pero habíamos comenzando hablando de Cartero. Después de Cartero vino Factótum, y después Mujeres y después La Senda del perdedor y después Hollywood y después Pulp. Y ya no hubo más porque el siguiente después fue la muerte.

Factótum es una maravilla. Mujeres, una carta de amor muy larga. La Senda del perdedor, una de las mejores obras que se han escrito en Estados Unidos sobre ese tiempo extraño que va desde la Gran Depresión hasta la Segunda Guerra Mundial. Hollywood es una cosita liviana sobre las desventuras del Bukowski sesentón y acomodado que se ve envuelto en líos más o menos graciosos con la industria cinematográfica después de comprometerse a escribir un guión para filmar una película sobre sus años de juventud (Barfly, dirigida por Barbet Schoreder y protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway) Finalmente, Pulp es una cosa extraña, una parodia de las novelas policíacas plagada de homenajes literarios y metáforas mortuorias por todos lados.

Los libros de relatos, por otra parte, están bien siempre y cuando te gusten los relatos. Bukowski adapta la técnica que todo escritor norteamericano posterior a la Gran Guerra heredó de Hemingway y que Hemingway seguramente sin saberlo heredó de Chéjov y que Salinger pulió a su manera y que después Carver heredaría de Chéjov y Bukowski y Salinger y Hem. O sea: una mirada breve a un fragmento de la vida de alguien, diálogo breve y cortante y final abrupto. Metáforas sutiles para ilustrar el vacío de la vida, el absurdo existencial y la futilidad del amor. Personajes estrafalarios, humor, redenciones y muertes. Después la elipsis y el encuadre terminan de otorgar significado al conjunto. Mi favorito es uno en el que un pobre tipo se encuentra al diablo prisionero en un circo ambulante; el hombre libera al diablo y éste, a cambio, se folla a su mujer y le jode la vida. Y también uno en el que Jesucristo en persona baja del cielo para ayudar a un penoso equipo de hockey a remontar posiciones en la liga; todo va bien hasta que Cristo, a fuerza de mezclarse con una humanidad estúpida y mala, termina hecho un ídem, loco y alcoholizado y sin alas.

Lo cual nos sirve para enlazar con aquel poema que dice: no lo consiguen / los hermosos arden en llamas: / suicidio con pastillas, veneno para ratas, soga, lo que / sea… / se arrancan los brazos, / se tiran por las ventanas, / se sacan los ojos de las cuencas / rechazan el odio / rechazan el amor / rechazan, rechazan. / no lo consiguen / los hermosos no lo pueden soportar, / son las mariposas / son las palomas / son los gorriones / no lo consiguen. (4)

Lo cual nos habla de una forma de estar en el mundo y de una mirada particular. La de un hombre que tuvo una vida puta, niño de barrio residencial pobretón que segaba el césped los sábados por la mañana y recibía palizas del padre y se peleaba en la escuela y nunca fue jugador del equipo de fútbol americano y luego creció y creció hasta el metro noventa y ya no recibió más palizas del padre y tuvo problemas de acné y se apuntó en el City College de Los Angeles para estudiar periodismo y  se hizo pasar por nazi para escandalizar a los profesores e intentar impresionar a las chicas que jamás lo miraron y  lo dejó a los dos años y cogió una maleta de cartón y se cruzó Estados Unidos persiguiendo la vida espoleado por la vocación de escribir. Escribir por encima de todo. La obra de Charles Bukowski es una declaración de amor a la literatura, al acto físico de coger un bolígrafo y un papel, primero, y una máquina vieja, después, y trasladar al folio la melodía que le sonaba adentro,  perseverando, cogiendo autobuses de ciudad en ciudad, trabajando en trabajos de pobre, viviendo en habitaciones de pobre, bebiendo vino de pobre y alternando con mujeres perdidas y pobres, gastando el dinero en cigarrillos y alcohol y más folios para escribir, enviando cuentos a las revistas especializadas, trabajando en la vía férrea, trabajando como mozo de almacén, porque su padre estadounidense y su madre alemana le habían inculcado valores protestantes hasta volverlo un ateo descreído con pánico a terminar convertido en un vagabundo por las calles de LA: si tienes cuatro paredes no pueden hacerte nada.

