Eligiendo cinturones

Hablemos de tabaco. Cualquiera que fume sabe que ponerse a echar cuentas es ponerse a llorar. No voy a hacerlo aquí -lo de echar cuentas- pero, motivos crematísticos aparte, a mí pegarle fuego -y a ti si fumas Marlboro no me veas- me sale por una pasta. Unos buenos duros de esos que antes llevaban la cara del rey y ahora llevan la cara del rey los unos, y arpas, tías gabachas, archiduques bigotones o cruces de Malta los otros. Cuatro con quince por un paquete de veinte. Con ese precio pónte tú luego a hacer versos endecasílabos mirando la luna al trasluz, que ya te puede salir un soneto de Shakespeare o estás tirando el dinero. Digo: esos poemas tan bien empezados que hacía Vallejo –moriré en París con aguacero un día del cual tengo ya el recuerdo– o aquellas líneas como de Dios tronando de Dylan Thomas –y tú, padre mío, allá en tu cima triste- ponte a escribirlas, mordiendo el bolígrafo, soltando el humo, enhebrando adjetivos, midiendo sílabas tónicas, calculando a cuánto te va la calada. Posando. La inspiración sale cara y mañana otra vez al estanco.

¿Y aquella que todos hemos leído, en los libros del palo de Kerouac y la literatura USA de las grandes llanuras del medio Oeste y la carretera sin fin, aquello del hombre hastiado del mundo que agarra su orgullo y su pena de hombre y su coche y arranca y se pone a recorrer millas hasta que lo detiene su libertad? Haz tú una de esas, primo, con el precio que lleva la gasolina. Cógete el Ford Fiesta y te largas, medio rostro en el sol y medio en la sombra, el brazo por la ventanilla como un cowboy posmoderno; y luego verás qué de lágrimas en la gasolinera.

Ni ponerse uno un rato en plan peliculero se puede ya.

O vete y agárrate una buena a base de agua de fuego como los detectives del hard-boiled, sombrero en el guardarropa, gabardina y mirada de lado, a ver la de euros que se vuelven contigo a la cama por la mañana. A pocas rubias peligrosas que tengas que olvidar esa noche te fundes la paga del mes en perder la memoria con clase.

Y es que ser pobre te obliga a vivir echando cuentas y la crisis impone ahorrar en ensueños. Comer y dormir. En resumen: te agilipolliza la existencia. Recortas en vicios, que son, en una palabra, o en cuatro, la puta poesía de vivir. Las imágenes que miras cuando cierras los ojos, la alegría, el cafelito y la risa. El sentimiento. Todo mentira, claro que sí, pero de esa hechura como de culebra que tienen la mentiras y que las vuelven tan dulces y bellas. Todo eso nos va abandonando. Nuestra parte que tuvo anhelos se esfuma y nos queda solo la cáscara.

Había un poeta chino que lleva muerto mil años que escribió: si quieres matar a un hombre, mata primero a su caballo. Se llamaba Tu Fu, o Tu Algo, y ya no queda de él ni el polvo que dejaron sus huesos después de la lluvia. Pero el hijo de puta era un profeta.

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