Teología

[…] ¿Crees en dios? Oh, sí, por supuesto. ¿Acaso el hombre? ¿Pero no te parece un poco absurda la vida? Oh, para nada. ¿Acaso el hombre? ¿Pero el dolor, la sangre, los niños muertos? ¿Acaso el hombre es el centro de nada? Yo digo que hay Dios pero niego que formemos parte del plan. ¿Entonces? Mira, dice muy seria, hay cosas que no podemos entender, y al mismo tiempo somos soberbios y negamos lo que no comprendemos. Tenemos un cerebro de litro y medio, ¿acaso cabe la comprensión del misterio final en litro y medio de sesos? Pero hay tantas conexiones neuronales como estrellas tiene el universo, o más. Sí, pero eso son pamplinas, números, estadística para pajilleros. ¿Entonces? Entonces, dice, creo que Dios es un arquitecto despistado y cabrón: la existencia es su proyecto urbanístico. Creo que el propósito final de todo se nos escapa y a veces pienso que ni siquiera Él lo sabe; no creo en obligaciones morales ni ataduras espirituales, y muchos menos en el pecado. Te lo hago fácil: no somos distintos de las hormigas: solo vemos una esquinita del cuadro, así que no hay manera de saber qué es lo que hay pintado: puede ser un paisaje, un muchacho con los ojos miedosos o un anciano con barbas despollándose de todos nosotros. No somos nada, en resumen. Quiero vivir y reírme lo más que pueda, porque sospecho que nuestra agonía es inútil.

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