Un hombre que no combatió en la Segunda Guerra Mundial porque lo consideraron loco: se sentó frente al examinador del ejército y los psicólogos y cuando le preguntaron si quería ir al frente dijo que sí, y cuando le preguntaron por qué dijo que para arrojarse sobre las ametralladoras del enemigo y ser asesinado rápidamente. Un hombre que no tuvo hermanos, y apenas tuvo amigos, y que quiso a unas cuantas mujeres a las que escribió unos cuantos poemas de amor. Que una vez despertó dispuesto a suicidarse y mientras paseaba en busca del momento adecuado, totalmente convencido, vio en un quiosco el titular de un periódico que anunciaba que el primo de un conocido actor se encontraba en el hospital porque le había caído una teja en la cabeza, un hombre que cuenta que después de leer aquello no tuvo más remedio que sonreír, quizá por primera vez en meses, y que se dio un día más de vida y después de ese día otro y después otro y así hasta que llegó al fin. Para entonces vivía en una mansión de San Pedro en la que conectó alarmas y en la que instaló un ordenador Mac para escribir más rápido, sin olvidar jamás lo que era, lo que había sido, sin olvidar al muerto de hambre, yendo en coche al hipódromo y escuchando música clásica (le gustaban Bach, Mahler, algunas cosas de Beethoven y, por encima de todo, Brahms) sin olvidar las pensiones, los hábitos adquiridos en las noches a solas, el miedo, sin olvidar a los jefes que lo putearon y a los compañeros del albergue, sin olvidar el hospital de caridad donde lo internaron a los 33 años por una hemorragia estomacal, o una úlcera, y le dijeron que se iba a morir y luego le dijeron que no pero que el siguiente trago lo mataría, sin olvidar las esquinas, el bar donde una semana después olvidó a los médicos y a las enfermeras y tomó la primera copa, después de la sala sombría en el sótano del que cada noche retiraban a un muerto tapado con una sábana, la copa que no lo mató, el regreso a la escritura, a los poemas narrativos, al relato corto, a la indagación permanente en ese misterio que nunca se consigue entender.

Nació en Andernach, Alemania, en 1920. Visitó la ciudad a finales de los 70 aprovechando un viaje para presentar su obra en Europa y reflejó la experiencia en un librito curioso, Shakespeare nunca lo hizo, en el que cuenta, entre otras cosas, su célebre entrevista en la televisión francesa, cuando se presentó en el plató borracho y levanto olalás por medio continente. Murió en San Pedro, California, en 1994. Su lápida dice: Don’t try. No lo intentes.

Mucho antes, en una de aquellas noches de contemplar la ciudad por la ventana, había escrito un poema con el que contradijo a su propia tumba:  

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

De otro modo, no empieces siquiera.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas, 
parientes, empleos y quizá la cabeza.

Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante 3 o
4 días.
Tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
Tal vez suponga la cárcel,
Tal vez suponga mofas, desdén,
aislamiento.

El aislamiento es la ventaja, 
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus auténticas ganas 
de hacerlo.

Y lo harás a pesar del rechazo y las 
ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa
que puedas imaginar.

Si vas a intentarlo ve hasta el final.
No hay sensación parecida.

Estarás a solas con los
dioses y las noches arderán en
llamas.

Hazlo, hazlo, hazlo. 

Hazlo.

Hasta el final.
Hasta el final.

Llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es la única lucha digna 
que hay. (5)

(1) Orden de bateo (Poemas de la última noche de la Tierra)
(2) Espero bajo la lluvia blanca (Madrigales de la pensión)
(3) Todo (Madrigales de la pensión)
(4) ¿Para qué un título? (Arder en el agua, ahogarse en el fuego)
(5) Tira los dados (Lo más importante es saber atravesar el fuego)
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5 respuestas a Charles Bukowski: una aproximación

  1. Completísimo. Muchas gracias.
    Saludos.

  2. Tatanka Book dijo:

    El hecho de hacer lo que te sale del alma, el hecho de decir lo que todos pensamos, no obstante no decimos, para ser aceptados, ese es el hecho de que Bukowski sea un maldito, un escritor.

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